Palabras y gestos
Un pensador –que resulta que es la vez Papa-
pronuncia unas palabras en un acto académico en
Ratisbona y miles de personas salen a protestar y proferir
amenazas en Irán, en Egipto o en Indonesia.
Sobre este hecho pueden aventurarse múltiples reflexiones.
Una, por ejemplo, acaso la más casera: ahora hemos
tenido ocasión de experimentar que vivimos en un
mundo globalizado. Acaso antes lo sabíamos de oídas,
ahora lo han visto nuestros ojos.
Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, dijo
Arquímedes, sin poder imaginarse que llegaría
un tiempo en el que ese punto de apoyo existiría
y se llamaría internet. De ahora en adelante no
se puede vivir como si la red no existiera.
Y puesto que las cosas son así, la frase tópica
ha aumentado su alcance: un gesto vale por un millón
de palabras. Ahora hemos tenido ocasión de comprobarlo.
Pocos son los que conocen exactamente las palabras pronunciadas
por Benedicto XVI pero el gesto que supone haberlas pronunciado
–sean las que sean- ha tenido consecuencias a lo
largo del mundo. ¿Aprenderá la
Iglesia la lección? ¿La aprenderán
los que más hablan y hacen gestos, los obispos?
Ella y ellos están convencidos, con razón,
de que su tarea principal es anunciar una doctrina. Olvidan
que en la vida de Jesús la doctrina era poca y
los gestos muchos y que si las palabras eran tantas veces
incomprensibles, en los gestos se traslucía el
resplandor del Reino.
La figura de Juan XXIII puede venir a corroborar estas
afirmaciones. Si su pontificado trajo a tantos creyentes
y no creyentes un aliento de paz y esperanza no fue sobre
todo por sus palabras, que muchos ni conocían,
sino por su figura y su talante.
Y por el contrario: la imagen hierática del cardenal
Rouco en el momento de la paz en el funeral por las víctimas
del 11-S, mientras todos se abrazaban, se besaban y compartían
su tristeza, quedará para siempre como el paradigma
de quien, celoso de impartir una doctrina, no ha entendido
que la doctrina es nada sin los gestos que la hacen brillar.
Nacer, morir, comer, beber, bailar, cantar, celebrar,
abrazarse, regalar… (Panikkar ha hecho alguna vez
esta enumeración) son gestos universales. Si la
doctrina nos separa, los gestos acaso ayuden a encontrarnos.
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