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 Marzo 2008 nº 246 - OPINIÓN - DESDE EL ASTEROIDE B612

Esta globalidad
Alfredo Ybarra


Son muchas las opiniones que existen sobre este fenómeno y además vienen a ser variadas, pero es cierto, creo, que hay que llegar a la conclusión de que la globalización nos hace cada vez más iguales, más indefensos y unos consumidores muy dóciles que perseguimos la primera zanahoria que se nos ponga delante, aunque sea la de la contraglobalización que también se globaliza y crea su río consumista muy obediente y muy fiel . Es algo inevitable que actúa por encima de los gobiernos y las patrias e intenta corroer convicciones espirituales y ese algo que se llama fe y que te señala nortes más serenos y menos voraces.

El sociólogo José Antonio Marina ha definido este fenómeno con una frase que da en la tecla. Dice que "la economía se mundializa, los corazones se nacionalizan y las cabezas no saben lo que hacer". El tiempo, como ya comenté hace unos días se hace un ente de permanente presente un pálpito mundial de tiempo real. Muchas diversidades tienden a perderse y los rasgos, hasta los íntimos, se busca que desaparezcan.

Acabamos de vivir una situación económica a nivel mundial muy extraña con mucho pánico en los parqués, que dicen los que de esto saben. El miedo y la inseguridad han hecho que los norteamericanos bajaran los tipos de interés para frenar un pánico en potencia, una crisis que puede llegar y que por todas partes podía palparse; su posibilidad. Acaso la globalización ha creado más riqueza a nivel general, pero se trata de una riqueza no bien encauzada que mantiene grandes desigualdades sociales y a la vez también económicas sin mirar fronteras, aunque siempre a perro flaco por historia le han llovido las pulgas. Y es que las fuerzas que mueven los hilos, gigantes arrogantes sin freno, no atienden a los ademanes de los gobiernos y de los estamentos geográficos. Toda actividad humana acaba siendo regulada por unas macroleyes, que en definitiva manejan todo el cotarro. Y ¡qué hacer? En sí, la globalización no es ni buena ni mala, se trata de cuidarla y ajustarla a determinadas circunstancias; se trata de no perder el referente humano. Creo que alguna vez les conté como en Estados Unidos hubo un gran movimiento, muy beligerante contra determinados restaurantes que servían- por cierto a unos precios descomunales- ancas de unas ranas muy especiales. Al final y protesta tras protesta con titulares afilados en periódicos importantes, se acabó con aquel comercio de los apéndice de las ranas. Pues bien, resulta que esas ranas las criaban unos pueblos indígenas de brasil en unas charcas artificiales y al no comprarles las ranas, se dedicaron a quemar selva y talar árboles para conseguir una economía básica, que antes, por cierto, tenían con la venta de las ranas.

El ciudadano no alcanza a comprender las causas de lo que ocurre. Es un consumidor al final de un largo y complejo proceso en el que lo único que le queda es comprar o vender y vuelta a empezar y no se quiere que este hombre de hoy mire a su interior y busque en su conciencia y hurgue y ponga en movimiento los valores hondos, los de la luz larga. Hoy se quiere que el pueblo llano participe más en el mercado y piensea menos en la gestión. Buscan que crea más interesante vivir inmerso en la dinámica especulativa que provocar reflexiones y que participar en una gobernancia que construya políticas más justas, más equitativas, con más fuerza social y con una conciencia moral que defienda de algún modo al ser humano como singularidad y proyecto trascendente.


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