Silencios e información
impertinente
Algo de eso denunciaba Valle Inclán en "Divinas
palabras": lo que suena a sublime paraliza la capacidad
crítica, que es como decir la capacidad de hacer
preguntas y poner en cuestión. Es lo que ocurre
con la libertad de expresión, el derecho a la información
y cosas sublimes de parecida calaña. Entrometerse
en la vida ajena, calumniar, ofender, difamar: eso nadie
lo defiende, porque resulta socialmente indefendible,
políticamente incorrecto, vergonzante, impresentable.
Lo llamamos "libertad de expresión" y
ya tenemos la coraza invisible que hace invulnerable.
Los hechos no se contrastan con la realidad, sino con
la libertad de expresión. Libertad ¿de quién?
De quien tiene los medios.
El sujeto del derecho a la información -es una
verdad del reputado y popular Pero Grullo que, no obstante,
conviene recordar- no son los profesionales, ni los propietarios
de los medios, sino nosotros, la ciudadanía. Y,
como derecho, es exigible.
Dicen los libros y los expertos que la información
puede ser pertinente y no pertinente. Se olvidaron de
la claramente impertinente, que es esa que usurpa los
espacios comunicativos –y mentales y afectivos-
en lugar de la pertinente, de la que emancipa porque confiere
poder. Y eso es un ataque al derecho a la información.
Otro, claro, es el silencio. En "Agua", la magnífica
película de Deepa Mehta, una mujer pregunta por
qué no les ha llegado una determinada información,
y la respuesta es que "hay personas que callan lo
que saben por si les perjudica".
Entre las fuerzas de ocupación (comunicativa) y
los silencios interesados, a la ciudadanía, ayuna
y ensordecida, nos toca reclamar un derecho al que fácilmente
renunciamos. |