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 Octubre 2006. nº 231 - OPINIÓN - EDITORIAL

Palabras y gestos

Un pensador –que resulta que es la vez Papa- pronuncia unas palabras en un acto académico en Ratisbona y miles de personas salen a protestar y proferir amenazas en Irán, en Egipto o en Indonesia.

Sobre este hecho pueden aventurarse múltiples reflexiones. Una, por ejemplo, acaso la más casera: ahora hemos tenido ocasión de experimentar que vivimos en un mundo globalizado. Acaso antes lo sabíamos de oídas, ahora lo han visto nuestros ojos.

Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, dijo Arquímedes, sin poder imaginarse que llegaría un tiempo en el que ese punto de apoyo existiría y se llamaría internet. De ahora en adelante no se puede vivir como si la red no existiera.

Y puesto que las cosas son así, la frase tópica ha aumentado su alcance: un gesto vale por un millón de palabras. Ahora hemos tenido ocasión de comprobarlo. Pocos son los que conocen exactamente las palabras pronunciadas por Benedicto XVI pero el gesto que supone haberlas pronunciado –sean las que sean- ha tenido consecuencias a lo largo del mundo.

¿Aprenderá la Iglesia la lección? ¿La aprenderán los que más hablan y hacen gestos, los obispos? Ella y ellos están convencidos, con razón, de que su tarea principal es anunciar una doctrina. Olvidan que en la vida de Jesús la doctrina era poca y los gestos muchos y que si las palabras eran tantas veces incomprensibles, en los gestos se traslucía el resplandor del Reino.

La figura de Juan XXIII puede venir a corroborar estas afirmaciones. Si su pontificado trajo a tantos creyentes y no creyentes un aliento de paz y esperanza no fue sobre todo por sus palabras, que muchos ni conocían, sino por su figura y su talante.

Y por el contrario: la imagen hierática del cardenal Rouco en el momento de la paz en el funeral por las víctimas del 11-S, mientras todos se abrazaban, se besaban y compartían su tristeza, quedará para siempre como el paradigma de quien, celoso de impartir una doctrina, no ha entendido que la doctrina es nada sin los gestos que la hacen brillar.

Nacer, morir, comer, beber, bailar, cantar, celebrar, abrazarse, regalar… (Panikkar ha hecho alguna vez esta enumeración) son gestos universales. Si la doctrina nos separa, los gestos acaso ayuden a encontrarnos.

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