Los Derechos Reproductivos y
Sexuales de las Mujeres
Resumen de la ponencia impartida en el
Congreso de Teología en Madrid 9 de septiembre
de 2006
Elfriede Harth – Católicas
por el Derecho a Decidir
| Empezaremos por intentar examinar qué es
lo que entendemos por “Derechos reproductivos
y sexuales”. Me gusta mucho una definición
que dieron unas mujeres campesinas mexicanas en
uno de los muchos talleres de capacitación
que realizan Católicas por el Derecho a Decidir
allá en México y en los demás
países latinoamericanos en donde trabajamos.
Más o menos fueron formulándolo de
la manera siguiente: es el derecho de las personas
a sentirse agradecidas por el cuerpo que Dios les
dio, un cuerpo dotado por una parte de la capacidad
del placer y por otro de la capacidad de producir
seres humanos nuevos. |
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Es el derecho a explorar y a vivir plena y positivamente
esas dos capacidades, y a vivir y a gozar plenamente cada
una por separado. Es el derecho a construirse como persona
moralmente autónoma, adulta y responsable a través
del ejercicio de esas capacidades y para poder ejercerlas
plenamente. Es el derecho a la integridad física
y sicológica. Es el derecho a saber y a postular
que el principio fundamental de cada relación íntima
de pareja es la justicia, la responsabilidad por el propio
cuerpo y bienestar así como al mismo tiempo por
el cuerpo y el bienestar de la pareja. Es el derecho a
determinar el número de hijos que se quiere tener
así como el momento en que se quieren tener. Es
el respeto por ese don tan precioso que Dios nos dio,
nuestro cuerpo. Respeto que nuestra tradición católica
proclama y ritualiza, por ejemplo, en el sacramento de
la unción de los enfermos y en los ritos de la
sepultura de los muertos. ¿Cuáles
son las condiciones para vivir esos derechos? El matrimonio
es sin duda alguna una institución muy importante
en el contexto del ejercicio de la sexualidad humana,
ante todo cuando una persona o una pareja optan por la
procreación, si se trata de una relación
estable que proporcione seguridad y continuidad en la
tarea de la crianza de los hijos. Pero sabemos todas y
todos que no es la forma jurídica de una relación,
ni su carácter heterosexual o monosexual lo que
garantiza su calidad. Por lo tanto la forma jurídica
de una relación no es el principio fundamental
para vivir lo que llamamos “derechos sexuales y
reproductivos”, sino la justicia que reine dentro
de la relación de pareja. Para poder gozar sus
derechos sexuales y reproductivos, las personas tienen
que respetarse primero que todo, tienen que respetarse
ellas mismas y luego respetar a la pareja.
Derechos sexuales y reproductivos no deben confundirse
con libertinaje irresponsable. Se trata al contrario de
que la sociedad, de que todas y todos creemos las condiciones
que permitan que las personas puedan gozar su cuerpo de
manera sana. Empezando por rechazar rotundamente todo
tipo de violencia y de coerción, que es precisamente
la negación de la justicia. Empezando por proporcionar
a cada niña y niño y a cada adolescente
una educación sexual y emotiva que le permita conocer
esa maravilla que es su cuerpo y que le permita desarrollar
una actitud respetuosa y responsable frente a éste,
una actitud positiva frente a la sexualidad y una consciencia
madura frente a lo que significa traer al mundo un hijo.
El cuerpo y sus facultades son algo precioso que no se
desperdicia sino que se cuida y que se goza.
Se trata de que toda persona conozca y tenga acceso a
los medios que le permitan ejercer su sexualidad placenteramente
y sin riesgos para su salud física y mental. Empezando
por saber decir NO a algo que no se desea. Una adolescente,
una mujer, toda persona tiene que saber que es legítimo
decir NO a relaciones carnales que no esté deseando,
a relaciones que conlleven riesgos para su salud, a relaciones
que no incluyan métodos de protección contra
infecciones o contra un embarazo no deseado. Deben por
ejemplo saber que es legítimo y síntoma
de responsabilidad usar y reclamar el uso del preservativo,
para prevenir un embarazo no deseado o una infección.
