Hay santos que se hacen querer. Otros, ciertamente,
responden al prejuicio de adustez y mirada perdida,
cuerpo enjuto y talante severo. Pero ésos, hay
que decirlo, casi todos pertenecen a otros santorales.
Los santos alandareños suelen ser de mejor trato
y vivir más contento. Pues incluso en este risueño
cielo de papel (¡y de bits!) algunas personas
bienaventuradas destacan en este caer bien. Santa Calle
es una de ellas.
Gran amiga de Teresa de Jesús, que se pitorreaba
de las almas encogidas y lúgubres, Santa Calle
disfruta de darle a la suela, de echarse a la idem,
como su propio nombre indica, a tomar el sol, mirar
los árboles, y, sobre todo, dejarse invadir por
mil voces y encontrarse con la gente. Porque si algo
le gusta es la gente. Y ella, si a alguien le gusta,
es a la gente. Esta bienaventurada viene a ser la patria
de la gente, y le gusta que la gente la reivindiquemos
y la habitemos.
Sus devotos, que, en consecuencia, se cuentan por miles,
por millones, como canta su gran devoto Moustaki, son
dados a la celebración. Tan es así, que
esta santa no tiene un día, como suele ser costumbre.
No; es celebrada todos los días. A veces, hay
fiesta mayor, y la muchedumbre devota se dedica a reivindicar
el espacio para construir una convivencia donde lo único
que no cabe es la exclusión, una democracia que
va más allá de las urnas y los ritos.
Y se congregan ante los grandes edificios donde maquinan
quienes quieren privatizarla, o recorren las avenidas
y se encuentran en las plazas, a reclamar el derecho
a espacios –físicos y metafóricos-
anchos y compartidos. Y son, como escribe uno de sus
grandes fieles, "codo a codo, mucho más
que dos".
Como toda santa que se precie, Calle tiene una oración;
se llama "En la plaza" y se la escribió
Vicente Aleixandre, y una jaculatoria, también
obra de un poeta: "A la calle, que ya es hora!"
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