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 Noviembre 2006. nº 233 - OPINIÓN - EDITORIAL

Objeción de conciencia

Una sociedad sólo se construye sobre valores comunes. Por eso la moral no es nunca algo totalmente privado. Es pública en el sentido de que ha de validarse en diálogo con el resto de la sociedad. Sólo ahí se encontrarán los valores comunes que hacen posible la convivencia. La tolerancia y el respeto, el acuerdo en unos mínimos, el diálogo continuo serán características de ese acuerdo que, al final, se plasmará en
leyes, siempre reformables, al ritmo que cambia la sociedad. Nadie tiene el monopolio ni la exclusiva de los valores. Pero, poco a poco, la sociedad avanza hacia un mayor respeto a la persona y su dignidad. No todas las leyes gustan a todos. Pero nos permiten convivir que no es poco en los tiempos que corren.

Ese acuerdo cívico en unos valores y comportamientos que son aprobados y otros que son rechazados se quiere ahora reflejar en la “Educación para la Ciudadanía”, una asignatura obligatoria en la enseñanza básica. Y a los obispos no les ha gustado la idea. Dicen que “invade las convicciones religiosas y morales de las familias” (ABC, 16-11-2006). Ante ella no cabe más que “o el que se retire o el movilizarse, en los niveles de opinión pública y de objeción de conciencia” (Idem). ¿Es que decir que unos determinados comportamientos son legales y están socialmente admitidos significa invadir las convicciones morales de las personas? ¿No será la oportunidad para que todos, comenzando por los escolares, aprendamos a vivir en una sociedad pluralista y a ser más tolerantes y menos impositivos con los demás? ¿Quita eso fuerza a la propia convicción? ¿No sería bueno que algunos obispos fuesen a las clases de esa asignatura?

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