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 Abril 2008 nº 247 - OPINIÓN - DESDE OTRO PRISMA - MIS SANTOS PREFERIDOS

Santa Tuaje
Araceli Caballero


Él vino en un barco, de nombre extranjero, que recaló por casualidad en el pueblecito donde vivía Tuaje. La tal Tuaje no sólo no había salido nunca del pueblo, sino que no conocía a nadie de fuera de él. Ni siquiera en foto. Lo primero no era raro. Cuentan los más viejos del Lugar (así se llamaba el pueblo, que no se trabajaban mucho lo de los diccionarios ni lo de los mapas) que, cuando eran muy pequeños, los más viejos del lugar contaban haber oído de un paisano que hacía mucho, muuuuuucho tiempo se había ido de viaje y ya no volvió. Al principio, enviaba cartas en las que contaba cosas extraordinarias, incomprensibles para la pueblerina mente de los lugareños, que se quedaba con la mente en blanco ante las revistas que el arrojado viajero les enviaba. Luego, ante la falta de interés del paisanaje, fue dejando de escribir, hasta desaparecer de la memoria aldeana. Ahí acabó todo.

Tuaje ni siquiera había visto aquellas revistas, de modo que ni se podía imaginar a alguien de aspecto diferente, con experiencias distintas, con otra historia y otras imágenes. Hasta que llegó el desconocido. Lo encontró el puerto un anochecer,
cuando el blanco faro sobre los veleros su beso de plata dejaba caer. Era hermoso y moreno, como el chocolate, el pecho tatuado con un corazón, en su voz amarga, había la tristeza doliente y cansada del acordeón.

Parece que fue la música de su voz (o vete a saber qué) lo que despertó la abotargada neurona de Tuaje. Ya nada fue igual. Con la neurona, se le avivó el interés, poderoso despertador que ya no deja que ni deseos ni curiosidades peguen ojo.

Poco después marchó el forastero, con rumbo ignorado, en el mismo barco que trajo a Tuaje, pero entre sus labios, se dejó olvidado, un beso de amante, que ella le pidió. Y anda la febril buscadora errante por todos los puertos, a los marineros preguntando por él, con su nombre tatuado en la caricia de su piel. Primero buscaba sólo a su forastero, pero pronto encontró el gusto por conocer gente distinta, y entre ir y venir, volver a pueblo y volverse a ir, poco a poco el Lugar se fue transformando en un bullidero de gente diversa y variopinta, siempre bien venida, que encuentra su Lugar en el mundo.

La pasión de Tuaje por comunicarse sin fronteras cundió como la estopa, de modo que se convirtió en proselitísima patrona del Lugar, siendo conocida desde entonces como Santa Tuaje.

Moraleja: atención a los barcos de nombre (más o menos) extranjero y a las nuevas noticias que traen.



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