Religión y Derechos sexuales en América
Latina
En diciembre pasado, Católicas por el Derecho a
Decidir organizó un viaje al Perú y al Brasil
para un grupo de seis parlamentarias de varios países
europeos. El objetivo del viaje era permitirles a esas
legisladoras europeas explorar el impacto que tiene la
religión sobre los derechos sexuales y reproductivos
de las mujeres en América Latina. Tuvieron que
oír horrores en todas partes sobre la energía
que emplea la jerarquía para obstruir desde la
educación sexual de la juventud en los colegios
hasta el acceso a medios anticonceptivos para la población
pobre. Pero al mismo tiempo hubo experiencias muy conmovedoras,
como el encuentro con una monja brasileña que colabora
con Católicas por el Derecho a Decidir del Brasil.
Esa mujer trabaja en la pastoral de prostitutas y hace
poco terminó una tesis de teología con Maria
José Rosado, la directora de Católicas que
trabaja en la Universidad Católica de Sao Paolo.
La tesis trata sobre la religiosidad de las prostitutas,
sobre la mariología de estas mujeres. Nos contaba
que le tienen una inmensa devoción a María,
en la que ven la gran consoladora, una pobre mujer del
pueblo, que comprende sus penas, sin juzgarlas. En el
fondo ven en ella el rostro compasivo de Dios. Y es precisamente
este uno de los objetivos mayores de la labor de la religiosa:
anunciarles a esas mujeres la Buena Nueva, trabajar sobre
los tremendos sentimientos de culpabilidad que las oprimen.
Hay algunas que hace años no han vuelto a comulgar,
aunque sientan una gran sed de acercarse a la mesa del
Señor. Van a misa, pero se quedan en el último
banco, pues se sienten indignas de ir más allá.
Sienten que han pecado y que tendrán que volver
a pecar pues son madres y tienen que darles de comer a
sus hijos.
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Sufren por haber cometido doce, quince abortos,
por no haberse podido proteger contra un embarazo
no deseado. Sufren cada vez por haber tenido que
negarle la venida al mundo a un hijo, pero lo han
hecho porque querían evitarles el destino
que les esperaba como hijos de una prostituta. La
religiosa les hace entonces ver que lo que ella
reconoce en sus actos que tanto las culpabilizan
es amor: han optado por cargar con una culpa por
amor al prójimo, por amor a esa criatura
no nacida, por amor a los hijos que ya tienen y
para quienes un hermanito más sería
una carga bien pesada. Ella apoya a las Católicas
por el Derecho a Decidir en su lucha por la despenalización
del aborto, por amor y respeto hacia estas mujeres. |
Sabe que cada vez que una de ellas tenga que practicarse
un aborto clandestino, su vida peligra. Y tiene la convicción
de que la vida de cada una de esas mujeres es demasiado
preciosa para ponerla en peligro. Que cada una de ellas
es amada por Dios y tiene el derecho a la vida, a la integridad
física, a la dignidad.
Defender los derechos sexuales y reproductivos de las
mujeres es por lo tanto una opción por los pobres.
Es luchar porque el acceso a educación sexual,
medios anticonceptivos y, en último recurso, el
aborto no sean el privilegio exclusivo de quienes tienen
el dinero para comprarlos. Para que también la
adolescente más humilde y la mujer más indigente
no tengan que arriesgar su vida y su salud sino que se
les reconozca la dignidad de ser agentes morales en cuanto
a su sexualidad y su capacidad de reproducción
y que puedan vivir una sexualidad sana, positiva y placentera,
basada en relaciones justas y responsables.
Moralidad y Bioética ¿Qué
tiene que ver todo esto con la bioética? Esta disciplina
reciente se ha venido forjando en la intersección
de la biología, la medicina, la filosofía,
la teología, el derecho y la política.
