José Arocena
Doctor en Sociología.
Vicerrector Académico de la Universidad Católica.
Miembro del Consejo de Redacción de Misión
Publicado en la Revista Misión de diciembre 2007
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La Iglesia Católica ha desarrollado en
las últimas décadas un discurso dirigido
a los laicos, por el que se busca estimular un mayor
protagonismo de los cristianos que no forman parte
del clero. Este discurso -con altibajos- ha pretendido
constituir un cambio frente a las críticas
que definen a la Iglesia Católica como una
estructura clerical.
Así en distintas instancias catequéticas
u otras, se ha insistido en que la diferencia entre
clérigo y laico se sitúa en la especificidad
de la función de cada uno. El
laico en el discurso oficial de la Iglesia
En la última conferencia del CELAM en Aparecida
(Brasil), hubo una referencia a las comunidades
eclesiales de base que tuvo un cierto relieve en
el documento emanado de la conferencia misma: "Queremos
decididamente reafirmar y dar nuevo impulso a la
vida y misión profética y santificadora
de las CEBs, en el seguimiento misionero de Jesús.
Ellas han sido una de las grandes manifestaciones
del Espíritu en la Iglesia de América
Latina |
y El Caribe después del Vaticano II. Tienen la
Palabra de Dios como fuente de su espiritualidad, y la
orientación de sus pastores como guía que
asegura la comunión eclesial. Despliegan su compromiso
evangelizador y misionero entre los más sencillos
y alejados, y son expresión visible de la opción
preferencial por los pobres. Son fuente y semilla de variados
servicios y ministerios a favor de la vida en la sociedad
y en la Iglesia."
Como dice José Comblin, estas afirmaciones fueron
relativizadas en el documento oficial que promulgó
el Vaticano: "El documento final habla explícitamente
de las comunidades eclesiales de base (176-179).' Esta
es la parte que sufrió más correcciones
en Roma, pues el texto de los obispos era mucho más
incisivo. Aun así el texto enuncia todos los frutos
positivos de las comunidades eclesiales de base, reconociendo
que ellas fueron la señal de la opción por
los pobres".
Más allá de estas diferencias entre los
textos, se confirma el discurso sobre la importancia de
las comunidades eclesiales de base, que le dan al laico
la posibilidad de tener un rol más activo en la
vida de la Iglesia. Sin embargo la constatación
que hacemos todos los días es que esta u otras
formas de participación laical, han tenido un bajo
nivel de realización concreta en la vida interna
de la Iglesia y en la representación de la Iglesia
ante los distintos contextos en los que le toca actuar.
El discurso ha quedado en discurso, sin traducciones concretas
suficientemente potentes como para cambiar la imagen clerical
de la Iglesia Católica. De hecho, se sigue percibiendo
el carácter activo del clérigo y pasivo
del laico. La imagen clerical de la
Iglesia
Comenzar por esta constatación es necesario para
tratar las dificultades que encuentra el laico cristiano
para asumir un rol de liderazgo eclesial. En realidad
se ha ido creando una imagen social de la Iglesia Católica
fuertemente impregnada de clericalismo. Por un lado, los
mismos laicos cristianos colaboran con la consolidación
de esta imagen, considerando al clérigo como el
depositario de todos los saberes. Pero por otro lado,
toda la sociedad asume como un hecho irrefutable que la
Iglesia Católica es una organización de
sacerdotes y obispos.
Es interesante observar que cuando un periodista quiere
informarse de una posición determinada de la Iglesia
se dirige sin ningún tipo de duda a un obispo o
eventualmente a un sacerdote. A nadie se le ocurre que
esa información pueda ser evacuada por un laico
católico. Es muy raro que un laico aparezca en
la prensa expresando una posición de la Iglesia
Católica. Los que saben lo que piensa la Iglesia,
los que están formados para responder, los que
están en una posición institucional que
les da credibilidad, son los obispos o los sacerdotes.
