Ya he contado alguna vez mi asombro ante el hecho de
que en la Iglesia se hayan institucionalizado sin ningún
problema prácticas que se oponen directamente
a palabras evangélicas o que infringen de plano
normas de Jesús. Es decir, no me inquieta tanto
que uno o muchos cristianos y la Iglesia misma se desvíen
de la senda del Maestro sino que esa conducta logre
carta de naturaleza y se convierta en costumbre o incluso
en norma.
Por ejemplo: la Iglesia ha rezado con razón,
dirigiéndose a Dios: “sólo Tú
eres santo” y después ha aplicado ese mismo
adjetivo a los que han sido tocados con su gracia. Los
santos que están en Corintio o en Éfeso,
así se manifestará Pablo con toda razón.
Por el contrario, no parece que sea razonable hablar
de la santa sede, del santo hábito, del santo
sínodo, de la santa visita pastoral y un largo
etcétera.
En este mismo sentido, al menos en dos ocasiones –una
con una punta de irritación- el Maestro enseña
que Dios quiere “misericordia y no sacrificios”.
Pues bien; no sólo los sacrificios han tenido
una parte muy importante en la espiritualidad cristiana
sino que, a la hora de calificar a la Eucaristía,
no se la ha llamado fiesta o memorial sino directamente
sacrificio, el “sacrificio de la Misa”.
¿No querías caldo? Pues toma dos tazas.
Quienes en todos estos años hemos intentado estar
un tanto abiertos a la realidad hemos podido experimentar
varias veces ese paso de un umbral invisible pero real,
tras el cual nos preguntamos: pero ¿cómo
es posible que hasta ahora no me hubiera dado cuenta
de esto si estaba ahí, tan a las claras?. Pero
una cosa es caer en la cuenta uno mismo y otra que sea
la institución la que lo haga y pase en consecuencia
a cambiar prácticas que han durado siglos. Así
pues, estamos en plena cuaresma y se seguirán
repitiendo en las misas las oraciones en que se ofrece
a Dios unos sacrificios que no quiere.
El teólogo Torres Queiruga viene insistiendo
con toda razón en la necesidad de un cambio rápido
de la teología si no quiere quedarse convertida
en una pieza arqueológica, interesante acaso
para los eruditos pero sin ninguna incidencia en la
realidad. Pues sin duda ha llegado la hora de revisar
el concepto de sacrificio para librar a Dios de la sospecha
de ser un sádico que se satisface con los sufrimientos
de sus devotos.
En su carta a los romanos (12, 1) san Pablo amonesta:
“Os exhorto, hermanos... a ofrecer vuestros cuerpos
como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Este
es vuestro culto razonable”. Siempre me ha parecido
precioso que lo que hayamos de ofrecer a Dios sean nuestros
cuerpos. Las nuevas traducciones de la Biblia interpretan
la frase como “nuestras vidas”, “nuestras
acciones”, porque unas y otras las llevamos adelante
con nuestros cuerpos.
Jesucristo afirmó en su despedida a los discípulos
que había venido para que diéramos fruto
y un fruto abundante. ¿Qué otra cosa puede
querer un Dios padre sino que sus hijos hagan fructificar
sus vidas? Y si su objetivo no es el lucimiento y beneficio
propios sino la felicidad y la vida para otros, sin
duda estarán llenas de sinsabores y sacrificios.
Son el subproducto de la existencia humana, que no crece
sino con dolor, por ella misma o por la de otros.
Sin embargo buscarlo expresamente es un malentendimiento
de lo cristiano. Salir en Semana Santa llevando una
cruz y arrastrando cadenas será un acto pintoresco
y acaso lleno de buena voluntad. Pero lo que hay que
buscar es el buen entendimiento y éste nos dice
que “la gloria de Dios es que el hombre viva”
y sea feliz.
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