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 Septiembre 2006. nº 230 - OPINIÓN - OKUPEMOS LA CASA

¡A debatir sobre moral!
Carlos F. Barberá


He leído el discurso del cardenal Rouco en su investidura como doctor honoris causa por la Universidad del CEU y lo he leído con interés porque toca un tema que desde hace tiempo me da vueltas por la cabeza: quién y con qué fundamentos establece las normas morales en una sociedad desarrollada.

El cardenal de Madrid trajo una cita del libro póstumo de Juan Pablo II “Memoria e identidad”, en la que Papa fallecido sostenía que “si el hombre por sí solo, sin Dios, puede decidir lo que es bueno y lo que es malo, también puede disponer que un determinado grupo de seres humanos sea aniquilado. Determinaciones de este tipo se tomaron, por ejemplo, en el Tercer Reich por personas que, habiendo llegado al poder por medios democráticos, se sirvieron de él para poner en práctica los perversos programas de la ideología nacionalsocialista, que se inspiraba en presupuestos racistas. Medidas análogas tomó también el Partido Comunista en la Unión Soviética y en los países sometidos a la ideología marxista”.

De alguna manera Juan Pablo II, y Rouco en su seguimiento, se hacen eco de la frase de Aliosha Karamazov: “si Dios no existe todo está permitido”.
Lo malo es que no falta quien dice –por ejemplo, Norberto Bobbio- que precisamente “si Dios existe todo está permitido” porque, recurriendo a la autoridad de Dios, “se puede disponer que un determinado grupo de seres sea aniquilado”. Por ejemplo, los herejes o las brujas. Sin Dios se dio el gulag y con Dios los autos de fe y la noche de San Bartolomé.

Cierto que Ratzinger, más avisado, pone en guardia no sólo de las “patologías de la razón” sino también de las “patologías de las religiones”, “patentes hoy, sobre todo, en el fundamentalismo islámico”.

Parece que hoy las iglesias y muchos pensadores –recuérdese el diálogo de enero entre Habermas y Ratzinger- están de acuerdo en que no todo es relativo, en que hay unos valores superiores a los que todos han de someterse y que sólo alejándose de la “dictadura del relativismo” es posible llegar a acuerdos de convivencia. Pero dicho esto ¿quién es el que determina esos valores y, sobre todo, quién determina el modo de concretarlos?

Ahí es donde, a mi modo de ver, el cardenal Rouco no llega hasta el final de la argumentación. En efecto, en su conferencia defiende la necesidad de un diálogo en el que tomen parte la razón y la fe, el pensamiento laico y el pensamiento cristiano. Naturalmente, añado yo, ni uno ni otro “fundamentalistas” pero ¿quién será el juez de la condición de tal? (comenzando por determinar qué es eso de fundamentalista)
Porque además habría que recordar lo que Marina sostiene en sus libros sobre las verdades privadas y las verdades públicas. Las primeras son muy respetables pero cuando entran en conflicto con las segundas han de relegarse al ámbito privado. Pero de nuevo ¿quién y con qué mecanismos establece esas verdades públicas? Y si es mediante un diálogo y acuerdos ¿entre quiénes y con qué límites?

Estoy convencido de que el cardenal Rouco –y otros con él- han encontrado una bandera de combate en la lucha contra la “dictadura del relativismo”. Pues que inauguren esos foros de debate, primero dentro de sus propias filas. Les apoyaremos sin reservas, pero teniendo siempre cuidado de no ver la paja del relativismo en el ojo ajeno ignorando la viga del fundamentalismo en el propio.

Rouco está convencido de que, “si no se impone un freno dialéctico o se excluye expresamente el tema del debate y la discusión intelectual del problema, se llegará con toda seguridad –la que se sigue de la lógica más auténtica– a la cuestión de Dios como fundamento último del orden moral, en el que, a su vez, están insertos y descansan el derecho y el Estado”.

Yo no estoy tan seguro pero vale la pena intentarlo. ¿Cuándo empiezan?

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