Esta imagen social de la Iglesia Católica está
tan profundamente arraigada en la sociedad, que aunque
sinceramente se la quisiera modificar, el cambio se estrellaría
contra una representación mental ampliamente generada,
sostenida y desarrollada por la propia Iglesia Católica
y confortada por el Derecho Canónico. Se trata
de una imagen social que responde a lo que la Iglesia
Católica ha sido a lo largo de los siglos: una
organización de clérigos.
El lenguaje de la Iglesia está lleno de términos
y de expresiones que abonan todos los días esta
imagen clerical. Los laicos asisten pasivamente a misa,
el sacerdote la "dice" o en el mejor de los
casos, la "celebra". Los laicos "escuchan"
lo que el sacerdote "dice" en la homilía.
Los laicos "reciben" el pan sagrado en la eucaristía,
los sacerdotes lo "consagran" y lo "dan".
El sacerdote "casa" a una pareja, que pasivamente
asiste a su casamiento, aunque los ministros del sacramento
son los cónyuges. Los laicos "son bautizados",
solo el sacerdote "bautiza", aunque en rigor
cualquier cristiano puede bautizar.
Pero incluso si salimos del ámbito de las celebraciones
sacramentales, la posición de la Iglesia en relación
a temas como la sexualidad, el divorcio, el concubinato,
el aborto, el sacerdocio de las mujeres y otros, se expresa
públicamente a través de lo que diga un
determinado obispo o sacerdote. El laico católico
prefiere no responder en público frente a temas
como los señalados. Es claro que existe un temor
a ser observado por discrepar con la "doctrina oficial".
Sobre algunos temas en los que los laicos están
mejor formados que los clérigos, debería
ser exactamente al revés; el laico que conoce una
disciplina y al mismo tiempo es profundamente cristiano,
debería dar públicamente la o las posiciones
que son compatibles con su fe, aunque discrepe con tal
o cual miembro de la jerarquía católica.
Sin embargo, un abogado católico o un médico
católico responderá ante una pregunta que
refiera a su especialidad según su saber profesional;
pero si alguien le preguntara sobre la adecuación
de su respuesta a la doctrina católica en la materia,
seguramente se remitirá a la opinión de
algún jerarca de la Iglesia. Esto es lo que no
debería suceder. Si esto es la realidad, se debe
principalmente a lo que se ha dicho: una imagen clerical
de la Iglesia fuertemente sostenida a lo largo de siglos.
Una minoría ilustrada
Ese sector de la Iglesia que la gobierna y tiene el monopolio
de la verdad es además una pequeña minoría.
Sin embargo los demás cristianos católicos,
que somos la inmensa mayoría, somos cristianos
"de a pie", sin voz ni voto. En nuestra sociedad
contemporánea, en la sociedad que intenta defender
los derechos humanos y las libertades, en la sociedad
que busca los procesos participacionistas como un bien
mayor, en esa sociedad, los laicos católicos somos
un sector marginado de los sistemas de decisión
de su Iglesia. Hay un número muy reducido de laicos
que ha logrado una cierta participación, pero siempre
subordinada a lo que en última instancia decida
el párroco, el obispo o el papa. La estructura
de la Iglesia es fuertemente jerárquica y lo que
es peor, los miembros de esa jerarquía son cooptados,
jamás elegidos por las comunidades. Esta organización
monárquica de derecho divino, condena a la mayor
parte de los católicos a roles pasivos, carente
s de toda capacidad de conducción y de liderazgo.
La estructura genera esta ausencia de responsabilización
de los laicos en los asuntos de la Iglesia, pero además
favorece las desviaciones autoritarias en el ejercicio
del poder, tendiendo al ejercicio de una autoridad sin
controles. Por supuesto que hay clérigos que logran
vencer esta tendencia y son capaces de establecer relaciones
horizontales y de diálogo con los laicos. Hay muchos
clérigos -diáconos, presbíteros y
obispos- que son concientes de esta situación y
tratan de actuar contra esa tendencia dominante. Se logran
algunos efectos positivos a nivel de grupos relativamente
reducidos, pero como la estructura formal sigue incambiada,
los efectos señalados siguen siendo ampliamente
mayoritarios.
