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 Enero 2008 nº 244 - OPINIÓN - CARTAS DE LOS LECTORES Y LAS LECTORAS

Cambio climático

Estas Navidades que acabamos de celebrar, como siempre me han resultado muy entrañables. Son días de crear hogar, muy amigables, en los que se regala a manos llenas y a corazón abierto cariño, calor y amistad. Algunas nubes contaminantes han sombreado el cielo que se deja ver desde mi casa, bueno desde el barrio, puede ser que también desde la ciudad y también desde el mundo entero.

Me explico, todo este estallido mundial del “cambio climático”, que una ya no sabe bien a quien creer, y aunque yo vaya poniendo mi granito de arena para cuidar la casa común, nuestro querido Planeta y también me haya exprimido las neuronas para realizar pequeños signos de compromiso... Pues, cómo decirles... Me siento ¡indignada!. Se me revuelven las tripas de tanto engaño de voces que se alzan. Alguna voz hasta recoge premios como el Príncipe de Asturias en Oviedo, el Nóbel de la Paz en Oslo y se luce como protagonista en la Conferencia para el Cambio Climático celebrado en Bali.
¡Vaya! ¡Vaya! ¿Saben ya de quien hablo?. Pues sí, del Señor Gore.

En algún diario he leído o en alguna tertulia de la radio he escuchado que el antiguo vicepresidente de Estados Unidos “se ha reconvertido en adalid del medio ambiente”, y ¡pásmense! se ha embolsado más de setenta millones con sus libros, discursos y hábiles inversiones en tecnología... gana unos 120.000 euros por discurso. Bueno, ¡para qué seguir! Se ha lanzado al mundo de los negocios. ¡Investiguen! ¡Investiguen! y descubrirán de qué manera ha prosperado este hombre.

Si ustedes padecen necesidades o conocen a gentes que saben de qué va eso, pues anímenles, es muy fácil sacar dinerito. Desde ahora, salvar el Planeta es negocio seguro. Que no lo digo yo, que a alguien se lo he escuchado o lo he leído. De veras me he quedado “colgada”.

Quiero agradecer al equipo de Alandar y a tantos Colectivos, concienciados, coherentes, y solidarios que levantan su voz y nos espolean a tiempo y a destiempo para que estemos al loro, pongamos voz a los “disparates” y arrimemos el hombro. ¿En dónde? ¿Pues en dónde va a ser?: en la calle, en casa, en el trabajo, en el metro, en cualquier lugar. Y eso sí con cariño, con calor, haciendo “hogar”. Quizá hagamos que nuestro querido Planeta sea espacio de acogida para todos y todas por generaciones y generaciones.

Marlén Martínez Otero

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Día luminoso

Querido Alandar:
Tenía sobre la mesa el último número y esta mañana he comenzado a leerlo por el
final. He visto con detenimiento el artículo de Merche sobre el móvil, y ya no me he
resistido.

Mira, yo tampoco tengo móvil. Y dudo que lo tenga en el futuro, aunque vete a saber.

Voy resistiendo, amiga, y no es sencillo. Ni tan siquiera con los de segunda mano.
No quiero tenerlo. El ritmo de la vida quiero seguir marcándolo yo. Estoy de acuerdo en todo contigo. Y hasta te entiendo con lo de tu hija y su móvil de segunda mano. A mi alrededor todos lo tienen. Al principio sólo lo tienen guardado, parece que no lo tienen, hasta que les suena en público la primera vez. Les suena como al rompimiento del voto de castidad o algo parecido. Luego, roto el silencio del tabú, lo muestran como prueba de estar al día y ser alguien.

Sigo sin móvil y seguiré por tiempo. Sólo quería decíroslo.

Un ecobeso,
Carmelo Bueno (Madrid)


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Cayucos por galeras

“... Y se encontraban en medio de las aguas, con el cielo por techo y el mar por lecho”

Con estas palabras, el poeta resumía el proceso de angustia y agonía que miles de moriscos padecieron en el mar Mediterráneo, cuando los desterraron de España. Según los historiadores, entre 270.000 y 375.000 fueron obligados a salir de su tierra, tras firmar el rey Felipe III el decreto de expulsión. Era el 9 de abril de 1609. Todos eran católicos practicantes y monárquicos, desde hacía varias generaciones, si bien no eran cristianos “viejos” y no disfrutaban de los privilegios de la “limpieza de sangre”.

Fueron, de un plumazo, despojados de sus bienes (incluso fueron obligados a pagar su propio pasaje), discriminados en sus derechos y exiliados del país, sin apelación posible. El pretexto fue incriminarles de no ser buenos cristianos, y de mantener ocultas y peligrosas alianzas con los enemigos de la monarquía y la religión.

Cuando las galeras de antaño (sin duda, más cómodas que las parteras y cayucos de ahora), repletas de personas maltratadas llegaban a las costas del Norte de África, en ciertos puertos, los gobernantes musulmanes no permitían el desembarque, con la excusa de que se trataba de gente cristiana. Entonces se encontraban en medio del mar, que a nadie discrimina y a todos acoge, sin posibilidad de desembarco ni regreso.
¿Para cuántos el mar se ofreció como lecho, en aquella ocasión? Nunca lo sabremos.

