| El tratamiento en plural, en el caso de la familia
como en el de la mayoría de las relaciones
complejas que acompañan la vida del ser humano,
siempre resulta más rico que en singular.
Frente al negro y al gris, colores corporativos
de los uniformes de una Iglesia institución
que se parece cada vez más, en lo triste
y cuartelera, al ejército, la realidad social
del siglo XXI propone los colores de la diversidad.
Hoy en día hay familias cristianas y no cristianas,
gracias a Dios, formadas por dos mujeres (o dos
hombres) que se aman. También existen unidades
‘monoparentales’, o ex parejas que han
rehecho su vida después de la separación
o el divorcio, que gozan con la felicidad |
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que produce haberse reencontrado con otras personas en
la intensidad del amor. Y no por ello son menos padres,
o menos madres. Siguen educando y queriendo a sus retoños,
desde una mayor salud mental y emocional sin tener que
seguir mantenido una farsa durante años, lejos
del dolor que supone mantener a toda costa las convenciones
sociales o de la religión mal entendida que prohíben
romper el matrimonio.
Algunos que hablan en nuestro nombre sin el derecho
que les concedería ser portavoces honrados, pretenden
hacernos creer que los que nos llamamos seguidores y
seguidoras del Cristo condenamos en bloque toda aquella
familia que se salga del canon que imperaba hace dos
mil años. Tal y como les ocurre en otras importantes
cuestiones que vinculan fe y vida, esta gente tan inflexible
y malhumorada se ha quedado antigua. Han perdido el
contacto con el mundo real. Esa constatación
arroja, en principio, un sentimiento de tristeza. Y
después viene la rabia, porque en sus manifestaciones
públicas, los defensores de la familia única,
de la ‘verdadera’, aprovechan cualquier
oportunidad para pontificar condenando.
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