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Tradicionalmente el discurso de la Iglesia oficial
ha insistido en la necesidad de la obediencia a
la jerarquía sin discusión. El laico
obedece lo que el "magisterio" define
como verdadero. No aceptar las posiciones de la
Iglesia jerárquica significa apartarse de
la fe. Este monopolio de la verdad tiene dos fundamentos.
El primero supone que los obispos son los continuadores
de los discípulos de Cristo. Se afirma que
en ellos y principalmente en el primero de ellos,
el papa, existe una asistencia del Espíritu
Santo, que le permite no equivocarse. En rigor,
solo debería |
aplicarse esta infalibilidad del papa o del colegio de
obispos en muy pocos temas relacionados con la estructura
dogmática de la Iglesia Católica. Sin embargo,
de hecho, se aplica una disciplina férrea en materia
de posiciones doctrinales o pastorales que abarca un número
mucho mayor de temas. La reciente Conferencia Episcopal
de Aparecida en Brasil es un buen ejemplo. De esa Conferencia
salió un documento que reflejaba un conjunto de
posiciones sobre aspectos de orientación pastoral
para las iglesias latinoamericanas. Sin embargo el documento
no tuvo carácter oficial, hasta que la jerarquía
central de la Iglesia, el papa y sus asesores, corrigió
expresiones, cercenó varios párrafos y eliminó
otros. Si bien en América Latina, muchos católicos
(clérigos y laicos) son concientes de esta intervención
centralista, la Iglesia jerárquica no acepta que
se exprese ninguna forma de oposición en sus rangos.
El otro fundamento de esa "sabiduría"
reside en el conocimiento. Se suele argumentar que para
ser capaz de elaborar definiciones doctrinales o pastorales
es necesario tener una sólida formación
teológica. Obviamente los laicos no tienen esa
formación, aunque conocen los fundamentos de su
fe. Este es el otro componente que desde siempre ha alimentado
todas las formas del poder sacerdotal: el conocimiento.
Lo curioso es que para tener fe no es necesario haber
estudiado teología, pero para definir cómo
son los contenidos de la fe se necesitaría un profundo
conocimiento teológico. Es interesante un comentario
de José Comblin al documento de Aparecida, refiriéndose
a la formación de los clérigos: "¿Qué
se entiende por formación de misioneros? La actual
formación en los seminarios y en las facultades
de teología es justamente lo contrario. El sistema
actual da una formación académica o con
pretensiones académicas. En Brasil, muchos dieron
mucho valor al reconocimiento de los estudios del seminario
por el Ministerio de Educación. Ahora bien, con
certeza el Ministerio de Educación no tiene proyectos
misioneros. Los certificados oficiales parecen ser garantías
justamente para aquellos que no sienten una vocación
misionera muy fuerte. N o tengo nada en contra de esos
certificados académicos, pero no tienen nada que
ver con la misión. Los sacerdotes fueron preparados
para ser pequeños profesores de teología
... La formación misionera incluye primero una
fuerte y radical espiritualidad concentrada en la Biblia
en general, pero sobre todo en los Evangelios, esto es,
en la vida terrena de Jesús. En segundo lugar,
la formación consiste en multiplicar los encuentros
con personas, familias y grupos...".
El anuncio de la fe no necesita de conocimientos teológicos,
solo es necesaria la fidelidad al Evangelio y desarrollar
la misión en el encuentro con los otros. El testimonio
vital de Cristo nos muestra que no eligió a los
ilustrados de la época sino a personas comunes,
no eligió a los sacerdotes sino a los creyentes
del pueblo. El cristianismo de los primeros siglos no
fue ni intelectual ni clerical; el movimiento que fundó
Jesús de Nazaret fue un movimiento de laicos que
no pertenecían a los sectores ilustrados de la
época. La estructura jerárquico clerical
aparece cuando se produce la institucionalización
de ese movimiento, varios siglos después.
¿Es posible el liderazgo laical?
