Las grandes religiones monoteístas de nuestro
tiempo se caracterizan, en líneas generales, por
discriminar a la mujer, apartarla del ámbito público
y someterla a duras normas y restricciones. Eso no es
ningún secreto para nadie.
En una sociedad donde la Iglesia católica sigue
practicando el machismo institucional, desde el lenguaje
litúrgico hasta el acceso a la jerarquía.
En un mundo en el que millones de mujeres son obligadas
a llevar velos, burkas y djilbabs para ocultar sus cuerpos,
por motivos “religiosos”. Cuando todavía
existen países en los que la mutilación
genital es parte de los rituales tradicionales, parece
un contrasentido hablar de que la espiritualidad y la
religión pueden contribuir a la emancipación
de las mujeres.
Es cierto que, en la mayor parte de las religiones institucionalizadas,
la autoridad está en manos de hombres. Las normas
y dogmas someten a las mujeres e incluso llegan a violar
sus derechos humanos más fundamentales.
Pero también hay casos esperanzadores, experiencias
de vida y de alegría en las que se da el proceso
contrario. Porque la espiritualidad en sí misma,
vivida de forma auténtica más allá
de jerarquías y estructuras, la fe tomada como
vivencia íntima del contacto con Dios, es radicalmente
liberadora. Esa es la esencia primordial, que dignifica
la condición humana, en lugar de someterla. Un
sentimiento de espiritualidad que hace a las personas
–hombres y mujeres– evolucionar hacia un conocimiento
más amplio y trascendente.
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