Son muchas las opiniones que existen sobre este fenómeno
y además vienen a ser variadas, pero es cierto,
creo, que hay que llegar a la conclusión de que
la globalización nos hace cada vez más iguales,
más indefensos y unos consumidores muy dóciles
que perseguimos la primera zanahoria que se nos ponga
delante, aunque sea la de la contraglobalización
que también se globaliza y crea su río consumista
muy obediente y muy fiel . Es algo inevitable que actúa
por encima de los gobiernos y las patrias e intenta corroer
convicciones espirituales y ese algo que se llama fe y
que te señala nortes más serenos y menos
voraces.
El sociólogo José Antonio Marina ha definido
este fenómeno con una frase que da en la tecla.
Dice que "la economía se mundializa, los corazones
se nacionalizan y las cabezas no saben lo que hacer".
El tiempo, como ya comenté hace unos días
se hace un ente de permanente presente un pálpito
mundial de tiempo real. Muchas diversidades tienden a
perderse y los rasgos, hasta los íntimos, se busca
que desaparezcan.
Acabamos de vivir una situación económica
a nivel mundial muy extraña con mucho pánico
en los parqués, que dicen los que de esto saben.
El miedo y la inseguridad han hecho que los norteamericanos
bajaran los tipos de interés para frenar un pánico
en potencia, una crisis que puede llegar y que por todas
partes podía palparse; su posibilidad. Acaso la
globalización ha creado más riqueza a nivel
general, pero se trata de una riqueza no bien encauzada
que mantiene grandes desigualdades sociales y a la vez
también económicas sin mirar fronteras,
aunque siempre a perro flaco por historia le han llovido
las pulgas. Y es que las fuerzas que mueven los hilos,
gigantes arrogantes sin freno, no atienden a los ademanes
de los gobiernos y de los estamentos geográficos.
Toda actividad humana acaba siendo regulada por unas macroleyes,
que en definitiva manejan todo el cotarro. Y ¡qué
hacer? En sí, la globalización no es ni
buena ni mala, se trata de cuidarla y ajustarla a determinadas
circunstancias; se trata de no perder el referente humano.
Creo que alguna vez les conté como en Estados Unidos
hubo un gran movimiento, muy beligerante contra determinados
restaurantes que servían- por cierto a unos precios
descomunales- ancas de unas ranas muy especiales. Al final
y protesta tras protesta con titulares afilados en periódicos
importantes, se acabó con aquel comercio de los
apéndice de las ranas. Pues bien, resulta que esas
ranas las criaban unos pueblos indígenas de brasil
en unas charcas artificiales y al no comprarles las ranas,
se dedicaron a quemar selva y talar árboles para
conseguir una economía básica, que antes,
por cierto, tenían con la venta de las ranas.
El ciudadano no alcanza a comprender las causas de lo
que ocurre. Es un consumidor al final de un largo y complejo
proceso en el que lo único que le queda es comprar
o vender y vuelta a empezar y no se quiere que este hombre
de hoy mire a su interior y busque en su conciencia y
hurgue y ponga en movimiento los valores hondos, los de
la luz larga. Hoy se quiere que el pueblo llano participe
más en el mercado y piensea menos en la gestión.
Buscan que crea más interesante vivir inmerso en
la dinámica especulativa que provocar reflexiones
y que participar en una gobernancia que construya políticas
más justas, más equitativas, con más
fuerza social y con una conciencia moral que defienda
de algún modo al ser humano como singularidad y
proyecto trascendente. |