Esta es la pregunta que debemos hacernos. En realidad
estamos frente a una problemática de difícil
solución. Teniendo en cuenta lo que hemos anotado
en estas líneas, parecería que el liderazgo
laical es imposible en la Iglesia Católica. Se
suele decir que "todos somos Iglesia". Es verdad,
todos somos Iglesia, pero unos son considerados más
Iglesia que otros.
Para responder a la pregunta que nos planteamos, es necesario
definir qué se entiende por liderazgo. En general
se suele llamar "liderazgo" al posicionamiento
de una persona que interpreta el sentir de un grupo y
eso le permite orientar el camino. Hay liderazgos formales
e informales. En el caso del líder formal, se da
una coincidencia entre una posición de dirección
formalmente designada y un claro ascendiente que le permite
ser reconocido por los demás como el orientador
y el conductor. El líder informal, en cambio, no
está designado por la organización en un
puesto de dirección, pero de hecho ejerce sobre
los demás una clara influencia, en particular en
los procesos de toma de decisión.
Los líderes formales en la Iglesia Católica
son los jerarcas cooptados siempre entre los miembros
del clero. A los laicos les queda solamente la posibilidad
de desarrollar liderazgos informales. Por esta razón,
son muy pocos los casos de laicos que han logrado tener
una influencia importante en los sistemas de decisión
de la Iglesia Católica. Incluso en los casos en
que asoma alguna forma de liderazgo informal, el tipo
de funcionamiento de la Iglesia Católica, extremadamente
formalizado, deja muy poco espacio a la informalidad.
El liderazgo laical es posible si se ejerce en grupos
de laicos, fuera de las estructuras jerárquicas.
A este nivel, aparecen líderes que por distintas
razones tienen algún grado de influencia sobre
los demás. Sin duda, las comunidades eclesiales
de base son un terreno fértil para el surgimiento
de líderes laicos, trabajando junto al clérigo.
Pero si hubiera una clara convicción de la importancia
de modificar las estructuras parroquiales, y generar comunidades
de Iglesia más pequeñas, entonces este liderazgo
laical se volvería un pilar fundamental para el
desarrollo de la misión. Hoy este liderazgo laical
territorial tiene un escaso desarrollo y por lo tanto
no tiene casi incidencia en las orientaciones de la Iglesia.
Sucede entonces que el liderazgo del laico se vuelve una
correa de transmisión de las grandes orientaciones
definidas por la jerarquía eclesiástica,
en vez de expresar el sentir del pueblo de Dios en su
enorme diversidad y riqueza. El discurso
y la realidad
Comenzamos estos apuntes recordando el discurso de la
Iglesia Católica de las últimas décadas
en relación al rol del laico. Ha sido la expresión
de un conjunto de sinceras y buenas intenciones, intentando
darle al laicado un papel más activo en la Iglesia.
Pero no han cambiado los aspectos estructurales que reducen
a la pasividad al laico católico. En consecuencia,
tampoco ha cambiado la imagen social fundamentalmente
clerical de la Iglesia Católica. En realidad, al
constatarse la ausencia de cambios significativos, lo
que aparece es una especie de doble discurso, que por
un lado se refiere a la necesidad de cambiar y por otro
mantiene todo según las regulaciones tradicionales.
En el artículo "Para los que vuelven",
de Andrés Assandri y Daniel Kerber, publicado en
Misión nº170, hay un párrafo que expresa
bien esta disyuntiva permanente entre el Evangelio y el
Derecho Canónico: "no es extraño que
quienes intentan y buscan caminos nuevos de acogida, no
logren conciliar el difícil equilibrio entre el
Derecho Canónico y el Evangelio. Y a quienes observan
desde fuera la Iglesia, quizá le sea más
patente ver la alternativa de quien quiere seguir la inspiración
evangélica, que de aquellos que regulan su conducta
por fidelidad al Derecho". En el tema que nos ocupa
en este artículo, esa disyuntiva se expresa entre
la búsqueda sincera de una mayor horizontalidad
en la Iglesia y la reproducción de la verticalidad
histórica. |