María Magdalena, Pionera
de la igualdad de género
Juan José Tamayo (Publicado en El País el
24.5.06)
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Durante las últimas décadas se está
produciendo un fuerte movimiento de recuperación
de la figura de María Magdalena por parte
de especialistas del Nuevo Testamento, preferentemente
mujeres, que leen los textos en perspectiva de género,
de historiadores e historiadoras, que llevan a cabo
una reconstrucción no patriarcal de los primeros
siglos del cristianismo, y de la teología
feminista, con su lúcida y certera hermenéutica
de la sospecha. Papel fundamental han jugado en
esta recuperación los evangelios llamados
“apócrifos”, sobre todo los de
carácter gnóstico, entre los que cabe
citar el Evangelio de Tomás, el Evangelio
de Felipe, El Evangelio de María y Pistis
Sophia.
Están influyendo también y de manera
decisiva, al menos en el imaginario religioso y
social, algunas obras de ficción centradas
en la relación amorosa entre Jesús
y María Magdalena, sobre la que muy poco
dicen los textos y casi todo es producto de la imaginación.
Entre ellas cabe destacar la novela del escritor
griego Nikos Kazantzakis (1885-1957) La última
tentación, de gran calidad literaria, llevada
al cine bajo la dirección de Martin Scorsese,
y, más recientemente, El Código da
Vinci, de escaso valor |
literario y mínimo valor histórico, también
convertida en película que acaba de estrenarse
y que está provocando un alud de condenas por parte
de instituciones católicas y del propio Vaticano.
Mi reflexión no sigue los derroteros de la ficción.
Es sólo un intento de reconstrucción histórica
de la figura de María Magdalena en los primeros
siglos del cristianismo. Para ello empezaré por
el movimiento de Jesús, del que ella formó
parte de manera muy destacada. Un movimiento
igualitario de hombres y de mujeres
Las actuales investigaciones sociológicas, de historia
social, de antropología cultural y hermenéutica
feminista sobre los orígenes del cristianismo sitúan
el grupo de seguidores y seguidoras de Jesús en
el horizonte de los movimientos de renovación del
judaísmo del siglo I, junto con los esenios, terapeutas,
penitenciales y otros. Lo ubican asimismo dentro de los
movimientos que lucharon contra la explotación
patriarcal en las distintas culturas: griega, romana,
asiática y judía. En la historia de Israel
hubo intensas luchas protagonizadas por mujeres que jugaron
un papel político y cultural muy importante.
Las primeras seguidoras de Jesús eran mujeres galileas
que se reunían para comidas comunes, eventos de
oración y encuentros de reflexión religiosa
con el sueño de liberar a toda mujer en Israel.
Fue precisamente esa corriente emancipatoria del dominio
patriarcal la que posibilitó el nacimiento del
movimiento de Jesús como discipulado igualitario
de hombres y mujeres en el que éstas jugaron un
papel central, y no puramente periférico. La presencia
y el protagonismo de las mujeres en dicho movimiento,
reconoce la teóloga Elisabeth Schüssler Fiorenza,
fue de la mayor importancia para la praxis de solidaridad
desde abajo. Su actividad fue determinante para que el
movimiento de Jesús continuara después de
la ejecución del fundador y se extendiera fuera
del entorno judío.
Las diferentes tradiciones evangélicas coinciden
en señalar que estas mujeres fueron protagonistas
en cuatro momentos fundamentales: al comienzo en Galilea,
junto a la cruz en el Gólgota y en la resurrección
como primeras testigos. La mayoría de las veces
se citan tres nombres de mujeres dentro de un grupo femenino
numeroso. Es la misma tendencia seguida en el caso de
los varones (Pedro Santiago y Juan). Con ello se pretende
mostrar el lugar destacado que unas y otros ocupan en
la comunidad.
La mujer que aparece casi siempre citada en primer lugar
en el grupo de las amigas de Jesús es María
Magdalena, que toma el nombre de su lugar de origen, Magdala,
pequeña ciudad pesquera de la costa oriental del
lago de Galilea, entre Cafarnaún y Tiberíades.
