Bodas
Carlos F. Barberá
Hace unos meses me encontré con una amiga que había
asistido hacía poco a la boda de unos amigos comunes.
Le pregunté: “¿qué tal la boda?”.
Y me respondió: “un rollo, como todas”.
Por el contrario, distintos amigos me han hablado no hace
mucho con entusiasmo de dos bodas civiles, una de ellas
de dos gays.
Hasta hace relativamente poco tiempo –hablo de la
realidad madrileña- las ceremonias de matrimonio
religiosas competían con gran ventaja con unas
bodas civiles precipitadas, en locales antiestéticos,
frente a funcionarios incomodados o aburridos. En pocos
años el panorama ha cambiado. Se puede encontrar
un juez, un alcalde o un concejal concienciado y un espacio
ambientado con gusto y es posible ya organizar una ceremonia
participada y sentida.
Poco a poco la competencia va a ir decantándose
sin duda por el lado de las bodas civiles. Muchas parejas
deciden –sigo hablando de Madrid- casarse en la
Almudena, Los Jerónimos, Santa Bárbara...
pensando sin duda en el marco estético que ofrecen.
Pero aparte de una sustanciosa factura –incrementada
por las flores, las fotos, la música- se encontrarán
con que los novios están de espaldas a los asistentes
y éstos lejos del altar, les presidirá un
cura anónimo haciendo un sermón anónimo
cuando no doctrinario, los novios expresarán su
consentimiento mirando de reojillo no a la otra parte
sino al ritual... En definitiva una ceremonia ritualizada
y passepartout. Un rollo.
Naturalmente una celebración religiosa puede y
debe ser viva, expresiva y personalizada pero en ese caso
fácilmente se entrará en contradicción
con las normas que prohiben cambiar los formularios prescritos,
echar mano de textos no litúrgicos, cambiar la
oración eucarística, que intervengan los
seglares, que se hagan ofrendas más allá
del pan y del vino... A pesar de que Jesús dijo
que el sábado es para el hombre y no al contrario,
pocos son los clérigos dispuestos a saltarse las
normas, de modo que lo ritualizado ganará siempre
a lo celebrativo y una boda religiosa será igual
a otra boda religiosa y todas un aburrimiento.
Por el contrario, pensándola un poco, una boda
civil puede ser la ocasión para leer textos expresivos,
para intervenciones de los amigos, para gestos cuidados
y significativos. A poco que se prepare, una boda civil
tiene muchas posibilidades de ser un acontecimiento estético
y sobre todo humano y personal.
Hace más o menos un año un cura de nueva
hornada, párroco de un pueblo de Madrid, prohibió
que la hermana del novio leyera un texto haciendo referencia
al padre fallecido. Sin embargo esa muerte había
venido precedida de dos años en coma, un drama
al que se quería aludir en un contexto celebrativo.
No hubo forma. Lo curioso es que ninguno de los dos novios
era muy adicto al cristianismo. De haberlo sabido antes,
seguro que hubieran hecho una celebración civil
y hubieran leído con toda libertad lo que les hubiera
parecido conveniente. Al fin y al cabo, según la
doctrina tradicional, ellos eran los celebrantes.
“Todo según el ritual”, dijo a
la familia el cura del pueblo y yo pienso en lo que les
enseñan en los seminarios a estos curas jóvenes,
que sin duda nos hemos merecido por nuestros pecados.
Les deberían enseñar que Jesús ya
se revolvió contra la creencia en que los ritos
nos salvan y que están por encima de las personas.
Les deberían enseñar que los ritos son importantes
y la tradición ofrece marcos que hay que respetar
pero que “para la libertad nos liberó Cristo”.
Parece que no se lo enseñan. Se lamentarán
luego de que el número de bodas civiles aumente.
Se lo han ganado a pulso.
P.D.- Hace unos meses, en la famosa iglesia de Canaán
de Pozuelo de Alarcón, asistí como invitado
a una boda presidida por su famoso párroco. Podría
relatar varios detalles curiosos, sólo contaré
uno bien significativo. La novia venía velada y,
tras las palabras del consentimiento, el celebrante se
dirigió al novio: “Ya es tu mujer. Puedes
levantarle el velo”. Sin comentarios.
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