San Dokán
Araceli Caballero
Sabido es que los héroes novelescos a veces
se independizan de sus creadores; en ocasiones para pedirles
cuentas, como le ocurrió a Unamuno; otras, para
emprender por su cuenta caminos no siempre afines a la
voluntad de quien les dio vida. Sandokán, en las
novelas de Salgari, fue un valiente pirata, poco amante,
en consecuencia, de leyes y convenciones, terror de la
gente de orden, justiciero y apasionado.
Luego –eso pasa con los héroes cuando tienen
larga vida-, ya sin nadie que le escribiera los guiones,
decidió entrar en la sociedad bienpensante, con
la loable intención de convertirse en un dechado
de virtudes; de las virtudes que adornan a la mentada
sociedad.
Para ello abandonó los rasgos de su antigua vida
de pirata (bueno, eso, según se mire) y los dominios
por donde se movía. En fin, eso también
en parte, porque si Sandokán era El rey del mar,
San Dokán suele moverse por la costa. Otro de sus
antiguos rasgos ha conservado: ir a lo grande. En la vida
anterior no le arredró nunca el tamaño del
barco inglés que se le pusiera por delante. En
su etapa de integración social, nuestro santo tampoco
se anda con chiquitas, que si los ladrillos son pequeños,
se pueden hacer con ellos grandes urbanizaciones, verdaderas
ciudades de vacaciones y paraísos de ensueño.
En fin, si en objetivos y métodos sus dos vidas
se diferencian notablemente, hay que reconocer que en
ambas triunfó. San Dokán es admirado por
su resolución en burlar leyes, destrozar paisajes
y enladrillar playas (¿será éste
quien enladrilló el cielo, que andamos desde hace
siglos locos por encontrar quien lo desenladrille?). Encuentra
sus devotos en los amigos del dinero fácil y rápido,
en quienes se las apañan para sacar provecho privado
de los bienes públicos, destrozándolos de
paso.
Sandokán tuvo como fieles compañeros a Yáñez,
Tremal-Naik y Kammamuri. Desde luego San Dokán
no va sólo, aunque no siempre se saben los nombres
de todos sus compañeros, tal vez debido a su humildad.
El propio santo intenta pasar inadvertido. Afortunadamente,
a veces no lo consigue. |