¡A debatir sobre moral!
Carlos F. Barberá
He leído el discurso del cardenal Rouco en su investidura
como doctor honoris causa por la Universidad del CEU y
lo he leído con interés porque toca un tema
que desde hace tiempo me da vueltas por la cabeza: quién
y con qué fundamentos establece las normas morales
en una sociedad desarrollada.
El cardenal de Madrid trajo una cita del libro póstumo
de Juan Pablo II “Memoria e identidad”, en
la que Papa fallecido sostenía que “si el
hombre por sí solo, sin Dios, puede decidir lo
que es bueno y lo que es malo, también puede disponer
que un determinado grupo de seres humanos sea aniquilado.
Determinaciones de este tipo se tomaron, por ejemplo,
en el Tercer Reich por personas que, habiendo llegado
al poder por medios democráticos, se sirvieron
de él para poner en práctica los perversos
programas de la ideología nacionalsocialista, que
se inspiraba en presupuestos racistas. Medidas análogas
tomó también el Partido Comunista en la
Unión Soviética y en los países sometidos
a la ideología marxista”.
De alguna manera Juan Pablo II, y Rouco en su seguimiento,
se hacen eco de la frase de Aliosha Karamazov: “si
Dios no existe todo está permitido”.
Lo malo es que no falta quien dice –por ejemplo,
Norberto Bobbio- que precisamente “si Dios existe
todo está permitido” porque, recurriendo
a la autoridad de Dios, “se puede disponer que un
determinado grupo de seres sea aniquilado”. Por
ejemplo, los herejes o las brujas. Sin Dios se dio el
gulag y con Dios los autos de fe y la noche de San Bartolomé.
Cierto que Ratzinger, más avisado, pone en guardia
no sólo de las “patologías de la razón”
sino también de las “patologías de
las religiones”, “patentes hoy, sobre todo,
en el fundamentalismo islámico”.
Parece que hoy las iglesias y muchos pensadores –recuérdese
el diálogo de enero entre Habermas y Ratzinger-
están de acuerdo en que no todo es relativo, en
que hay unos valores superiores a los que todos han de
someterse y que sólo alejándose de la “dictadura
del relativismo” es posible llegar a acuerdos de
convivencia. Pero dicho esto ¿quién es el
que determina esos valores y, sobre todo, quién
determina el modo de concretarlos?
Ahí es donde, a mi modo de ver, el cardenal Rouco
no llega hasta el final de la argumentación. En
efecto, en su conferencia defiende la necesidad de un
diálogo en el que tomen parte la razón y
la fe, el pensamiento laico y el pensamiento cristiano.
Naturalmente, añado yo, ni uno ni otro “fundamentalistas”
pero ¿quién será el juez de la condición
de tal? (comenzando por determinar qué es eso de
fundamentalista)
Porque además habría que recordar lo que
Marina sostiene en sus libros sobre las verdades privadas
y las verdades públicas. Las primeras son muy respetables
pero cuando entran en conflicto con las segundas han de
relegarse al ámbito privado. Pero de nuevo ¿quién
y con qué mecanismos establece esas verdades públicas?
Y si es mediante un diálogo y acuerdos ¿entre
quiénes y con qué límites?
Estoy convencido de que el cardenal Rouco –y otros
con él- han encontrado una bandera de combate en
la lucha contra la “dictadura del relativismo”.
Pues que inauguren esos foros de debate, primero dentro
de sus propias filas. Les apoyaremos sin reservas, pero
teniendo siempre cuidado de no ver la paja del relativismo
en el ojo ajeno ignorando la viga del fundamentalismo
en el propio.
Rouco está convencido de que, “si no se impone
un freno dialéctico o se excluye expresamente el
tema del debate y la discusión intelectual del
problema, se llegará con toda seguridad –la
que se sigue de la lógica más auténtica–
a la cuestión de Dios como fundamento último
del orden moral, en el que, a su vez, están insertos
y descansan el derecho y el Estado”.
Yo no estoy tan seguro pero vale la pena intentarlo. ¿Cuándo
empiezan? |