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 Marzo 2007. nº 236 - OPINIÓN - DESDE OTRO PRISMA - CULTURA DE MERCADO

El amor de mi vida
Cristina Ruiz Fernández

Dentro de unos meses cumpliré 30 años. La mayor parte de ese tiempo la he pasado en Madrid. Cierto es que he podido viajar bastante –siempre menos de lo que querría– pero en Madrid tengo mi casa, mi vida, mi gente, mis amigos y mis amores. Madrileña “de toda la vida”, como al parecer hay ya poca gente, porque la capital de este peculiar Estado es cada día más cosmopolita, más plural y más apasionante.

También es madrileño – de toda la vida, como yo– el cantautor Ismael Serrano. En su último disco “El viaje de Rosetta”, un recopilatorio de rarezas y canciones míticas, ha incluido un tema en el que declara esta peculiar nacionalidad y hace un retrato sencillo, pero conciso, de esta ciudad extraña. “Vuelvo a Madrid” es una canción que Ismael no
había grabado hasta ahora, pero que suele cantar en cada uno de los conciertos que da en la capital, para deleite de madrileños nativos y adoptivos. En Madrid no ha habido ni habrá ningún nacionalismo, pero sí hay muchas personas, como yo, que tenemos un fuerte sentimiento de arraigo, de pertenencia, de amor-odio… En suma, de pasión.

Maravillosa ciudad de contrastes y colores, de grises, de risas y sufrimiento profundo. “Maldita ciudad, no es tu mejor momento y aún estás hermosa”. Aunque estalles de nuevo sin que nadie lo espere y resurja el dolor. Aunque haya lugares que ya no reconozco y otros que todavía tienen sabor a barrio.

“Una mujer reza y llora desde un locutorio”, en un Madrid que se ha vuelto más diverso, que acoge al que viene de fuera aunque algunos se resistan a aceptarlo. Los colores de la ciudad han cambiado y, con ellos, las costumbres, las culturas, las comidas, los restaurantes y los supermercados que ahora son latinos, o chinos, o de diseño ultramoderno, o de productos ecológicos… o de los Ultramarinos de siempre.

Urbe enloquecida y revestida de un halo de modernidad gracias a las obras, a los túneles, a un metro excesivo y ostentoso, a las recientes peatonalizaciones –pero, eso sí, casi sin carril bici–. “Ciudad de mis noches, del viento del pueblo, de la resistencia, del ‘no pasarán’”. Madrid, divertida y en movimiento constante. Donde todo es posible casi a cualquier hora, pero también donde sigue habiendo personas que viven debajo de los puentes y las murallas, seres humanos que mueren deambulando como fantasmas aún en vida en Pitis o en Barranquillas. Mientras tanto, “amores canallas estarán cerrando, puntuales, los últimos bares”.

Madrid. Me encanta moverme por sus calles y plazas, que son como las habitaciones de mi casa, como las palabras de un lenguaje conocido que tengo dentro de mí. Las calles de la capital conforman mi identidad. Porque hay esquinas que me recuerdan a momentos plenos, locos y alegres. Y hay otros rincones que me recuerdan a despedidas y nostalgias.

En un mítico capítulo de Sexo en Nueva York, la protagonista Carrie Bradshaw y sus amigas afirman rotundamente que, en la vida, sólo hay dos grandes amores. Tras pasar todo el capítulo pensando sobre ello, Carrie llega a la conclusión de que, para ella, uno de esos grandes amores, si acaso el único, es Nueva York, su ciudad. Con menos frivolidad y mucho menos glamour, se me remueve el corazón escuchando a Ismael Serrano cantarle a mi Madrid. La que será siempre, sin duda, uno de los grandes amores de mi vida.

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