El futuro de los foros sociales
Jaime Atienza
Hace ya cinco años que nació el Foro Social
Mundial de Porto Alegre, en lo que supuso una eclosión
de los movimientos sociales, y una entrada en la escena
mediática internacional del movimiento alternativo.
Cierto que muchos años antes había organizaciones
ecologistas, feministas, desarrollistas, implicadas en
la lucha por los derechos humanos… Pero este nuevo
tiempo venía a anunciar la articulación
de todos los movimientos reivindicativos del planeta en
un espacio y en una trinchera común.
Tras varios años en que se han desarrollado foros
en diversos continentes toca ahora empezar a preguntarse
hacia donde encaminarse. Resultaría autocomplaciente
considerar que el sentido mismo de los foros es el de
existir, el de ser un espacio de encuentro y de intercambio
de experiencias y visiones entre organizaciones y personas
comprometidas. Los foros nacieron para contribuir a transformar
la realidad y a difundir las ideas, y si no están
consiguiendo jugar ese papel, convendría plantearse
porqué, y como podría mejorarse su impacto
en el futuro.
Resulta indudable la aportación de estos foros
a la articulación de los diferentes movimientos,
pero es más dudoso que se haya conseguido impregnar
un sentido y un sentimiento de lucha global compartida.
Los esfuerzos por meter en agenda las luchas particulares
de cada grupo, y no por buscar la confluencia en pocas
propuestas comunes de todos los colectivos y movimientos
ejemplifican este dilema. Para mantener intacto el espíritu
de pluralidad y participación se abre tanto el
paraguas de ideas y reivindicaciones que puede quedarse
en una exposición interminable de causas, problemas
y escasas propuestas, con frecuencia maximalistas.
Por otra parte no deja de ser frecuente que en los foros
sociales –y esto resulta particularmente acentuado
en los celebrados en Europa- venza la exhibición
de los más radicales sueños frente a la
búsqueda de acuerdos sobre ideas y propuestas que
permitan avanzar, dar pasos y tener incidencia sobre los
poderes públicos. La utopía a la que se
refería Galeano no debería ser entendida
como un sueño poético sino como un objetivo
hacia el que encaminarse cada día, con cada pequeño
paso, y sin dejar de valorar los avances. No hay que olvidar
que los sectores sociales comprometidos siguen siendo
minoría en este mundo, y sus voces e ideas tienen
una influencia muy limitada. Así las cosas, convendría
superar el dilema entre puristas y pragmáticos:
hay fuerzas de cambio demasiado escasas como para entenderlas
enfrentadas.
Por otra parte, quienes tenemos el privilegio de estar
en estos espacios de debate y discusión tenemos
una gran responsabilidad: no olvidar que el sentido de
todo ello no es la discusión intelectual –que
es importante- o medir las fuerzas y las razones entre
los participantes, y que cada pequeña oportunidad
de incidir sobre los poderes y la opinión pública
es un tesoro. Quienes no asisten a los foros pero viven
situaciones de exclusión e injusticia son los verdaderos
destinatarios de ese trabajo, y es responsabilidad de
todos y cada uno de quienes participamos ser responsables
con esa tarea, tolerantes con el resto de participantes
y sus ideas, y buscar puntos de confluencia.
De no ir en una dirección cada vez más enfocada
a la búsqueda de resultados concretos, a la creación
de grupos de trabajo especializados por delegación
de los foros, por ejemplo, o a otro tipo de esquemas,
podemos empezar a quedarnos únicamente con la parte
festiva y reivindicativa a grandes rasgos. Perdiendo el
impulso que los foros dieron al mundo de lo alternativo,
y también una oportunidad de contribuir a transformar
el mundo.
El reciente Foro Social Mundial de las Migraciones de
Rivas ha sido un espacio de reunión y discusión,
pero también ha buscado, con su declaración
final, comenzar a ejercer una voz colectiva ante el diálogo
político que al más alto nivel se avecina
en el campo de las migraciones internacionales. Ese podría
ser el camino. |