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 Febrero 2008 nº 245 - OPINIÓN - MIS SANTOS PREFERIDOS

Santa Calle
Araceli Caballero


Hay santos que se hacen querer. Otros, ciertamente, responden al prejuicio de adustez y mirada perdida, cuerpo enjuto y talante severo. Pero ésos, hay que decirlo, casi todos pertenecen a otros santorales. Los santos alandareños suelen ser de mejor trato y vivir más contento. Pues incluso en este risueño cielo de papel (¡y de bits!) algunas personas bienaventuradas destacan en este caer bien. Santa Calle es una de ellas.
Gran amiga de Teresa de Jesús, que se pitorreaba de las almas encogidas y lúgubres, Santa Calle disfruta de darle a la suela, de echarse a la idem, como su propio nombre indica, a tomar el sol, mirar los árboles, y, sobre todo, dejarse invadir por mil voces y encontrarse con la gente. Porque si algo le gusta es la gente. Y ella, si a alguien le gusta, es a la gente. Esta bienaventurada viene a ser la patria de la gente, y le gusta que la gente la reivindiquemos y la habitemos.

Sus devotos, que, en consecuencia, se cuentan por miles, por millones, como canta su gran devoto Moustaki, son dados a la celebración. Tan es así, que esta santa no tiene un día, como suele ser costumbre. No; es celebrada todos los días. A veces, hay fiesta mayor, y la muchedumbre devota se dedica a reivindicar el espacio para construir una convivencia donde lo único que no cabe es la exclusión, una democracia que va más allá de las urnas y los ritos. Y se congregan ante los grandes edificios donde maquinan quienes quieren privatizarla, o recorren las avenidas y se encuentran en las plazas, a reclamar el derecho a espacios –físicos y metafóricos- anchos y compartidos. Y son, como escribe uno de sus grandes fieles, "codo a codo, mucho más que dos".
Como toda santa que se precie, Calle tiene una oración; se llama "En la plaza" y se la escribió Vicente Aleixandre, y una jaculatoria, también obra de un poeta: "A la calle, que ya es hora!"


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