¿Qué oyente espera el cristianismo
para que en general pueda ser oído su más
auténtico y último mensaje?
Karl Rahner. Curso Fundamental sobre la fe. Ed. Herder.
6º Edición 2003. P. 42.
Plantearnos el tema de la inmigración no es una
forma de arreglar el mundo, ni una bella manera más
de convertirse en un “progre” de salón,
sino más bien de hacer un análisis crítico
de donde estamos cada uno, y donde estamos como sociedad.
Es un fenómeno al que no se puede estar ajeno si
se quiere vivir con un sentido ético, que nos sitúa
de lleno en las grandes preguntas por lo humano. Una buena
piedra de toque, con respecto a la que evaluar lo que
verdaderamente pensamos, sentimos y hacemos con el mundo
y con las cosas. Desde una perspectiva evangélica,
no nos van a preguntar si anduvimos todo el día
hablando de Dios, o haciendo propaganda en contra del
preservativo, el divorcio o el laicismo, sino si le dimos
de comer al hambriento, y de beber el sediento. Se impone
por tanto, un pragmatismo evangélico. En la pasión
por los últimos y su justicia es donde se juega
su credibilidad un cristianismo que en Europa corre el
riesgo de convertirse en un cascarón vacío
de evangelio y lleno de otras cosas bastante menos deseables,
que tienen más que ver con una manera periclitada
de ver el mundo que con la radicalidad evangélica.
Y el cristianismo lo hacemos las personas, así
que nosotros también nos la jugamos. Nuestra calidad
personal, ética y evangélica también
está sobre la mesa. Llama la atención el
silencio de la jerarquía sobre este tema, más
preocupada por su financiación, la unidad de España,
los homosexuales, la clase de religión o el laicismo…
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