La aparición de la bioética como disciplina
es precisamente uno de los muchos síntomas de una
revolución profunda y global de nuestros conocimientos
en la que estamos involucrados todas y todos y que ejerce
un tremendo impacto sobre todos los aspectos de nuestras
vidas y de nuestra conciencia como seres humanos.
¿Qué significa esta revolución
para las mujeres? ¿Qué significa para su
cuerpo y para sus derechos respecto a su cuerpo? ¿Qué
significa para su capacidad reproductiva y para sus derechos
respecto a su capacidad reproductiva? ¿Qué
significa para su sexualidad y para sus derechos respecto
a su sexualidad? ¿Qué significa para el
orden de poder de nuestra sociedad, orden basado en la
diferencia de los sexos, diferencia organizada en una
jerarquía de los sexos, en la cual el masculino
prima y reina sobre el femenino? Éstas
son sólo algunas de las muchas interrogantes que
surgen cuando entramos en esta problemática. Y
es muy difícil formular respuestas. Pienso que
en cuanto a certezas y verdades nos encontramos actualmente
en una situación parecida a la del Pueblo elegido
en tiempos del Faraón: El Espíritu que es
como un viento invisible que no se deja encerrar sino
que sopla libremente por donde le place nos está
invitando al éxodo, a partir hacia horizontes desconocidos,
sin más garantía que la fe en una promesa
y la esperanza de alcanzar lo prometido.
Nos encontramos en una situación en que todo tipo
de fronteras empiezan a desvanecerse. Y con ello empieza
a tambalear el orden social. Y es esa la razón
que explica el recrudecimiento de todos los fundamentalismos
al que asistimos también en la actualidad, fundamentalismos
que son síntomas del temor frente a las incertidumbres
y a los cuestionamientos del orden social. Síntomas
de una resistencia a todo cambio, a la necesidad de reformular
o reinterpretar los mitos fundadores de nuestras tradiciones.
Y cabe subrayar que todos los fundamentalismos, ya sean
cristianos, musulmanes, judíos, nacionalistas,
o de cualquier otro tipo, tienen todos una preocupación
clave, que es la negación de los derechos sexuales
y reproductivos de las mujeres, el afán por controlar
el cuerpo de las mujeres.
Si bien puedan estar en guerra unos con otros, en materia
de negación de los derechos sexuales y reproductivos
de las mujeres, los fundamentalistas son aliados incondicionales.
Así la Santa Sede, gracias al privilegio que goza
de ser la única religión a la que se le
reconoce el estatus de observador no miembro de Naciones
Unidas, no tiene el menor inconveniente en unirse a los
gobiernos de Estados como Sudan, Iraq, Libia para obstruir
todo avance a nivel de política internacional en
materia de derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.
Con la llegada de George W. Bush a la presidencia de Estados
Unidos, este país pasó a ser su mejor aliado
en ese campo, razón por la cual los obispos americanos
apoyaron su reelección en el 2004, a detrimento
de su contrahente católico. Preferían que
volviera a salir presidente un protestante que desató
la guerra en Iraq y que gobierna contra los pobres en
su país, con tal de impedir que llegara a la presidencia
un católico partidario de los derechos sexuales
y reproductivos de las mujeres. ¿Por qué
se sienten tan amenazados los fundamentalistas por los
desarrollos científicos recientes? Porque cuestionan
profundamente los fundamentos antropológicos que
rigen la simbología de nuestros sistemas de poder,
la simbología tanto religiosa como política.
| Con el desarrollo de las tecnologías de
la reproducción asistida de la clonación
por ejemplo, las categorías de oposición
y complementariedad de los dos sexos, es decir la
frontera que los separaba, que servía para
establecer y justificar un orden social dado, empieza
a perder pertinencia. Si hasta la fecha la reproducción
biológica de la especie humana requería
la existencia de una humanidad sexuada y la interacción
sexual entre dos seres de sexo opuesto, se vislumbra
que esto no seguirá siendo indispensable
en el futuro. Al menos no lo será científicamente,
teóricamente. |
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Es decir que aunque quizá nuestros legisladores
sigan prohibiendo la clonación reproductiva y nuestros
científicos respeten esa ley, lo que nuestro entendimiento
nos permite vislumbrar, lo que nuestra mente hoy en día
es capaz de imaginar y de pensar, no dejará de
tener un profundo impacto sobre la antropología
y como corolario sobre la teología.
