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 Mayo 2006. nº 227 - OPINIÓN - EDITORIAL

Silencios e información impertinente

Algo de eso denunciaba Valle Inclán en "Divinas palabras": lo que suena a sublime paraliza la capacidad crítica, que es como decir la capacidad de hacer preguntas y poner en cuestión. Es lo que ocurre con la libertad de expresión, el derecho a la información y cosas sublimes de parecida calaña. Entrometerse en la vida ajena, calumniar, ofender, difamar: eso nadie lo defiende, porque resulta socialmente indefendible, políticamente incorrecto, vergonzante, impresentable. Lo llamamos "libertad de expresión" y ya tenemos la coraza invisible que hace invulnerable. Los hechos no se contrastan con la realidad, sino con la libertad de expresión. Libertad ¿de quién? De quien tiene los medios.

El sujeto del derecho a la información -es una verdad del reputado y popular Pero Grullo que, no obstante, conviene recordar- no son los profesionales, ni los propietarios de los medios, sino nosotros, la ciudadanía. Y, como derecho, es exigible.
Dicen los libros y los expertos que la información puede ser pertinente y no pertinente. Se olvidaron de la claramente impertinente, que es esa que usurpa los espacios comunicativos –y mentales y afectivos- en lugar de la pertinente, de la que emancipa porque confiere poder. Y eso es un ataque al derecho a la información.

Otro, claro, es el silencio. En "Agua", la magnífica película de Deepa Mehta, una mujer pregunta por qué no les ha llegado una determinada información, y la respuesta es que "hay personas que callan lo que saben por si les perjudica".
Entre las fuerzas de ocupación (comunicativa) y los silencios interesados, a la ciudadanía, ayuna y ensordecida, nos toca reclamar un derecho al que fácilmente renunciamos.

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