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 Marzo 2008 nº 246 - OPINIÓN - PUNTO DE VISTA

¿Qué votar?
Rafael Díaz-Salazar
Las elecciones del 9 de marzo plantean problemas políticos y dilemas morales a quienes hemos sido educados en la dimensión política de la experiencia cristiana. Por un lado, sabemos que afortunadamente en el terreno político “estamos sin Dios”. El cristianismo originario es un laicismo religioso. No existe en él ni un ápice de teocratismo, ni de fundamentalismo político. Del Evangelio no se puede inferir una política, ni tampoco una moral detallada para abordar problemas que no existían en la época de Jesús. A nadie en su sano juicio se le ocurriría deducir un programa de gobierno o un código legislativo del Nuevo Testamento. El cristianismo favorece la secularización de la política.

Por otro lado, somos conscientes de que la experiencia cristiana no es irrelevante para la acción y las opciones políticas. Ella crea una forma de ver la vida, defiende unos valores, insta a una transformación de la realidad. El Reino de Dios se construye en la historia. Tenemos una inspiración evangélica de fondo y en cada coyuntura debemos buscar las mediaciones laicas que puedan traducirla y hacerla operativa, aunque sea de un modo limitado e imperfecto. En definitiva, ante cualquier realidad profana el cristiano tiene que hacer un discernimiento evangélico. Los criterios del discernimiento de las mediaciones políticas laicas no están preestablecidos en un código y es necesario que las comunidades cristianas los indaguen, evitando siempre identificarlos con la voluntad de Dios. Buscamos discernimiento, no legitimación de unas opciones políticas concretas. No dispongo de espacio para analizar esta cuestión y al lector interesado le remito a mi libro La izquierda y el cristianismo (Taurus). Allí expongo algunas aportaciones cristianas a la cultura política. De un modo resumido, mi tesis es la siguiente: desde el Evangelio lo central en esta vida es la erradicación del sufrimiento de los empobrecidos. Ellos son el sacramento de la presencia del Dios crucificado y la adoración de ese Dios se realiza a través de la emancipación de los hambrientos, sedientos, desnudos, emigrantes (Mt.25). Desde esta perspectiva, una política que active la inspiración evangélica ha de estar marcada por la "primacía de los últimos".

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