Se ha demostrado que es posible producir un nuevo mamífero
a partir de un ovocito enucleado de esta especie de mamífero
a la que se le ha implantado el núcleo de otra
célula de cualquier otro individuo de esa especie.
Es decir que la reproducción deja de depender de
la sexualidad. Reproducción y sexualidad son dos
cosas distintas y desligadas una de otra. Es concebible
crear un individuo nuevo de la raza humana, distinto a
los demás de su especie a partir de un ovocito,
pero sin necesidad de esperma. Aún se necesitaría
para el desarrollo de ese clon un útero, pues no
ha logrado aún la ciencia desarrollar incubadoras
que puedan suplir el vientre de la mujer. Significa esto
que a término largo, al menos teóricamente,
si bien sigue habiendo necesidad de mujeres no habrá
necesidad de varones, para que la especie humana siga
perpetuándose y no desaparezca de la faz de la
Tierra. Podemos entonces imaginarnos una sociedad humana
conformada por individuos que ya no son “el fruto
del hombre”, o para decirlo de manera más
precisa, “el fruto del varón”. Pero
entonces, ¿qué significan en esas condiciones
categorías antropológicas, y como corolario
políticas y religiosas como la de “padre”,
“hermano”, “filiación”,
“linaje”, “descendencia”, “ancestros”,
“generación”?
Nos daremos cuenta de que no hemos necesitado llegar hasta
la biorevolución para que muchas de estas categorías
sean redefinidas. Ya estamos asistiendo a ello, por ejemplo
con el reconocimiento del matrimonio gay. La biorevolución
en el fondo sólo le concede mayor plausibilidad
a los cambios antropológicos que estamos vivenciando,
corroborando en lo biológico lo que ya estamos
experimentando en lo social y en lo jurídico: que
las fronteras que nos parecían incuestionables
y evidentes, Ley Natural edictada por Dios y reflejo de
su voluntad divina desde un principio, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos amén, cada día
lo son menos. Ser mujer
¿Qué significa entonces ser mujer?
¿Y qué significa ser varón? Admito
que aunque creo intuirlo, definiéndome yo misma
como una mujer, me siento incapaz de dar una definición
categórica y esencialista que establezca sin ambigüedad
alguna la frontera entre dos seres, catalogando a uno
en la categoría “varón” y al
otro en la categoría “mujer”. Siento
que la frontera entre ambos se está desvaneciendo,
es cada vez más opaca. ¿Qué significa
esta biorevolución que vivenciamos para el cuerpo
de las mujeres y para sus derechos respecto a su cuerpo?
El cuerpo de las mujeres ha sido siempre, en todos los
sistemas políticos y económicos que conocemos,
materia prima para producir y reproducir el bien más
precioso de la especie humana que es su propia supervivencia
y su propia perpetuación. Ha sido la fuente que
provee la fuerza de trabajo necesaria para crear todo
lo que la humanidad haya podido considerar como riquezas,
y esto antes de que estas riquezas puedan ser acaparadas
o repartidas.
Los varones también han venido desempeñando
un papel indispensable en esta labor, pero una diferencia
económica central entre varón y mujer es
que la cantidad de tiempo que el varón necesita
invertir en desempeñar su papel biológico
de reproductor, es sumamente breve, un par de instantes,
mientras que la parte que le incumbe a la mujer se extiende
al mínimo sobre un periodo de nueve meses. En un
mundo en que la única función de los varones
y de las mujeres fuese la reproducción, y que un
varón fecundara sólo a una mujer por día,
un varón necesitaría unas 300 mujeres para
optimizar su capacidad reproductiva, mientras que a una
mujer le bastaría tener relaciones reproductivas
con un hombre cada 300 días para optimizar la suya.
En una población de igual número de varones
y de mujeres, sobrarían 299 varones por cada mujer.
