América Latina: ¿nuevos
tiempos? Jaime Atienza
Las últimas décadas han profundizado
los problemas de desarrollo de América Latina,
que son problemas viejos y profundamente enraizados en
sus sociedades. La persistencia de auténticos abismos
sociales entre clases, acompañados de una muy baja
movilidad social y de una redistribución fiscal
apenas simbólica, son viejos asuntos para la región
por desgracia. En los años ochenta, de la deuda
y el ajuste, esas fracturas se agravaron pero la bonanza
comercial y la financiera vivida a comienzos de los noventa
tan sólo maquillaron temporalmente el panorama.
El descontento social y la necesidad de una ruptura han
dado lugar a las reacciones sociales muy diversas de los
últimos años que se han interpretado como
un giro a la izquierda. Giro a la izquierda debiera significar
mayor justicia social, menor corrupción, y mayor
profundidad de la democracia. Sin embargo, de una parte
el trasfondo de lucha por el control del poder de los
sectores dominantes tradicionales, boicoteando cualquier
posible transformación en su perjuicio, y una mirada
en exceso de corto plazo de las nuevas propuestas, no
parece ofrecernos un escenario alentador: candidatos que
fueron golpistas, hombres sin partido, salidas desesperadas
se han convertido en parte de la solución…
¡por eliminación! En muchos de los casos
el resultado son sociedades que pretenden ser más
igualitarias pero recurren al autoritarismo o al nacional
populismo.
De las opciones más basadas en procesos prolongados
y sólidos, tenemos el balance menos “social”
de lo que ofertaba y manchado por la corrupción
del PT y Lula en Brasil, que a estas alturas parece ser
considerado ya un fiasco por los sectores socialmente
comprometidos. Tan sólo Chile mantiene un recorrido
político limpio –eso sí, sin tocar
la redistribución, que si no viene ahora no va
a venir nunca - y Uruguay tiene un Gobierno sólidamente
transformador.
A decir verdad, la política tradicional no sirvió
al interés de las mayorías pobres. Ante
eso, echar la culpa afuera es una alternativa frecuente
–no sin razones: véase el papel de los EEUU,
o de los organismos internacionales en la región-.
Pero parece que el camino transformador en profundidad,
con más justicia social y más libertad no
llega todavía, y ha de hacerse desde dentro. Tal
vez estemos en una fase necesaria de desintoxicación
de las élites y la política tradicional,
pero el nacionalismo y el populismo emergentes no parecen
una propuesta suficientemente sólida para las mayorías,
para la otra América posible, tan necesaria.
¿Nos encontraremos ante un cambio de régimen
en la región? Fracasadas las democracias por su
suciedad o por su clientelismo, los ciudadanos votan sólo
por obligación o a la desesperada, pero con poca
fe en un cambio real. La verdadera opresión la
ejercen la desigualdad y la pobreza, el estado de cosas
que perdura y la falta de voluntad por transformarlo,
o la dificultad de afrontar tamañas reformas, que
son tan complejas que producen vértigo.
Este giro a la izquierda en América me pareció
hace pocos años una excelente noticia; hoy me preocupa
no que se queme lo viejo, bien quemado está, sino
la preocupante sustancia de lo nuevo, debajo de la apariencia
transformadora / liberadora. Nacionalismo y populismo
alimentan el espíritu, pero no es seguro que provoquen
cambios sociales profundos y estables... Esos cambios,
imprescindibles requieren pactos intergeneracionales y
la convicción de la necesidad de una sociedad nueva.
Los asquerosamente ricos en América no sienten
la necesidad de pactar por un desarrollo socialmente equilibrado,
y las mayorías no creen que sea posible, se conforman
con pequeños logros, que nunca antes obtuvieron.
Así el desarrollo es permanentemente frágil
y sometido a la coyuntura. Tal vez lo nuevo necesite de
tiempo para consolidarse y ser realmente transformador,
el tiempo lo dirá. Pero si hacían falta
cambios, y están ocurriendo, debieran ser para
el largo plazo… y ojala sean en un marco de mayor
libertad, de mejor democracia y de pactos nacionales de
amplia base. |