Suelo recibir cada día unos 60 correos electrónicos.
De ellos sólo cinco me atañen personalmente.
Los otros cincuenta y tantos son advertencias de que “my
girlfriend” puede estar muy decepcionada conmigo,
pero puedo hacerle pasar noches inolvidables y ganarme
su rendida admiración, si acepto las ofertas de
viagra, cialis y otros polvos de la madre Celestina, que
me ofrecen por no sé cuántos dólares.
“Mi princesa está triste ¿qué
tendrá mi princesa?”, preguntábame
yo con el poeta.
Otros de esos llamados spams, me recomiendan unos “luxury
watches” y, como el inglés es la asignatura
pendiente de todos los celtíberos de mi edad, deduje
que eso significaba “relojes lujuriosos”,
sospeché que valdrían para medir la duración
de esos éxtasis que la viagra y demás píldoras
mágicas iban a proporcionarle a “my girlfriend”.
Luego supe que sólo significa “relojes de
lujo”. Me pregunto por qué lujo y lujuria
vienen de la misma raíz: si será que toda
lujuria es un lujo -como saben los que van a comprar niñas
a Tailandia o Budapest-, o si es que todo lujo es lujurioso:
lo cual me parece más probable. |