| Las elecciones del 9 de marzo plantean problemas
políticos y dilemas morales a quienes hemos
sido educados en la dimensión política
de la experiencia cristiana. Por un lado, sabemos
que afortunadamente en el terreno político
“estamos sin Dios”. El cristianismo
originario es un laicismo religioso. No existe en
él ni un ápice de teocratismo, ni
de fundamentalismo político. Del Evangelio
no se puede inferir una política, ni tampoco
una moral detallada para abordar problemas que no
existían en la época de Jesús.
A nadie en su sano juicio se le ocurriría
deducir un programa de gobierno o un código
legislativo del Nuevo Testamento. El cristianismo
favorece la secularización de la política.
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Por otro lado, somos conscientes de que la experiencia
cristiana no es irrelevante para la acción y las
opciones políticas. Ella crea una forma de ver
la vida, defiende unos valores, insta a una transformación
de la realidad. El Reino de Dios se construye en la historia.
Tenemos una inspiración evangélica de fondo
y en cada coyuntura debemos buscar las mediaciones laicas
que puedan traducirla y hacerla operativa, aunque sea
de un modo limitado e imperfecto. En definitiva, ante
cualquier realidad profana el cristiano tiene que hacer
un discernimiento evangélico. Los criterios del
discernimiento de las mediaciones políticas laicas
no están preestablecidos en un código y
es necesario que las comunidades cristianas los indaguen,
evitando siempre identificarlos con la voluntad de Dios.
Buscamos discernimiento, no legitimación de unas
opciones políticas concretas. No dispongo de espacio
para analizar esta cuestión y al lector interesado
le remito a mi libro La izquierda y el cristianismo (Taurus).
Allí expongo algunas aportaciones cristianas a
la cultura política. De un modo resumido, mi tesis
es la siguiente: desde el Evangelio lo central en esta
vida es la erradicación del sufrimiento de los
empobrecidos. Ellos son el sacramento de la presencia
del Dios crucificado y la adoración de ese Dios
se realiza a través de la emancipación de
los hambrientos, sedientos, desnudos, emigrantes (Mt.25).
Desde esta perspectiva, una política que active
la inspiración evangélica ha de estar marcada
por la "primacía de los últimos".
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