Leonardo Boff
Enviado por Servicios Koinonía. Difundido por
ADITAL
Nuestra cultura occidental se caracteriza por una excesiva
arrogancia, exacerbada por la tecnociencia con la que
domina el mundo. En todo se muestra excesiva: en la explotación
ilimitada de la naturaleza, en la imposición de
sus creencias políticas y religiosas y, cuando
le parece oportuno, en la guerra, llevada a todos los
confines del mundo. Esta cultura padece del “complejo-Dios”,
pues pretende saber todo y poder todo.
En relación con esto, me he acordado de una fábula
de Philipp Otto Runge, pintor alemán del siglo
XIX, que leí cuando era estudiante en Baviera.
Recuerdo que estaba escrita con letra gótica, que
yo mismo aprendí a usar en los trabajos académicos
para sorpresa de los profesores. Trata de un matrimonio
de pescadores. Voy a contarla de nuevo con pequeñas
adaptaciones.
Cierto matrimonio vivía en una choza miserable
junto a un lago. Todos los días la mujer iba
a pescar para comer. Un día sacó con su
anzuelo un pez muy raro que no supo identificar. El
pez le dijo: “no me mates, que no soy un pez cualquiera;
soy un príncipe encantado, condenado a vivir
en este lago; déjame vivir”. Y ella lo
dejó vivir.
Al llegar a casa, le contó lo ocurrido a su
marido. Éste, muy astuto, le sugirió:
si realmente es un príncipe encantado puede ayudarnos
y mucho. Corre, vuelve allí y prueba a pedirle
que transforme nuestra choza en un castillo. La mujer,
rezongando, fue. Llamó al pez a voces. El pez
vino y le dijo: “¿qué quieres de
mí?” Ella le respondió: “tú
debes ser poderoso, ¿podrías transformar
mi choza en un castillo?”. “Tu deseo será
cumplido”, respondió el pez.
Cuando volvió a casa, se encontró con
un imponente castillo, con torres y jardines, y al marido
vestido de príncipe. Al cabo de unos días,
señalando hacia los campos verdes y las montañas,
el marido dijo a la mujer: “Todo esto puede ser
nuestro. Será nuestro reino; vete al príncipe
encantado y pídele que nos dé un reino”.
La mujer se enojó por el deseo exagerado del
marido, pero acabó yendo. Llamó al pez
encantado y éste vino. “¿Qué
quieres de mí ahora?”, le preguntó
el pez. A lo que la pescadora respondió: “me
gustaría tener un reino con tierras y montañas
hasta donde se pierde la vista. “Tu deseo será
cumplido”, respondió el pez.
Y, al volver a su casa, encontró un castillo
todavía mayor. Y dentro de él a su marido
vestido de rey, con una corona en la cabeza, y rodeado
de príncipes y princesas... Y los dos fueron
felices durante un buen tiempo.
Pero un día el marido soñó con
algo más alto, y dijo: “Mujer mía,
podrías pedir al príncipe encantado que
me haga papa con todo su esplendor”. La mujer
se indignó. “Eso es absolutamente imposible.
Papa solamente existe uno en el mundo”. Pero él
le presionó tanto, que finalmente la mujer fue
a pedir al príncipe: “quiero que hagas
papa a mi marido”. “Pues que se cumpla tu
deseo”, respondió el pez.
Cuando regresó vio al marido vestido de papa,
rodeado de cardenales, obispos y multitudes arrodilladas
delante de él. Ella se quedó deslumbrada.
Pero pasados unos días, el marido dijo: “sólo
me falta una cosa y quiero que el príncipe me
la conceda: quiero hacer nacer el sol y la luna, quiero
ser Dios”. “Eso, el príncipe encantado
seguramente no lo podrá hacer”, dijo la
mujer pescadora. Pero, aturdida después de una
grandísima insistencia, fue al lago. Llamó
al pez. Y éste le preguntó: “¿qué
más quieres de mí?”. Ella le pidió:
“quiero que mi marido se vuelva Dios”. El
pez le dijo: “vuelve a casa y tendrás una
sorpresa”. Al regresar, encontró a su marido
sentado delante de la choza, pobre y todo desfigurado.
Creo que todavía hoy los dos deben seguir allí...
Según las tragedias griegas, así sucederá
con aquellos que viven de hybris, es decir, con excesivas
pretensiones. