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Pocas enfermedades han tenido una repercusión
social tan grande como el sida. Tras el fenómeno
mediático se esconde, sin embargo, la historia
de infinidad de personas infectadas que se enfrentan
cada día al reto de convivir con una enfermedad
estigmatizante. Pero en su lucha no están
solos. Un gran número de profesionales de
diversos campos, sanitarios y no sanitarios, así
como voluntarios aúnan sus esfuerzos en esta
batalla. |
Como médico internista, me embarqué
en este tema hace ya casi veinte años. A finales
de los ochenta el sida dejaba de ser un hecho anecdótico
para convertirse en un grave problema sanitario. Los
hospitales se organizaron de la mejor manera que supieron
para dotarse de estructuras asistenciales. La dedicación
al sida en esos primeros años no estaba exenta
de cierto voluntarismo, pues los condicionantes sociales
de la mayoría de los pacientes de esa época,
donde la principal vía de adquisición
de la infección era el consumo de drogas, generaba
el rechazo de parte del personal sanitario.
Fueron años difíciles, donde médicos
jóvenes tratábamos a pacientes jóvenes
a los que inexorablemente veíamos empeorar y
morir, y donde la sensación de impotencia lo
impregnaba todo. Al recordar esos años, decenas
de caras y nombres acuden a mi cabeza. Son los rostros
de personas-pacientes-amigos cuya vida se escapaba irremediablemente
ante su propia desesperación, la de amigos y
familiares y, por supuesto, la nuestra propia. Hoy no
me cabe duda de que me hubiera sido humanamente imposible
mantenerme en este trabajo si la situación no
hubiera cambiado.
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