El mesianismo, lejos de estar obsoleto, parece más
actual que nunca. Como los medios de comunicación
nos mostraron hace unas semanas, cuando recogieron un
buen ejemplo de ello. Ejemplo que, por cierto, no dio
mucho tiempo a analizar, ya que, instalados como estamos
en el imperio de la anécdota, en esa suerte de
contrarreloj mediática que sustituye vorazmente
unos contenidos por otros, tan pronto apareció
en telediarios y periódicos como desapareció
de las parrillas informativas. Al margen de la falta de
análisis, la noticia en sí era poco clara:
103 menores chadianos fueron presuntamente secuestrados
por una ONG francesa, el Arca de Zoé, con la supuesta
intención de trasladarlos a Francia para curarlos
de también supuestos males y enfermedades y, toda
vez recuperados, darlos en adopción. La mayoría
de los niños procedía de la localidad de
Tiné, cerca de la frontera con Sudán y,
según trascendió, el Arca de Zoé
pretendía sacarlos del país haciéndolos
pasar por huérfanos procedentes de la inestable
región sudanesa de Darfur. Y, entre medias, el
elemento “popular” y “emotivo”
de la historia (por si los 103 menores llevados y traídos
no lo fueran).
Lo “noticiable”, en resumen: la detención,
junto a los miembros de la ONG francesa, de la tripulación
llorosa del avión español que iba a realizar
los traslados de los niños. Son tantas las turbiedades
de la noticia como tal y del hecho que la genera, que
los interrogantes se acumulan. Los primeros los suscita,
sin duda, la ONG y la persona de su fundador, Eric Bretau.
Un hombre de un espíritu mesiánico más
que peligroso, justificador de los medios por el fin,
que decide, sin atenerse a filiaciones ni legislaciones,
que los 103 niños chadianos estarían mejor
en Francia, adoptados por familias con las que ya se había
puesto en contacto, que con sus padres y hermanos en su
país natal.
En una entrevista en julio a un medio de comunicación
francés, Bretau dejaba claros sus objetivos: "Evacuar
a 10.000 niños de Darfur de menos de cinco años,
identificados por las comunidades locales como huérfanos
de padre y madre y carentes de familia cercana, para traerlos
a Europa y también a EE UU y Canadá".
A la pregunta de los periodistas de si su manera de proceder
era conforme a la ley, el fundador de la ONG respondía:
"Las cuestiones administrativas no son prioritarias.
Entrarán en Francia como demandantes de asilo.
Y cuando estén en lugar seguro, nos tomaremos el
tiempo de discutir de todo el asunto jurídico".
Hasta este momento histórico, parecía que
con el colonialismo y neocolonialismo político
y económico sobre África, América
Latina y gran parte de Asia teníamos bastante.
Ahora parece que nos encaminamos hacia una nueva forma
de dominación: el neocolonialismo de las adopciones.
Algo así como “decidamos nosotros el futuro
de los pobres niños pobres”.
Por otra parte, también es digna de análisis
la reacción de los dos países de los que
provenían los detenidos, España y Francia.
El cuerpo diplomático español y el ministerio
de Asuntos Exteriores, con Miguel Ángel Moratinos
a la cabeza, se preocupan por la situación de los
detenidos y comienzan a dialogar con las autoridades chadianas
tanto para aclarar lo sucedido como para saber de la suerte
de sus nacionales. Nicolás Sarkozy, el presidente
francés, sin embargo, va más allá:
fleta su avión particular para volar hasta Chad
y liberar a las azafatas españolas y a los periodistas
franceses, saltándose el proceso judicial allí
iniciado y las investigaciones en curso. ¿Será
que por ser Chad un país africano no debe respetarse
su legalidad? Puede que sea un país corrupto, puede
que su democracia sea endeble, pero, ¿es eso suficiente
para no respetar su soberanía?
Desde Francia se alega que el gobierno chadiano tiene
interés en la entrada de ONG islámicas y
poderes árabes en el país, y de ahí
la advertencia al personal humanitario europeo que supone
la detención de los miembros del Arcá de
Zoé y de sus colaboradores. Pero, ¿acaso
el “heroísmo” de Sarkozy es gratuito?
Quizá el despliegue de 15.000 soldados franceses
a principios de 2008 al mando de una operación
de la ONU en Darfur tenga algo que ver con su viaje salvador.
¿No resulta, a todas luces, su actitud tan mesiánica
como la de Bretau? ¿Dónde queda el respeto
a África, a sus gobiernos y a sus pueblos? ¿Nos
hemos tomado la molestia de preguntar a quienes vamos
a “salvar” cómo, de qué y por
quién desean ser “salvados”?
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