Una sociedad sólo se construye sobre valores comunes.
Por eso la moral no es nunca algo totalmente privado.
Es pública en el sentido de que ha de validarse
en diálogo con el resto de la sociedad. Sólo
ahí se encontrarán los valores comunes que
hacen posible la convivencia. La tolerancia y el respeto,
el acuerdo en unos mínimos, el diálogo continuo
serán características de ese acuerdo que,
al final, se plasmará en
leyes, siempre reformables, al ritmo que cambia la sociedad.
Nadie tiene el monopolio ni la exclusiva de los valores.
Pero, poco a poco, la sociedad avanza hacia un mayor respeto
a la persona y su dignidad. No todas las leyes gustan
a todos. Pero nos permiten convivir que no es poco en
los tiempos que corren.
Ese acuerdo cívico en unos valores y comportamientos
que son aprobados y otros que son rechazados se quiere
ahora reflejar en la “Educación para la Ciudadanía”,
una asignatura obligatoria en la enseñanza básica.
Y a los obispos no les ha gustado la idea. Dicen que “invade
las convicciones religiosas y morales de las familias”
(ABC, 16-11-2006). Ante ella no cabe más que “o
el que se retire o el movilizarse, en los niveles de opinión
pública y de objeción de conciencia”
(Idem). ¿Es que decir que unos determinados comportamientos
son legales y están socialmente admitidos significa
invadir las convicciones morales de las personas? ¿No
será la oportunidad para que todos, comenzando
por los escolares, aprendamos a vivir en una sociedad
pluralista y a ser más tolerantes y menos impositivos
con los demás? ¿Quita eso fuerza a la propia
convicción? ¿No sería bueno que algunos
obispos fuesen a las clases de esa asignatura?
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