l mencionar la capital de los Estados Unidos podría
parecer que nos referimos sólo al rechazo popular
al presidente Bush, pero esa ciudad es sede de otros poderes,
y la crisis alcanza de lleno al Fondo Monetario Internacional
y el Banco Mundial. Ambas crisis están vinculadas
pero tienen rasgos distintos y conviene tenerlos en cuenta
de manera diferenciada. La crisis política del
Gobierno norteamericano tiene raíces domésticas
-la baja eficacia de la actuación pública,
muy visible en crisis como la del huracán Katrina
en Nueva Orleáns, o el abuso de poder que ha salpicado
a altos cargos del Gobierno- y también a cuestiones
internacionales -las falsedades interesadas utilizadas
para iniciar la guerra de Irak, la crisis política
de aquel país y las bajas norteamericanas, la escasa
implicación en la resolución del conflicto
israelí palestino hasta la reciente cumbre de Annapolis,
o las reticencias a asumir compromisos contra el cambio
climático nuevamente vistas recientemente en Bali-.
Pero en lo internacional, el FMI y el Banco Mundial atraviesan
por dificultades muy serias. El FMI, por vez primera en
20 años ha despedido a 300 trabajadores, todo un
síntoma. El cuestionamento al sistema de elección
sobre los directivos es patente -Europa propone al director
del FMI y EEUU al presidente del Banco Mundial- y no se
escucha la voz de los países en desarrollo. La
crisis desatada por el trato de favor del expresidente
del Banco Mundial, Paul Wolfowitz hacia su mujer que terminó
con su salida se resolvió sin apenas discusión
con el nombramiento de otro miembro del equipo del presidente
Bush. La institución quedó seriamente desacreditada.
La desconfianza del mundo en desarrollo hacia estos organismos
es cada vez más patente, y en América Latina
países Venezuela, Brasil, Argentina o Ecuador se
han desvinculado de sus créditos y recomendaciones
de políticas. El reciente nacimiento del Banco
del Sur, un proyecto todavía incipiente, es una
señal del deseo de autonomía respecto de
las políticas de Washington presente en la región.
En Asia la situación es menos ruidosa pero la apuesta
es mucho más profunda: los países de la
región han creado sus propias instituciones financieras
regionales para ser del todo independientes de Washington.
Un último elemento que podría cambiar pronto,
es la alta disposición de dinero a escala internacional.
Eso significa que para los países es fácil
financiarse, mediante créditos o vendiendo bonos
soberanos al sector privado, sin condiciones políticas
impuestas. El FMI y el Banco Mundial ya fueron poco relevantes
en períodos anteriores de la historia, cuando nadie
necesitaba sus créditos, y era en los momentos
en que había menos dinero disponible cuando su
poder crecía y la dependencia de sus créditos
y sus condiciones era mayor para el mundo en desarrollo:
los años 80 y 90. La situación hoy es inversa:
organismos gigantescos, con miles de empleados y poco
trabajo están buscando redefinirse para volver
a tener una función. Los créditos para desarrollar
infraestructuras parece que sería una fórmula
interesante para muchos países y el Banco Mundial
está apostando fuertemente a ese sector.
Sin embargo no sabemos que pasará cuando se confirme
el cambio de ciclo económico ¿volverá
el FMI a ser el un dominante que fue, o la profundidad
de su crisis, sus problemas de legitimidad y el enorme
peso económico de regiones como Asia harán
que ya no pueda jugar de nuevo el papel que antaño
tuvo? Las elecciones norteamericanas de noviembre de 2008
tendrán al fin un peso importante en el rumbo que
puedan tomar los acontecimientos. Si desde Washington
se apuesta por una reorientación y apertura de
los organismos todavía podrían jugar un
papel relevante -no olvidemos que un fondo de estabilización
y un banco de desarrollo son herramientas importantes-
pero si se persiste en tener el control como hasta ahora
la historia del sistema nacido en 1944 podría tocar
a su fin.
Pero en todo caso, y pase lo que pase, el tiempo en que
todo el poder de este mundo pasaba de uno u otro modo
por Washington toca definitivamente a su fin.
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