Queda decretado que en esta Navidad, en vez de dar regalos,
nos haremos presentes junto a los hambrientos, los necesitados
y los excluidos. Papá Noel será colgado,
como Judas, y, selladas las chimeneas, abriremos corazones
y puertas a la llegada salvífica del Niño
Jesús.
Por traerles a muchos, más dolores que alegrías...
Queda decretado que Navidad no nos trasvestirá
en lo que no somos: en este verano tórrido arrancaremos
del árbol de Navidad todos los algodones de falsas
nieves; cambiaremos las nueces y las castañas por
frutas tropicales; los renos y trineos por carrozas repletas
de alimentos no perecederos; y si sobrara por ahí
algún Papá Noel, que aparezca en bermudas
y sandalias.
Queda decretado que, cartas de niños, sólo
las dirigidas al Niño Jesús, como la de
Lucas, que escribió convencido de que Caín
y Abel no se habrían peleado si hubieran dormido
en cuartos separados; propone al Creador que nadie más
nazca ni muera, y que todos nosotros vivamos para siempre;
y al ver el pesebre, prometió enviar su regalo
al hijo desnudo de María y José.
Queda decretado que los niños, en vez de juguetes
y pelotas, pedirán bendiciones y gracias, abriendo
sus corazones para destinar a los pobres todo lo superfluo
que llena los armarios y las gavetas (cajones). Lo que
le sobra a uno es la necesidad de otro, y quien reparte
bienes comparte a Dios.
Queda decretado que, al menos un día, desenchufaremos
toda la parafernalia electrónica, incluido el teléfono,
y, recogidos en soledad, haremos un viaje al interior
de nuestro espíritu, allí donde habita Aquel
que, distinto de nosotros, da fundamento a nuestra verdadera
identidad. Entregados a la meditación, cerraremos
los ojos para ver mejor.
Queda decretado que, alejando los pudores, las familias
harán al menos un momento de oración, leerán
un texto bíblico, agradecerán al Padre de
Amor el don de la vida, las alegrías del año
que termina e incluso los dolores que exacerban la emoción
sin que se pueda entender con la razón. Transitoria,
la vida es un río que sabe ir al mar como destino,
pero que no conoce cuántos meandros, cascadas y
piedras habrá de encontrar en su transcurso.
Queda decretado que arrancaremos la espada de la mano
de Herodes y ningún niño será condenado
ya al trabajo precoz, violado, golpeado o amenazado. Todos
tendrán derecho a la ternura y a la alegría,
a la salud y a la escuela, al pan y a la paz, al sueño
y a la belleza.
Queda decretado que, en los lugares de trabajo, las fiestas
de fin de año costarán el doble, para poder
dar canastas básicas a las familias necesitadas.
Y se tendrá como pecado grave abrir una bebida
de valor superior al salario mensual del empleado que
la sirve.
Como Dios no tiene religión... Queda decretado
que ningún fiel considerará la suya como
más perfecta que la del otro, ni permitirá
rastrear su lengua, cual serpiente venenosa, por los caminos
de la injuria y de la perfidia. El Niño del pesebre
vino para todos, indistintamente, y no se puede rezar
el Padrenuestro si el pan no se vuelve nuestro sino que
queda como privilegio de una minoría satisfecha.
Queda decretado que toda dieta se revertirá en
beneficio del plato vacío de quien tiene hambre,
y que nadie dará al otro un regalo envuelto o escondido
en oscuras intenciones. El tiempo empleado en hacer lazos
será muy inferior al dedicado a dar abrazos.
Queda decretado que las mesas de Navidad estarán
cubiertas de afecto y, dispuestos a renacer con el Niño,
trataremos de sepultar iras y envidias, amarguras y ambiciones
desmedidas, para que nuestro corazón sea acogedor
como el pesebre de Belén.
Queda decretado que, al igual que los reyes magos, todos
daremos un voto de confianza a la estrella para que ella
conduzca este país hacia días mejores. No
buscaremos nuestro propio interés sino el de la
mayoría, sobre todo de los que, a semejanza de
José y María, fueron excluidos de la ciudad
y, como una familia sin tierra, obligados a ocupar un
predio, en el que brilló la esperanza.
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