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 Octubre 2006. nº 231 - OPINIÓN - DESDE OTRO PRISMA - MIS SANTOS PREFERIDOS

San Dokán
Araceli Caballero


Sabido es que los héroes novelescos a veces se independizan de sus creadores; en ocasiones para pedirles cuentas, como le ocurrió a Unamuno; otras, para emprender por su cuenta caminos no siempre afines a la voluntad de quien les dio vida. Sandokán, en las novelas de Salgari, fue un valiente pirata, poco amante, en consecuencia, de leyes y convenciones, terror de la gente de orden, justiciero y apasionado.

Luego –eso pasa con los héroes cuando tienen larga vida-, ya sin nadie que le escribiera los guiones, decidió entrar en la sociedad bienpensante, con la loable intención de convertirse en un dechado de virtudes; de las virtudes que adornan a la mentada sociedad.

Para ello abandonó los rasgos de su antigua vida de pirata (bueno, eso, según se mire) y los dominios por donde se movía. En fin, eso también en parte, porque si Sandokán era El rey del mar, San Dokán suele moverse por la costa. Otro de sus antiguos rasgos ha conservado: ir a lo grande. En la vida anterior no le arredró nunca el tamaño del barco inglés que se le pusiera por delante. En su etapa de integración social, nuestro santo tampoco se anda con chiquitas, que si los ladrillos son pequeños, se pueden hacer con ellos grandes urbanizaciones, verdaderas ciudades de vacaciones y paraísos de ensueño.

En fin, si en objetivos y métodos sus dos vidas se diferencian notablemente, hay que reconocer que en ambas triunfó. San Dokán es admirado por su resolución en burlar leyes, destrozar paisajes y enladrillar playas (¿será éste quien enladrilló el cielo, que andamos desde hace siglos locos por encontrar quien lo desenladrille?). Encuentra sus devotos en los amigos del dinero fácil y rápido, en quienes se las apañan para sacar provecho privado de los bienes públicos, destrozándolos de paso.

Sandokán tuvo como fieles compañeros a Yáñez, Tremal-Naik y Kammamuri. Desde luego San Dokán no va sólo, aunque no siempre se saben los nombres de todos sus compañeros, tal vez debido a su humildad. El propio santo intenta pasar inadvertido. Afortunadamente, a veces no lo consigue.


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