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 Mayo 2006. nº 227 - OPINIÓN - DESDE EL ASTEROIDE B612

América Latina: ¿nuevos tiempos?
Jaime Atienza

Las últimas décadas han profundizado los problemas de desarrollo de América Latina, que son problemas viejos y profundamente enraizados en sus sociedades. La persistencia de auténticos abismos sociales entre clases, acompañados de una muy baja movilidad social y de una redistribución fiscal apenas simbólica, son viejos asuntos para la región por desgracia. En los años ochenta, de la deuda y el ajuste, esas fracturas se agravaron pero la bonanza comercial y la financiera vivida a comienzos de los noventa tan sólo maquillaron temporalmente el panorama.

El descontento social y la necesidad de una ruptura han dado lugar a las reacciones sociales muy diversas de los últimos años que se han interpretado como un giro a la izquierda. Giro a la izquierda debiera significar mayor justicia social, menor corrupción, y mayor profundidad de la democracia. Sin embargo, de una parte el trasfondo de lucha por el control del poder de los sectores dominantes tradicionales, boicoteando cualquier posible transformación en su perjuicio, y una mirada en exceso de corto plazo de las nuevas propuestas, no parece ofrecernos un escenario alentador: candidatos que fueron golpistas, hombres sin partido, salidas desesperadas se han convertido en parte de la solución… ¡por eliminación! En muchos de los casos el resultado son sociedades que pretenden ser más igualitarias pero recurren al autoritarismo o al nacional populismo.
De las opciones más basadas en procesos prolongados y sólidos, tenemos el balance menos “social” de lo que ofertaba y manchado por la corrupción del PT y Lula en Brasil, que a estas alturas parece ser considerado ya un fiasco por los sectores socialmente comprometidos. Tan sólo Chile mantiene un recorrido político limpio –eso sí, sin tocar la redistribución, que si no viene ahora no va a venir nunca - y Uruguay tiene un Gobierno sólidamente transformador.

A decir verdad, la política tradicional no sirvió al interés de las mayorías pobres. Ante eso, echar la culpa afuera es una alternativa frecuente –no sin razones: véase el papel de los EEUU, o de los organismos internacionales en la región-. Pero parece que el camino transformador en profundidad, con más justicia social y más libertad no llega todavía, y ha de hacerse desde dentro. Tal vez estemos en una fase necesaria de desintoxicación de las élites y la política tradicional, pero el nacionalismo y el populismo emergentes no parecen una propuesta suficientemente sólida para las mayorías, para la otra América posible, tan necesaria.

¿Nos encontraremos ante un cambio de régimen en la región? Fracasadas las democracias por su suciedad o por su clientelismo, los ciudadanos votan sólo por obligación o a la desesperada, pero con poca fe en un cambio real. La verdadera opresión la ejercen la desigualdad y la pobreza, el estado de cosas que perdura y la falta de voluntad por transformarlo, o la dificultad de afrontar tamañas reformas, que son tan complejas que producen vértigo.

Este giro a la izquierda en América me pareció hace pocos años una excelente noticia; hoy me preocupa no que se queme lo viejo, bien quemado está, sino la preocupante sustancia de lo nuevo, debajo de la apariencia transformadora / liberadora. Nacionalismo y populismo alimentan el espíritu, pero no es seguro que provoquen cambios sociales profundos y estables... Esos cambios, imprescindibles requieren pactos intergeneracionales y la convicción de la necesidad de una sociedad nueva.
Los asquerosamente ricos en América no sienten la necesidad de pactar por un desarrollo socialmente equilibrado, y las mayorías no creen que sea posible, se conforman con pequeños logros, que nunca antes obtuvieron. Así el desarrollo es permanentemente frágil y sometido a la coyuntura. Tal vez lo nuevo necesite de tiempo para consolidarse y ser realmente transformador, el tiempo lo dirá. Pero si hacían falta cambios, y están ocurriendo, debieran ser para el largo plazo… y ojala sean en un marco de mayor libertad, de mejor democracia y de pactos nacionales de amplia base.

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