O para formularlo en lenguaje económico: el valor
biológico-económico de una mujer sería
equivalente al de 299 varones. Al menos en sociedades
en que la reproducción biológica de la especie
humana se opere según la tradición sexuada-sexual.
Pues en el horizonte de una reproducción por clonación
el valor biológico del varón llega a 0,0.
Esta diferencia en el valor de los dos sexos la han comprendido
desde los más remotos tiempos históricos
todos los pueblos que se han dedicado a la ganadería
o a la cría de animales: se conservan las preciosas
hembras que proporcionan leche y crías o huevos
y se sacrifican los machos de valor incomparablemente
inferior, para proporcionarle carne a la dieta del grupo,
conservando únicamente un par de reproductores.
Podemos estar seguros de que el origen remoto de todo
orden social y político de que se haya dotado la
especie homo sapiens radica en el acaparamiento y el control
de ese valor incomparable que representa en la sociedad
humana la capacidad reproductiva inherente al cuerpo de
las mujeres. El orden patriarcal consiste en que aquellos
individuos del sexo masculino que logren apropiarse o
al menos controlar el cuerpo y el producto del cuerpo
de las mujeres, son aquellos que detienen el poder. La
obsesión por el control del cuerpo de las mujeres
es quizá la mejor medida para medir el grado de
fundamentalismo patriarcal de cualquier sistema de poder.
La Iglesia y su estructura de poder
El ejemplo más flagrante lo proporciona nuestra
Santa Madre Iglesia Católica Apostólica
y Romana. Esa “señora”, que es una
estructura de poder que en realidad está constituida
exclusivamente por varones que renunciaron a su capacidad
reproductiva biológica, a cambio del máximo
título de autoridad patriarcal que es el de “padre”,
es un colectivo exclusivamente masculino que decide cuáles
son las reglas que rigen la sexualidad. Primero la de
aquellos otros varones que prefirieron renunciar al poder
dentro de dicha estructura a favor del ejercicio de su
sexualidad.
La Santa Madre Iglesia les impone a éstos que la
única sexualidad legítima es la heterosexual,
es decir aquella que implica interacción con el
cuerpo de una mujer, con la que estén unidos en
matrimonio indisoluble. Y segundo la sexualidad de las
mujeres. Pero lo que ante todo se arrogan es el control
exclusivo de los cuerpos de las mujeres cuando éstas
se encuentran gestando, reduciéndolas a seres portadoras
en su seno de un espacio extraterritorial, una especie
de enclave de la cual se ven expropiadas mientras se esté
desarrollando allí un fenómeno biológico
que puede llegar a culminar en la venida al mundo de un
individuo nuevo de la especie humana. Pero, ¿este
afán por expropiar a la mujer gestante de su cuerpo
y de lo que éste está produciendo, será
realmente un afán por proteger la vida de un ser
humano?
Entonces cómo explicar que por la destrucción
de una vida humana haya sanciones diferentes, ¿según
los casos? El Derecho Canónico estipula que la
sanción para el aborto es la excomunicación.
Esta sanción no se aplica sin embargo ni al homicidio
ni al asesinato. Ni siquiera a la masacre o al genocidio.
Si una mujer embarazada no quiere asumir esa maternidad,
y decide destruir la vida que está gestándose,
ella tiene dos posibilidades: O bien aborta, quizá
a los dos o tres meses de embarazo, o bien da a luz para
matar enseguida al bebé que ha parido. También
considera los dos actos como crímenes distintos,
de los cuales el aborto merece una pena mucho mayor.
Con el aborto una mujer demuestra que reivindica la integridad
de su cuerpo, esté gestando o no, y se niega a
aceptar una “extraterritorialidad” dentro
de sí, sobre la cual otros puedan detener la autoridad
y el control. Por eso se amenaza a la mujer con excomulgarla.
No se trata pues de castigar en primer lugar la destrucción
de una vida humana, sino la reivindicación de la
soberanía moral de la mujer, la reivindicación
del control sobre su propio cuerpo.
