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 Enero 2008 nº 244 - OPINIÓN - TEMA DE PORTADA

Brigadas Internacionales de Paz (BIP)
25 años practicando la no violencia
José Luis Corretjé

Parece que fue ayer, pero ya ha pasado un cuarto de siglo, cuando un grupo de personas miembros de Brigadas Internacionales de Paz (BIP) aterrizó en Guatemala para iniciar el primer proyecto de la entidad. Desde entonces, los equipos de esta organización han pasado por medio mundo, y siempre con un objetivo: reforzar los procesos de paz y hacer más fuertes a los actores locales para que por ellos mismos sean capaces de transformar el conflicto con medios no violentos. En su origen tienen las enseñanzas de Gandhi. Como reacción a los disturbios que tuvieron lugar en Bombay a finales de 1921, Mahatma Gandhi comenzó a propagar la idea de la fundación de un cuerpo de voluntarios que tuviera como tarea principal la mediación entre las partes implicadas en un conflicto. La intervención de Brigadas Internacionales de Paz persigue, ante todo, proteger a los defensores de derechos humanos y a la población refugiada y desplazada interna en países en conflicto o con un alto grado de violencia. A diferencia de otras entidades, BIP actúa siempre a petición local, observando y acompañando a aquellas personas que en su propio país se esfuerzan por transformar el conflicto.

Estos observadores internacionales desarrollan su tarea dentro del marco de la no-violencia y con los derechos humanos como principal objetivo y manteniendo siempre el principio de la no-injerencia, ya que se limitan a acompañar a las organizaciones locales, los actores que trabajan para la solución del conflicto en su país. Como observadores, el equipo de BIP acompaña a miembros de ONG y entidades directamente amenazados, realiza visitas de seguimiento de la situación de seguridad, colabora con misiones de investigación sobre el terreno y está presente en los procesos de retorno y el reasentamiento de los desplazados. La información obtenida la hacen llegar a los responsables de los procesos de paz y, en algunos casos, pueden hacerla pública para ejercer más presión internacional. Desde el primer momento, los observadores extranjeros mantienen una relación continuada con las autoridades locales y con los funcionarios del Gobierno y los responsables de las fuerzas de seguridad, ya que quien puede garantizar su protección es el Estado. En esta línea, la relación con los representantes de Naciones Unidas y sus instituciones en el país también es frecuente.


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San Egidio, diálogo contra las balas

También se les conoce como la ONU del Trastevere. Un viejo convento del conocido barrio romano da nombre a la Comunidad de San Egidio, que se ha convertido para muchos en sinónimo de diálogo, diplomacia y, a veces, de intentos de alcanzar una paz imposible. Ante un mundo que vive dos fenómenos como la globalización y la exclusión, los 50.000 voluntarios de San Egidio que se mueven en 70 países –más de un centenar en España- tienen trabajo a destajo.  

En las grandes ciudades de la opulencia, en los barrios de las capitales del Tercer Mundo, la red de San Egidio ayuda a autóctonos e inmigrantes a conseguir cosas tan elementales como alimento, cobijo y trabajo. Pero su especialidad es la mesa de negociación entre bandos enfrentados. En 1992 su intervención fue decisiva en el acuerdo de paz para Mozambique, un país que arrastraba 17 años de enfrentamiento civil, con un millón de muertos y dos millones de refugiados.

En Guatemala, país con un conflicto de 35 años a sus espaldas y 150.000 muertos, la comunidad logró restablecer la negociación oficial de paz tras otra ruptura de confianza entre las partes. En 1996 consiguieron el primer acuerdo oficial entre la comunidad albanesa y la serbia para normalizar la educación de los niños, acuerdo interrumpido por la guerra. Cuando estalló este conflicto, lograron la liberación del líder kosovar Ibrahim Rugova, en arresto domiciliario por orden serbia. Este colectivo aprovecha la antiquísima red de relaciones internacionales tejida desde Roma -20 siglos ya- para, con mucho trabajo y paciencia, convencer a las partes de la necesidad de dialogar y poner fin al enfrentamiento. Es la fórmula de San Egidio. Mario Giro, responsable de África, afirma que “nadie en el mundo necesita más la paz que los pobres”, y es ese convencimiento, por encima de cualquier otro, la clave de su éxito. “Somos independientes, no representamos a ningún gobierno y no tenemos interés económico en la región enfrentada. Esto es lo que nos hace dignos de confianza”, dice Marazziti.

El truco reside en una mezcla de la diplomacia institucional y la informal de las ONG, que flexibiliza la actitud de la primera pero tiene el manto de oficialidad necesaria para la segunda. La oración, la transmisión del Evangelio, la solidaridad con los pobres, el ecumenismo y el diálogo son los cinco pilares que sustentan esta asociación laica que nació en 1968 a la luz del Concilio Vaticano II. Riccardi, su impulsor y máximo responsable, es autor de una veintena de libros en torno a la relación entre cristianismo y modernidad, y su trabajo al frente de San Egidio le ha valido diversos premios.

La Comunidad de San Egidio ha sido también candidata al Premio Nobel de la Paz. En 1998 se dijo que la Comunidad de San Egidio había actuado como mediadora entre ETA y el Gobierno. En la actualidad, la asociación impulsa la moratoria mundial de la pena de muerte. En lo que respecta al favorecimiento del diálogo entre distintas religiones, Riccardi impulsa encuentros anuales interconfesionales a escala internacional. Estas reuniones, iniciadas en 1986, incluyen el intercambio entre creyentes y no creyentes. Riccardi ha estudiado a fondo las relaciones entre cristianos y musulmanes en los siglos XIX y XX, y en 1991, al final de la primera guerra del Golfo, impulsó en Roma el primer coloquio entre hebreos, cristianos y musulmanes.




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