Ella es discípula de primera hora, pertenece al
grupo más cercano a Jesús, ocupa un lugar
preeminente en él, hace el mismo camino que el
Maestro hasta Jerusalén y comparte su proyecto
de liberación y su destino. Las mujeres que siguen
a Jesús suelen ser citadas en los evangelios en
referencia a un varón; María Magdalena,
no: una prueba más de su independencia de toda
estructura patriarcal.
La fidelidad o infidelidad a una causa y a una persona
se demuestran cuando vienen mal dadas, en la hora de la
persecución y del sufrimiento. Cuando Jesús
es condenado a muerte, los discípulos varones huyen
por temor a ser identificados como miembros de su movimiento
y correr la misma suerte que él. Sólo las
mujeres que le habían seguido desde Galilea le
acompañan en el camino hacia el Gólgota
y están a su lado en la cruz. Dentro del grupo
de mujeres los evangelios llamados “sinópticos”
(Marcos, Mateo y Lucas) citan a María Magdalena
en primer lugar. Ella funge como discípula fiel
no de un Mesías triunfante, sino de un Crucificado
por subvertir el orden establecido tanto religioso como
político. Primera testigo de
la resurrección
Los distintos relatos evangélicos coinciden en
presentar a las mujeres como testigos de la resurrección
y a María Magdalena como la primera entre ellas.
Es precisamente ella quien comunica la noticia a los discípulos,
quienes reaccionan con incredulidad. La Magdalena cumplió
las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico:
haber seguido a Jesús desde Galilea, haber visto
a Jesús resucitado y haber sido enviada por él
a anunciar la resurrección. El reconocimiento de
María Magdalena como primera testigo del Resucitado
explica su protagonismo en el cristianismo primitivo,
al mismo nivel que Pedro, e incluso mayor en algunas iglesias.
Sin embargo, en las cartas paulinas y otros escritos del
Nuevo Testamento, el testimonio de las mujeres ya no aparece
y María Magdalena es sustituida por Pedro. Ello
se debe a que la Iglesia estaba empezando a someterse
al dominio masculino, que muy pronto comenzó a
suprimir el importante papel que Jesús encomendó
a las mujeres. El silenciamiento, por parte de Pablo y
de otras tradiciones neotestamentarias, de la aparición
de Jesús a María Magdalena y a otras mujeres
llevó derechamente a la exclusión de éstas
de los ámbitos de responsabilidad comunitaria.
Mas, a pesar de ese silencio, las mujeres constituyen
la referencia indispensable de la transmisión del
mensaje evangélico, más aún, el eslabón
esencial para el nacimiento de la comunidad cristiana.
Sin el testimonio de las mujeres hoy no habría
Iglesia cristiana.
En los diálogos de revelación de los evangelios
apócrifos de tendencia gnóstica, María
Magdalena aparece como interlocutora preferente de Cristo
resucitado y hermana de Jesús, discípula
predilecta y compañera del Salvador. Esa posición
privilegiada provoca celos en algunos apóstoles,
especialmente en Pedro, quien, según el apócrifo
Pistis Sophia, reacciona en estos términos: “Maestro,
no podemos soportar a María Magdalena, porque nos
quita todas las ocasiones de hablar; en todo momento está
preguntando y no nos deja intervenir”.
Apóstol de apóstoles, es el título
que da a María Magdalena Hipólito de Roma,
quien no considera a las mujeres mentirosas, sino portadoras
de la verdad y las llama apóstoles de Cristo. En
la misma línea se expresa san Jerónimo,
quien reconoce a María Magdalena el privilegio
de haber visto a Cristo resucitado, “incluso antes
que los apóstoles”. Sin embargo, con el proceso
de patriarcalización, clerizalización y
jerarquización del cristianismo, María de
Magdala fue relegada al olvido; más aún,
representada como la penitente y la sirvienta de Jesús
en agradecimiento por haber expulsado de ella los malos
espíritus. Mejor suerte tuvo María de Nazaret,
madre de Jesús, que fue declarada Madre de Dios,
elevada a los altares y tratada casi con honores divinos.
Veinte siglos después se vuelve a hacer justicia
a María Magdalena. Lo que falta es vencer las resistencias
del pensamiento androcéntrico y de la organización
patriarcal de la mayoría de las iglesias cristianas,
y recuperar en la práctica la tradición
del movimiento de Jesús como discipulado de iguales,
aunque no clónicos. |