Me piden que cuente mi historia, mi vivencia familiar
desde mi situación de separada y voy a intentarlo.
Hace cuatro años y medio tomé la decisión
de separarme de mi marido. Se nos acabó el amor
y, aunque intentamos reavivar la llama que un día
existió, no nos dio resultados. Recuerdo aquella
época con bastante dolor. Yo necesitaba emprender
una nueva vida, darme una oportunidad para ser feliz y
algo en mi interior me pedía a gritos que lo intentara.
Sin embargo, me pesaba mucho la responsabilidad de madre,
y mucho más aún el deseo de estar con mis
hijos, mis dos maravillosos hijos
.
Yo hablaba del asunto con mis amigas, con mi familia,
con mi psicóloga, necesitaba aclarar mis ideas...
había muchas cosas que me preocupaban e influían,
tenía miedo. Para colmo, una amiga que trabaja
en un colegio, me dijo que veía muchos hijos de
separados que estaban muy mal, que sufrían mucho...
Pero yo me rebelaba contra esa idea, pensaba que no necesariamente
los niños han de sufrir, que se pueden hacer las
cosas bien, que vivir la vida con autenticidad no está
reñido con la responsabilidad de ser madre…
Dejé a un lado el miedo y la comodidad y decidí
intentarlo. Se nos acabó el amor pero no el cariño,
y mucho menos el respeto. Así que desde ese cariño
hacia la persona con la que tuve dos niños, tomé
decisiones de las que nunca me he arrepentido. Pensé
que era yo la que tenía que marcharme, decidí
dejarle a él la casa y la convivencia con los niños
con la única condición de que no me pusiera
ningún impedimento para poder ver a mis hijos a
diario.
Y así sucedió. Lo hablamos con ellos, les
explicamos que ya no nos queríamos como una pareja,
y que nos íbamos a separar. Entonces tenían
9 y 7 años. No les gustó, lógicamente,
pero tampoco fue un drama. No fue fácil para ninguno.
Les expliqué que siempre iban a contar conmigo,
que seguiría de cerca sus asuntos, que les vería
todos los días y que si en algún momento
querían hablar conmigo y yo no estaba ahí,
no tenían más que descolgar el teléfono.
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