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 Noviembre 2006. nº 232 - OPINIÓN - DESDE OTRO PRISMA - CULTURA DE MERCADO

La montaña rusa
Cristina Ruiz Fernández
Cuando era pequeña, en el colegio, en la televisión, en la familia, todo parecía indicar que la vida era más o menos lineal. Terminar los estudios encontrar un trabajo, enamorarse, casarse, tener uno o dos hijos… y ya. Con diez o doce años, allá por la década de los ochenta, fácilmente podía imaginar cómo la mayoría de mis amigos y amigas, iban a ir encontrando pareja, iban a ir viviendo sus historias de amor e iban a formar sus propias familias felices. Los divorcios, los desamores, las infidelidades, las drogas, las depresiones… eran cosas ajenas que a nosotros no nos iban a pasar en nuestras vidas lineales de clase media-alta.

Sin embargo, como todo el mundo, ya voy viendo que “la vida es más compleja de lo que parece”, como dice Jorge Drexler en una de las canciones de su nuevo disco ‘Doce segundos de oscuridad’. La vida no es lineal, sino que está llena de recovecos y curvas, de callejones sin salida, de subidas, de bajadas, de redes, ciclos y espirales. Más bien parece una montaña rusa con dos o tres tirabuzones de esos en los que te pones bocabajo. Relaciones que empiezan y se acaban y vuelven y se complican. Historias que resurgen por donde uno menos lo espera. Frustraciones. Intentos que salen mal y otros que salen bien de momento, pero luego ya veremos. “La vida es más compleja de lo que parece”. Menudo descubrimiento, dirán algunos. Pues sí.

Las pasiones, los impulsos, las emociones son mucho más fuertes de lo que yo imaginaba a los diez años. En mis amigos y amigas estoy viendo situaciones complejas, que generan impotencia y dolor; porque uno no puede hacer nada o casi nada por ayudar, porque más vale desterrar los juicios, las valoraciones y, en muchos casos, incluso los consejos; porque a veces lo único que puede hacerse es estar ahí con silencio y serenidad. Camas que se llenan y se vacían, corazones que se rompen y se arreglan mucho antes de lo que parecía… o que no se arreglan nunca. “La vida no para, no espera, no avisa”, como canta Jorge Drexler.

Y así asisto a las vidas no lineales de mis amigos y amigas y a la mía propia. Por supuesto que a algunos les va bien y empiezan a ser treintañeros felizmente casados. Espero que a muchos de ellos les dure para siempre, aunque estadísticamente sé que no será así (¿a cuántos de ellos?, ¿a quiénes?, ¿cómo saberlo?). A otros también les va bien porque están felizmente solteros, felizmente "arrejuntados" o felizmente promiscuos o simplemente van viviendo con los altibajos de su montaña rusa.

Las nuevas generaciones por lo menos pueden estar más prevenidas que yo en mi infantil inocencia. Cuentan con la ventaja de que ahora se ve por la tele y en el propio entorno una mayor diversidad de familias, de historias sentimentales, de afectos, de sexualidades… Los acérrimos defensores de la familia tradicional católica dirían que eso no es una ventaja sino una aberración, pero eso es otra historia.

Por mi parte, como dice otra de las canciones de este disco, “ya he dejado que se empañe la ilusión de que vivir es indoloro”, pero aún así sigo pensando que se puede disfrutar de la vida. Ser feliz en los altibajos, los ciclos y los giros de cada historia. Al fin y al cabo en ningún parque de atracciones se les ocurriría instalar una montaña rusa que fuera recta. Nadie se montaría, menudo aburrimiento.


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