La espiritualidad, comprendida como apertura al
Espíritu y desarrollo de la propia dimensión
espiritual, despierta todo un potencial liberador
en las mujeres. Pero, si nos acercamos a la Historia
para ver si ha ocurrido así, vemos un movimiento
de vaivén: cuando hay un episodio que desencadena
un proceso de liberación, surge poco después
un movimiento de reclusión de las mujeres,
un intento desesperado de varones e instituciones
por controlar esa libertad.
Las mujeres creyentes tenemos conciencia de ser
libres y, al mismo tiempo, experimentamos que somos
prisioneras. |
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Somos libres porque tenemos conciencia de que “estemos
donde estemos, allí está Dios también”.
Tal y como afirmaba Madeleine Delbrêl: “Si
vas hasta el fin del mundo, encuentras el rostro de Dios;
si vas hasta el fondo de ti misma, encuentras al propio
Dios”. Esta presencia es fuente inagotable de espiritualidad
y liberación.
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