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Miro desde la terraza de mi casa como se va levantando
un gran edificio. Hace más de dos años
empezaron la construcción ahondando para
poner los cimientos, luego se sepultaron pilares
de hierro y las estructuras metálicas junto
con el hormigón que, al fraguar, permitió
ir levantando piso tras piso. ¿Quién
recuerda ahora lo que permanece sepultado bajo el
edificio?
Hay una fuerza de trabajo, silenciosa, que me recuerda
a los cimientos del edificio que se está
construyendo frente a mi casa: las mujeres trabajadoras
en la Iglesia, un amplio grupo social que no tiene
conciencia de sí mismo como tal, que forma
parte de un colectivo con unas características
muy específicas y nada habituales en otros
ámbitos humanos, ya sean religiosos, profesionales,
artísticos, sindicales, deportivos, de acción
social, etc. La responsabilidad individual, la sencillez
en la entrega y la disponibilidad son las notas
que entonan la música de una forma de “estar
en la Iglesia”, para miles de mujeres. |
Catequesis, visitas a enfermos, rosarios, novenas, voluntariado
en organizaciones de la Iglesia, atención pastoral
de información de sacramentos y un sin fin de trabajos
concretos en parroquias, corren a cargo de estas mujeres.
La población que asiste de forma habitual a las
“misas de diario” es mayoritariamente femenina.
Muchos dicen: ¡ellas tienen tiempo, pueden ir! Y
yo digo, pueden porque además quieren.
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