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Aunque no lo parezca, este mundo sí avanza
en algunos terrenos. Al mismo tiempo que el neoliberalismo
dicta las leyes de la economía, la presión
de las ciudadanas y ciudadanos-consumidores que
viven en los países ricos ha conseguido
que a las empresas les empiece a interesar la
defensa de ciertos valores universales. Y no sólo
de aquellos en los que el dinero siempre ha creído
a pies juntillas: la productividad, el afán
de lucro, la competencia, etc. |
Las multinacionales más importantes están
apostando por la defensa del medioambiente, la lucha
contra la pobreza, la promoción de los derechos
humanos y la mejora de las condiciones laborales en
sus propias compañías.
Lo primero que nace tras leer el párrafo anterior,
al menos en cualquier mente medianamente crítica,
es un “Ya, ya, no me lo creo” explícito.
El cinismo, la falta de escrúpulos y el cuidado
de las apariencias han sido y siguen siendo actitudes
cultivadas con profusión en el mundo empresarial.
Sin embargo, y pese a todas las dudas razonables que
se puedan albergar respecto a la ‘buena voluntad’
de quienes siguen enriqueciéndose gracias a las
plusvalías que hurtan a la clase trabajadora,
pocos pueden negar que el fenómeno de la Responsabilidad
Social Corporativa (RSC) se haya convertido en la última
década en fuente de buenas noticias para las
ONG y quienes luchamos por hacer de este planeta un
lugar menos injusto y más habitable.