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 Febrero 2008 nº 245 - IGLESIA

Dios es amor
Roser Puig

¿Cree realmente Benedicto XVI que “Dios es amor” como proclamó en su primera encíclica? Esta es la pregunta que algunos y algunas nos hacemos con perplejidad, después de leer la segunda de ellas. Aquellas y aquellos que, gracias a la libertad que nos reconocía el Concilio Vaticano II, nos atrevimos a estudiar la Biblia, descubrimos un día que la imagen del Dios Padre Amoroso que se dibuja en la parábola del “hijo pródigo (un padre que lo perdona todo sin hacer recriminaciones al hijo arrepentido) era diametralmente opuesta a la imagen del Dios Justiciero y rencoroso en el que se nos había educado. El mismo en el que, según el Papa, creían los antiguos judíos (y, por lo visto, siguieron y siguen creyendo los llamados Santos Padres de la Iglesia Católica). Por eso las preguntas surgen espontánea e ineludiblemente al llegar a la última parte del documento en cuestión, donde se “prueba” la existencia del Purgatorio. ¿Es compatible un Dios que ”perdona la culpa pero no la pena” como dice la doctrina eclesiástica tradicional (que muchos habíamos olvidado y que ahora recupera Benedicto XVI), con el Dios Padre de Jesús de Nazaret? y ¿Cuál es el objetivo de dicha recuperación?
Con el tiempo hemos descubierto un rostro de Dios distinto al que nos habían transmitido

No parece lógico que la intención del Papa, al escribir esta segunda encíclica, fuera la de recordar a sus incondicionales dos cosas que ellos nunca han podido olvidar, como son la existencia del Purgatorio y la posibilidad de acortar (para sí y para otros) la estancia en él con “oraciones, buenas obras y limosnas”.Porque quienes creen ciega e incondicionalmente en la ”infalibilidad” de los papas las tienen muy presentes, ya que su vida es un constante “santo temor de Dios”.


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