Él vino en un barco, de nombre extranjero, que
recaló por casualidad en el pueblecito donde
vivía Tuaje. La tal Tuaje no sólo no había
salido nunca del pueblo, sino que no conocía
a nadie de fuera de él. Ni siquiera en foto.
Lo primero no era raro. Cuentan los más viejos
del Lugar (así se llamaba el pueblo, que no se
trabajaban mucho lo de los diccionarios ni lo de los
mapas) que, cuando eran muy pequeños, los más
viejos del lugar contaban haber oído de un paisano
que hacía mucho, muuuuuucho tiempo se había
ido de viaje y ya no volvió. Al principio, enviaba
cartas en las que contaba cosas extraordinarias, incomprensibles
para la pueblerina mente de los lugareños, que
se quedaba con la mente en blanco ante las revistas
que el arrojado viajero les enviaba. Luego, ante la
falta de interés del paisanaje, fue dejando de
escribir, hasta desaparecer de la memoria aldeana. Ahí
acabó todo.
Tuaje ni siquiera había visto aquellas revistas,
de modo que ni se podía imaginar a alguien de
aspecto diferente, con experiencias distintas, con otra
historia y otras imágenes. Hasta que llegó
el desconocido. Lo encontró el puerto un anochecer,
cuando el blanco faro sobre los veleros su beso de plata
dejaba caer. Era hermoso y moreno, como el chocolate,
el pecho tatuado con un corazón, en su voz amarga,
había la tristeza doliente y cansada del acordeón.
Parece que fue la música de su voz (o vete a
saber qué) lo que despertó la abotargada
neurona de Tuaje. Ya nada fue igual. Con la neurona,
se le avivó el interés, poderoso despertador
que ya no deja que ni deseos ni curiosidades peguen
ojo.
Poco después marchó el forastero, con
rumbo ignorado, en el mismo barco que trajo a Tuaje,
pero entre sus labios, se dejó olvidado, un beso
de amante, que ella le pidió. Y anda la febril
buscadora errante por todos los puertos, a los marineros
preguntando por él, con su nombre tatuado en
la caricia de su piel. Primero buscaba sólo a
su forastero, pero pronto encontró el gusto por
conocer gente distinta, y entre ir y venir, volver a
pueblo y volverse a ir, poco a poco el Lugar se fue
transformando en un bullidero de gente diversa y variopinta,
siempre bien venida, que encuentra su Lugar en el mundo.
La pasión de Tuaje por comunicarse sin fronteras
cundió como la estopa, de modo que se convirtió
en proselitísima patrona del Lugar, siendo conocida
desde entonces como Santa Tuaje.
Moraleja: atención a los barcos de nombre (más
o menos) extranjero y a las nuevas noticias que traen.
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