Siempre se ha dicho que en la vida nada hay nuevo, y añadiríamos
que en la Iglesia tampoco. Hasta Benedicto XVI celebra
ya la Eucaristía de espaldas a la comunidad –la
de los sencillos-, como antes del Concilio Vaticano II.
Tampoco es nuevo el enfrentamiento entre la jerarquía
española y un Gobierno socialista. Sólo
que ahora es más a las claras, con actos como el
de la familia del pasado 30 de diciembre, en la madrileña
Plaza de Colón, en el que el cardenal Rouco habló
de que “nuestro ordenamiento jurídico ha
dado marcha atrás en los derechos humanos”;
el cardenal Cañizares de que “la sociedad
española vive una gran amenaza social con legislaciones
inicuas e injustas”, y el cardenal García
Gasco de que “nos dirigimos a la disolución
de la democracia”. Y son eso, tres opiniones, respetables,
pero sólo opiniones que no son compartidas por
millones de católicos españoles, que también
somos Iglesia, la de Cristo, la misma que la de los miles
de personas que se acercaron a Colón. Otra cosa
es el modo de entender y vivir el mensaje de Jesús
de Nazaret, el que hablaba a los sencillos de amor, de
justicia, de perdón, de acogida…, no de normas,
estereotipos, prebendas, poder…
No vamos a negar que existe un debilitamiento de la identidad
cristiana, pero parece que la culpa siempre la tienen
los mismos, nunca los pastores que conducen el rebaño.
Que nos perdonen éstos, pero nos queda la sensación
de que falta talla evangélica, intelectual, social
y política en muchos de quienes deberían
ser luz en la oscuridad, asunto difícil de resolver
porque el puesto es vitalicio, salvo causa de fuerza mayor.
No confundamos a los sencillos, que todos somos Iglesia.
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