Una procesión por lo libre
Fernando Torres. Torrelavega (Cantabria)
Lo que voy a contar es rigurosamente cierto. Y es
interesante reflexionar sobre estos hechos porque nos
pueden hacer pensar en nuestra forma de asumir el pluralismo
que tiene de hecho nuestra comunidad. Pero vamos a dejarnos
de moniciones introductorias y vamos a los hechos.
Nos situamos en una ciudad de tamaño medio de una
provincia española. Estamos en los años
90, en plena democracia. Oficialmente hemos superado aquellos
tiempos del nacional-catolicismo en los que las autoridades
eclesiásticas tenían autoridad suficiente
como para hacer a veces que se terminase moviendo según
su voluntad el brazo de la autoridad civil. En la ciudad
gobierna la izquierda pero no se nota demasiado en la
vida diaria. Los ciudadanos respiran un cierto ambiente
democrático. Todo el mundo se siente con derecho
a decir su palabra.
En ese mundo pequeño existe una parroquia. La parroquia
de siempre. Ha llegado un cura nuevo. No es joven, porque
en los noventa ya no hay muchos de esa especie en esta
España nuestra. Pero trae ideas nuevas. Además,
sustituye a un párroco de esos de toda la vida.
Uno que se había dedicado básicamente a
sentarse en el confesionario y atender a algunas viudas
ricas de las que sacó más de una herencia
con la que erigir nuevas iglesias en la ciudad que crecía
y crecía durante los años del desarrollo.
El nuevo párroco no tuvo una buena recepción.
Las devotas que habían gobernado la vida de la
parroquia durante años vieron con claridad el intento
de marginarlas de las zonas de poder parroquial. Y se
aprestaron a defenderse. Con todas sus armas. También
con las armas que les prestaba la todavía joven
democracia española. |