En la actualidad, gracias a los que tienen la suerte de ser rescatados (y a los teléfonos móviles), conocemos que cientos de africanos tienen el mar por lecho, tras varios días de agonía, bajo un cielo que les sirve de techo. Es el mismo mar que abraza las costas de Canarias, África y el litoral sur de España, Italia y Grecia. Hace unas semanas, los cadáveres de 51 emigrantes fueron depositados en la gran fosa-cementerio de esta área del Atlántico. En el diario “El País” de 11 de diciembre se publicaba la noticia de que 90 subsaharianos han desaparecido en el Atlántico, camino de Canarias. Otros 51 inmigrantes perecieron frente a las costas de Turquía. Sólo en las costas de Atlántico, durante el año 2007, el número de emigrantes muertos o desaparecidos ronda ya los 800.

¡Qué solos se quedan los muertos! Recitaba nuestro poeta Bécquer, pensando en los que reposaban en los cementerios de los pueblos. ¿Qué diría de la soledad de los arrojados al mar? Una soledad abismal, inmensa, oceánica, es como una frágil mortaja; sin flores, sin recuerdos, sin oraciones. Expulsados de su patria (de su orilla), porque son pobres y carecen de los bienes más elementales, y rechazados al llegar a la otra orilla, porque ponen en peligro el consumismo y el bienestar de los países ricos.

¿A qué se reduce el progreso de la humanidad durante cuatrocientos años, si las palabras del poeta morisco reproducen todavía una realidad tan actual y cruel? ¿No somos capaces de encontrar una solución a este inaplazable problema, que se convierte en infamia para los europeos del s. XXI? Pienso que la toma de conciencia de la mayor cantidad posible de ciudadanos españoles y europeos es una de las claves para encontrar una solución. Es urgente presionar sobre los gobiernos, organismos e instituciones para acertar con una salida.

Para empezar ¿no sería conveniente conocer un poco mejor la historia nacional de la infamia? No estaría de más que, con ocasión del cuatrocientos aniversario de aquel injustificable decreto de expulsión, se fundara un museo, o se erigiera un monumento, en homenaje-recuerdo de los moriscos, con la finalidad de sensibilizarnos, y comprometernos, ante la expulsión de cualquier persona. Si estudiamos un poco los pogromos, vejaciones y expulsiones que han sufrido judíos, heterodoxos, gitanos, librepensadores, emigrados y desterrados –exiliados de todas las guerras- que en España ha habido, nos ayudaría a reparar un poco, y no repetir nunca, las infamias cometidas.

Manuel Suárez González. Tres Cantos (Madrid)


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La firma de los ausentes

El día 13 de Diciembre de 2007 los 27 Jefes de Estado y de Gobierno de Europa firmaron el Tratado de Reforma de la Unión Europea. En Lisboa a espaldas de los pueblos. Los ausentes serán esos 500 millones de ciudadanos y ciudadanas que componemos la población de este continente y a los que va destinado ese Tratado. La UE no es nada sin estos 500 millones de personas, pero no se nos tiene en cuenta a la hora de elaborar un proyecto de gobierno. Una casi inexistente información de todo este proceso de reforma del anterior Tratado Constitucional Europeo (TCE). Es una modificación disfrazada y sin grandes cambios del TCE. Las herramientas son las mismas, el Neoliberalismo es el mismo, sólo se ha cambiado su orden en la caja de herramientas.

No tenemos nada que decir, todo se lo dicen y se lo cuentan entre ellos. Somos unos intrusos y unos indeseables en la construcción europea. Europa y la participación popular nunca fueron de la mano. No desean que intervengamos en nada. Todo se nos da hecho. Antes le llamaban Constitución europea, ahora le llaman Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. Pero, ¿es que puede funcionar la UE al margen de sus 500 millones de ciudadanos y ciudadanas? Tienen miedo al referéndum popular, a que digan otra vez NO y se les derrumbe ese castillo de naipes. Siempre dicen lo mismo, es un esfuerzo enorme para acercar este Tratado a la población. ¿Por qué no dicen al revés, “un esfuerzo para tratar de acercar la población, el pensar y el sentir de la gente, a los Tratados”? Pretenden hacernos creer que por haber elaborado y aprobado este Acuerdo ya está en el buen camino para avanzar en la construcción europea. Si la construcción europea solo puede “avanzar” a espaldas de los pueblos, cuando no en contra de ellos, son sus fundamentos democráticos, tan constantemente invocados en todos los escritos, los que resultan cuestionados. Y no es una cuestión menor. Es una de esas cuestiones en las cuales la forma no solo prima sobre el fondo, sino que constituye en sí misma el fondo de la cuestión: la primacía de la soberanía popular. No sólo hay “vacío democrático”, sino que tenemos ante nuestros ojos un profundo socavón democrático. Es mucho lo que los ciudadanos y ciudadanas nos jugamos con este Tratado. Es un deber cívico conocerlo y denunciarlo.

José Maria García-Mauriño
Cristianos por el Socialismo

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