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 Noviembre 2006. nº 232 - NORTE-SUR

Nacida en Nador, floreció en Catalunya
Neus M. Baladas

Siempre me fascinó su constancia en los estudios y su facilidad para atraer a los demás, haciéndoles sentir importantes (es decir, su capacidad para escuchar). Un día, en el comedor del instituto, observé que no comía carne de cerdo. Fue entonces cuando me di cuenta de que era musulmana. Poco a poco, fuimos intimando y empecé a entender por qué se implicaba tanto con los alumnos, las asignaturas y los profesores. Para ella, las clases no eran cuatro paredes y unas cuantas sillas y pupitres mal puestos, donde un profesor se esfuerza para que lo escuchen y no le lancen tizas. Sino que las aulas fueron su medio para relacionarse, hacer amigos y conocer mundo. Si había elecciones, era elegida Delegada y llevaba su cargo con todas las responsabilidades y deberes. Cuando se organizaba una cena, avisaba a todo el mundo para que no faltara nadie. En las fiestas de fin de curso, se mezclaba entre los profesores, con los que compartía divertidas charlas, y los animaba a bailar. Si alguien tenía dificultades en alguna materia, se ofrecía para explicársela.
Cuando íbamos de excursión, intentaba disfrutar de cada momento, impregnándose de nuevas vivencias. Si mandaban algún trabajo, hacía más de lo que marcaban las pautas del profesor. Y, ahora, que ya es universitaria, sigue involucrada con la Asociación de antiguos alumnos y, de vez en cuando, visita a los profesores, conserjes y secretarias a la hora del recreo (“¡como Pedro por su casa!”).

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