Migraciones, omisión
y acción
Marta Arias
Hace unos días escuché a una señora
indignada que llamaba a una tertulia radiofónica
para quejarse por el silencio de la Iglesia Española
ante el fenómeno de las migraciones. Los contertulios
la corrigieron con educación y comentaron acertadamente
que detrás de buena parte de la atención
social a los inmigrantes se encuentran organizaciones
vinculadas a la Iglesia.
Pero lo cierto es que, si la señora se refería
(como suele ocurrir) a la Conferencia Episcopal como institución
y no al conjunto de la Iglesia, la observación
no deja de ser significativa. Para comprobarlo, me di
un paseo por la página web de la Conferencia Episcopal,
donde entre otras cosas encontré:
- Tres noticias de portada sobre la investigación
genética, la eugenesia y el encuentro de familias
de Valencia.
- Monográficos sobre la libertad religiosa, la
eutanasia, la ley de educación, la familia (especialmente
centrado en la lucha contra los matrimonios homosexuales),
los embriones y la financiación (de la Iglesia).
- La programación religiosa de RTVE y todos los
medios de comunicación eclesiales.
- Una sección de cine, que incluye comentarios
de películas como “Misión: Imposible
III” y un apartado propio sobre “El Código
Da Vinci”.
- 65 cartas de obispos publicadas en los meses de junio
y julio: 17 de ellas sobre las familias y una solitaria
(y solidaria) misiva del arzobispo de Barcelona sobre
las migraciones.
Tal vez no supe buscar bien, tal vez peco de selectiva
al no desgranar otras cartas publicadas con motivo del
Corpus Christi que hablaban de la caridad y la solidaridad.
Tal vez el verano es mal momento para promover manifestaciones
o emitir comunicados. Tal vez... pero siento aún
así que las circunstancias exigían, siguen
exigiendo, mucho más de una institución
que reivindica (y pienso que con razón) su derecho
a participar en la vida pública, y por tanto política,
del país.
Pero mientras unos pecan (o pecamos, que en este tema
casi todos hacemos demasiado poco) de omisión,
más grave y preocupante resulta la acción,
consciente o no, de otros muchos. Hace unos domingos el
periódico El País incluía varias
referencias al tema migratorio, desde distintas perspectivas.
En su sección de opinión contrastaba dos
artículos sobre el derecho a voto de los inmigrantes
en las elecciones municipales. Mientras un diputado del
PP reclamaba valientemente la asignación de derechos
políticos “a los que habiendo venido de lejos
forman ya parte de nuestra realidad”, unas líneas
más arriba su compañero de tribuna afirmaba:
“El inmigrante es un ciudadano especial, cuyos derechos
nunca podrán equipararse en algunos aspectos a
los del ciudadano aborigen”. Como “aborigen”
de a pie, confieso que se me pusieron los pelos de punta.
Y unas páginas más allá, entrando
ya en la sección salmón, se me acabó
de estropear el desayuno al leer una página entera
en la que, bajo el enganche de la ayuda a Africa para
frenar la inmigración, se acababa desgranando la
interesante oferta de herramientas al servicio de las
empresas españolas, ansiosas de incrementar su
negocio en un continente tan rico como desconocido. Vamos,
que sacamos tajada por todos lados: hacemos negocio con
los inmigrantes aquí (aprovechando su mano de obra
barata) y con las medidas supuestamente dirigidas a evitar
que vengan. Pero, eso sí, que no voten y a ser
posible ni siquiera opinen mucho...
Yo tampoco tengo la respuesta. Pero creo que todos, cada
uno desde nuestro ámbito, deberíamos ejercer
una ciudadanía responsable y tener especial cuidado
con lo que transmitimos desde espacios especialmente trascendentes.
Y la Iglesia no debería ser menos.
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