El Alma del mundo
Cristina Ruiz Fernández
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“Soy tú, soy él y muchos
que no conozco, en las fronteras del mundo”.
Soy tú, soy ella, esa mujer que ya está
cansada de recibir tantos golpes en el alma.
Soy yo, soy el senegalés que duerme en el
puente bajo la catedral de la Almudena.
Soy ella, soy la anciana que sufre sola en el hospital
ante la indolencia de las enfermeras.
Soy yo, soy la joven que tiene que pagar su parte
de la hipoteca y parte del novio que la dejó.
Soy él, explotado en su trabajo y perdiendo
el sentido de la vida.
Soy yo, soy él, el consumidor de droga que
acaba de morir en Barranquillas. |
Soy ella, soy la mujer de 38 años que por fin va
a tener un bebé.
Soy yo, se me quedó enganchada la ropa en la valla
de Melilla.
Soy tú, soy él “y muchos que aquí
no llegan, desperdigados del hambre”.
Soy yo, soy el bebé de apenas dos años al
que su padre ata para irse al bar y dejarle sólo
en casa.
Soy ellas, soy las dos hermanas que llegan de la India
para ser adoptadas por una familia española.
Soy yo, soy la niña que, en una aldea de El Salvador,
sueña con los jugadores del Barça.
Soy tú, soy el cristiano al que le duele la Iglesia
ante el circo de Valencia.
Soy yo, soy tú, soy la niña de 15 años
frustrada porque se siente gorda.
Soy él, soy el enfermo de sida que da gracias por
seguir vivo cada día.
Soy yo, soy la camerunesa a la que aplastan los pechos
para que no resulte atractiva a los hombres.
Soy tú, soy el voluntario que se va a Venezuela
porque sabe que eso es lo que tiene que hacer.
Soy yo, soy el veinteañero que se alista al ejército
porque le gustan las armas.
Soy ella, soy él, el anciano al que aún
se le saltan las lágrimas recordando cuando iba
al colegio.
Soy yo, soy la joven que se acaba de independizar y aún
se siente rara en el sofá del piso nuevo.
Soy él, soy ella, los dos africanos que llegaron
en el último cayuco.
Soy yo, soy la voluntaria de la Cruz Roja que atiende
a los inmigrantes en un centro de Lanzarote.
Soy tú, soy él, “mano de obra barata,
sin contrato, sin papeles, sin trabajo y sin casa”.
Soy yo, soyel casco azul que acaba de llegar a Haití
para ayudar a la gente más pobre.
Soy él, soy el rumano que todos los días
coge el tren de cercanías para ir a currar a la
obra.
Soy yo, soy ella, enganchada al chat esperando a que se
conecte él.
Soy ella, soy la prostituta que trabaja en la Gran Vía
y que todavía esboza una sonrisa.
Soy yo, soy el voluntario de una organización que
trabaja en una narcosala.
Soy ella, soy la teóloga que, pese a las dificultades,
sigue adelante.
Soy yo, soy ella, soy el ama de casa que sonríe
porque a su hijo le ha encantado la comida.
Soy ella, soy él, los catequistas ilusionados viendo
cómo reciben la confirmación sus chavales.
Soy él, soy el trabajador de una ONG “quemado”,
que quiere volver a ser sólo voluntario.
Soy yo, la veinteañera harta de los hombres que
dice que parece una maruja resentida.
Soy ella, soy la curandera que acaba de cortarle el clítoris
a una niña de cuatro años.
Soy yo, soy tú, soy él y ella, “acuarela
de colores, humano de muchas razas, olor de muchos sabores”.
Soy yo, soy tú, soy él y ella, porque al
final todos vamos en la misma barca, todos somos uno,
todos miramos el mundo. Todos sentimos, vivimos, todos
y todas somos, en suma, personas. Yo, tú, nosotros
y nosotras. |