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Un joven sudafricano me contó que, en cierta
ocasión, fue con su abuelo a comprar una
vaca. El abuelo llevaba un típico sombrero
de gran tradición y simbología para
su pueblo y que jamás autorizaría
a ningún joven a tocarlo. Cuando ambos llegaron
a la granja del joven blanco, el anciano se quitó
el sombrero, se lo puso detrás y, para sorpresa
de su nieto, comenzó a arrugarlo con las
manos nerviosas como si fuera una bolsa de papel.
“Ves - me dijo el joven- esto es lo que el
apartheid ha hecho en el alma africana”. |
Cuando se visita Sudáfrica, uno no puede dejar
de asombrarse de cómo sistemas tan perversos como
la política de segregación racial fue capaz
de sostenerse tantos años. La violencia y la represión,
junto con el colaboracionismo de gente de raza negra,
mantuvo una situación política dramática
en la que el racismo era de obligado cumplimiento. Desde
el fin de esta historia sólo han pasado 14 breves
años presididos por el ANC, el partido de Mandela
y del actual presidente Mbeki. Y, con toda seguridad,
el partido del que seguirán surgiendo los que rijan
los destinos del país. Recientemente se ha elegido
como presidente del partido a Jacob Zuma, quien fue destituido
por el propio Mbeki de la vicepresidencia en 2005 tras
la condena por corrupción de su consejero financiero,
y de haber sido juzgado al año siguiente por la
violación de una joven seropositiva, juicio en
el que resultó absuelto. Más
allá de la postal
El apartheid, como sistema político, desapareció
del mapa de Sudáfrica. Sólo hay que darse
un paseo por Church Square, en el centro de Johannesburgo,
para darse cuenta de cómo ha cambiado el paisanaje.
En el centro de esta emblemática plaza, donde se
levanta el monumento a Kruger y donde los afrikaners hacían
las manifestaciones racistas, ahora pasean blancos y negros
sin mayores problemas y se sientan juntos en las terrazas
de las cafeterías. Esta es la postal. Detrás
de la foto hay otra historia bien distinta.
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