Aquí radica la importancia del reconocimiento de
los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres:
la condición para que todas las mujeres puedan
reivindicar la integridad de su cuerpo. Es necesario que
se le reconozca a cada mujer el derecho a decidir cuál
es la opción legítima para ella en caso
de un embarazo: la de llevarlo a término o la de
ponerle fin.
Para que la maternidad sea algo realmente digno y humanizante,
se necesita que se reconozca como legítima la opción
del aborto. La maternidad sólo es realmente una
opción positiva y libre si se puede optar legítimamente
por el aborto, descartándolo. Y aunque el Vaticano
intente ocultarlo en su afán de poder: ésa
es la doctrina católica genuina. Cabe recordar
aquí que uno de las componentes fundamentales de
la tradición católica es que la conciencia
individual informada es la suprema instancia moral. Un
acto no es un crimen en sí mismo, sino según
las circunstancias en que se cometa. Si una mujer opta
por un aborto, después de haber orado y sopesado
en su corazón y conciencia los diferentes aspectos
de la situación en que se encuentra, llegando a
la conclusión de que en su caso concreto el aborto
es la opción más responsable, pecaría
si actuara en contra a su conciencia no abortando. Se
trata de una decisión sumamente difícil.
Nadie puede negar que un aborto implica la destrucción
de una vida humana.
La Iglesia católica admite que hay casos exclusivos
en que la destrucción de una vida humana puede
justificarse. Así ha desarrollado toda una teología
de la guerra justa, por ejemplo. En ella enumera las condiciones
en las cuales se justifica destruir vidas de seres humanos
nacidos. En cambio es muy poco lo que existe en el campo
de la teología del aborto justo. Prácticamente
se reduce a lo que hemos compilado y sistematizado en
Católicas por el Derecho a Decidir, y que es parte
de una teología feminista de la liberación.
Así nos preguntamos por ejemplo: ¿Por qué
se consideraría que una mujer es capaz de traer
al mundo una criatura, criarla y ayudarle a ser una persona
adulta y responsable, pero no se le cree capaz de decidir
-cuando se encuentra embarazada sin haber optado por ello-
si ella quiere y puede o no, asumir esa maternidad específica
en las circunstancias concretas de su vida?
Recordaremos que contrariamente a lo que sucede en el
caso de la destrucción de la vida de una persona
en una guerra o en legítima defensa, en el caso
de un aborto la propia Iglesia admite que no tiene la
capacidad de definir el momento en el cual se sabe con
certeza que un embrión o feto es una persona humana.
Aquí, precisamente, los recientes desarrollos del
conocimiento científico nos ayudan a ver con mayor
claridad lo que no era posible hasta hace poco: lo que
existe en el momento de la concepción es un conjunto
de células plenipotenciarias sin especificación
alguna. Por lo tanto, no es posible hablar de persona
humana. Sin embargo puede que ocurra una división
de estas células de tal forma que no resulten uno
sino dos embriones. ¿Qué será del
alma inmortal? ¿También podrá dividirse
en dos, o sería que ya preexistía en doble
desde el principio en una sola célula? Intuitivamente
podemos comprender que, aunque haya destrucción
de vida humana, no es lo mismo destruir un embrión
que una persona nacida.
Imaginemos la escena siguiente: Una médica trabaja
en un laboratorio de reproducción asistida. Un
día una colega le deja un bebé de un año
en el laboratorio para que vaya a resolver un trámite.
Mientras está el bebé en el laboratorio
se produce un corto circuito que desencadena un incendio
muy grave. Suenan las alarmas y la doctora sabe que sólo
le queda un minuto para salir del laboratorio y salvar
su vida. ¿Qué decisión será
más ética? ¿Que tome al bebé
que duerme en su cunita en brazos para sacarlo del peligro
o que, más bien, sacrifique esta joven vida para
salvar la de 500 embriones congelados que tiene guardados
en la nevera de su laboratorio?
