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Aunque pueda parecer increíble, el Islam también
tiene su feminismo. Este feminismo gira, dada la “vocación”
islámica de controlar todos los aspectos de la
vida, en torno al Corán y la religión
musulmana. Y la mayor parte de las feministas de los
países islámicos rechaza, claro, la religión.
Pero, aunque parezca todavía más increíble,
hay también una corriente que propugna una teología
feminista y que defiende que el islam tiene un mensaje
profundamente igualitario. Son mujeres que luchan contra
la discriminación de género y reivindican
sus derechos sin dejar de reconocerse en los fundamentos
de su propia tradición religiosa. El machismo
imperante en las sociedades islámicas, afirman,
es fruto de una tergiversación del espíritu
y la letra del Corán y de una mala aplicación
de la ley.
Esta corriente celebró el pasado noviembre en
Barcelona el II Congreso de Feminismo Islámico.
En él se denunciaron muchos ejemplos de distorsiones
interpretativas de los textos sagrados. Por ejemplo,
la indonesia Zakiyah Munir habló de la poligamia
como una costumbre “propia de sociedades preislámicas”
que hoy están “erróneamente enfocada
a la exclusiva satisfacción del hombre, cuando
el Corán lo contempla únicamente como
una medida para proteger a las mujeres y niños
desfavorecidos”.
El problema es, por supuesto, que no lo tienen nada
fácil. Su presencia en los países islámicos
es apenas testimonial. Y sus grandes figuras son intelectuales,
escritoras, enseñantes o defensoras de los derechos
humanos que viven en el extranjero por motivos políticos
o profesionales. Por ello, donde de verdad se juega
el combate entre promotores y detractores de un islam
igualitario es en “tierra de infieles”:
en la inmigración.
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