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 Diciembre 2006. nº 233 - IGLESIA

Divertimento avi(n)agrado
José Ignacio González Faus


Suelo recibir cada día unos 60 correos electrónicos. De ellos sólo cinco me atañen personalmente. Los otros cincuenta y tantos son advertencias de que “my girlfriend” puede estar muy decepcionada conmigo, pero puedo hacerle pasar noches inolvidables y ganarme su rendida admiración, si acepto las ofertas de viagra, cialis y otros polvos de la madre Celestina, que me ofrecen por no sé cuántos dólares. “Mi princesa está triste ¿qué tendrá mi princesa?”, preguntábame yo con el poeta.

Otros de esos llamados spams, me recomiendan unos “luxury watches” y, como el inglés es la asignatura pendiente de todos los celtíberos de mi edad, deduje que eso significaba “relojes lujuriosos”, sospeché que valdrían para medir la duración de esos éxtasis que la viagra y demás píldoras mágicas iban a proporcionarle a “my girlfriend”. Luego supe que sólo significa “relojes de lujo”. Me pregunto por qué lujo y lujuria vienen de la misma raíz: si será que toda lujuria es un lujo -como saben los que van a comprar niñas a Tailandia o Budapest-, o si es que todo lujo es lujurioso: lo cual me parece más probable.

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