El turismo devora
el Machu Pichu
Mateo Balín (ISMALAR)
Cuentan en el pueblo
de Aguascalientes, a los pies de Machu Pichu, que
el turismo está logrando lo que los "invasores
españoles" no consiguieron cinco siglos
atrás.
Si entonces este símbolo incaico escapó
del fuego conquistador sin aún saber cómo,
hasta que en 1911 un ávido arqueólogo
estadounidense dio con su paradero, no ha faltado
tiempo para que esta maravilla visual ceda sus privilegios
al turismo "dolarizado". |
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Modelo turístico cuestionable
Ya puede la UNESCO anunciar, como hizo hace dos años
en un mediático informe, el inexorable daño
que sufre; ya puede el Gobierno de Lima reconocer fallos
de gestión cuando ya no hay marcha atrás.
Ya pueden clamar al cielo voces independientes y la revista
New Scientist contrastar los peligros; o el Instituto
de Prevención de Desastres de Kioto (Japón)
anunciar: "el Machu Pichu se mueve un centímetro
al día porque yace sobre terrenos volcánicos".
Se puede seguir hablando del halo misterioso que encierra,
de los secretos exquisitos que guarda, de la importancia
de sus restos arqueológicos...
Eso sí, ni palabra de por qué las partes
interesadas acordaron limitar la entrada a menos de mil
personas diarias, mientras se duplican o triplican los
visitantes, según fechas y épocas estacionales;
o cómo decenas de microbuses circulan a todo trapo,
seis o siete veces al día, ida y vuelta, por un
camino de tierra que zigzaguea el valle hasta quedarse
a unos pocos metros de las ruinas; del polvo y ruido que
desprenden y las consecuencias que ello deriva en el ecosistema;
de por qué el informe de la Unesco sobre Machupichu
(julio de 2004) carga las tintas en recomendaciones secundarias
- como un mayor control a los mochileros que recorren
por el Camino Inca 64 kilómetros desde Cuzco a
Machu Pichu - olvidando de pleno el verdadero nudo gordiano:
el modelo turístico capitalista devora Machu Pichu.
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