Luchar contra los derechos reproductivos de las mujeres,
contra la legalización del aborto, es tomar partido
en contra de su vida, pues se prefiere arriesgar la salud
y la vida de alguien de quien nadie duda que es una persona,
pretendiendo proteger la de un ser de quien es imposible
tener certeza de que es una persona.
Abortar sólo lo puede una mujer. Cometer un homicidio
desconoce el género. Pero ambos actos son sancionados
de manera diferente. Eso demuestra que la preocupación
principal de la Iglesia es controlar el cuerpo, la sexualidad
y la capacidad de reproducción de las mujeres,
fundamento de la estructura de poder patriarcal de la
Iglesia. Esto explica porqué el Vaticano no puede
aceptar los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres,
la igualdad de las mujeres, permitir que las mujeres lleguen
a simbolizar la autoridad institucional dentro de la religión.
Toda la estructura de poder y autoridad de la Iglesia
está basada en la negación de la soberanía
moral de las mujeres, en lo que respecta su propio cuerpo,
su sexualidad y su capacidad de reproducción.
La obsesión del Vaticano en contra del sacerdocio
de las mujeres no es sino la otra cara de la medalla.
No está permitido el acceso de las mujeres al sacerdocio,
pues el sacerdocio tal y como lo concibe el Vaticano está
basado en, y presupone, el control de la sexualidad en
general y de la capacidad de reproducción de las
mujeres en particular.
El día en que el Vaticano conceda a las mujeres
acceso al sacerdocio, éste dejaría de ser
lo que es. El día en que el sacerdocio cese de
ser lo que es, el Vaticano no tendrá ya ninguna
objeción en admitir a las mujeres al sacerdocio.
¿Será pura casualidad que las primeras reivindicaciones
formales de mujeres por ser admitidas al sacerdocio hayan
coincidido con la invención de la píldora
anticonceptiva? En 1963 una mujer suiza y luego dos alemanas
enviaron al Concilio Vaticano II la solicitud de que se
considerara la admisión de mujeres al sacerdocio.
La píldora anticonceptiva independizó la
sexualidad de la reproducción. La respuesta del
Vaticano fue Humanae Vitae. Junto con la cuestión
del celibato de los sacerdotes, Pablo VI extrajo la cuestión
de la contracepción de las deliberaciones del Concilio
Vaticano II, pensando preservar la autoridad de la Iglesia.
Lo que consiguió fue atestarle un golpe casi mortal;
confundió autoridad con poder.
Con la revolución biomédica que estamos
vivenciando, la reproducción se está independizando
de la sexualidad. Las relaciones entre los sexos, que
ya habían experimentado un cambio profundo, ¿cómo
se verán afectadas ahora? ¿Qué será
de la ternura, del placer, del amor? ¿Seremos capaces
de aprenderlos, de experimentarlos, de proporcionarlos,
sin pasar forzosamente por la reproducción? ¿Por
la sexualidad? ¿Por la heterosexualidad? ¿No
son éstas manifestaciones humanas que han existido
siempre, independientemente de la reproducción,
de la sexualidad y de la heterosexualidad, sólo
que por el afán de controlar la sexualidad y la
reproducción muchas veces las hemos olvidado hasta
el punto de ser capaces de justificar y de vivir una sexualidad
y una reproducción totalmente carente de ternura,
placer y amor? ¿No estamos asistiendo precisamente
a través de fenómenos como el matrimonio
gay, la transexualidad, etc., a la aparición de
nuevas estructuras sociales que muestran precisamente
que la ternura, el placer y el amor van mucho más
allá de las fronteras definidas por los poderosos?
Quizá llegue un día en que la mujer, que
el cuerpo humano sexuado, cese de ser indispensable para
la creación de individuos humanos nuevos, para
la perpetuación de la especie humana. Ese día
el control sobre el cuerpo dotado de una capacidad específica,
perderá su importancia y las estructuras de poder
que se han formado para ejercer ese control perderán
su objeto. ¿Permitiremos que tengamos que esperar
hasta ese día para inventar un mundo más
justo y más propicio para vivir con ternura, placer
y amor? |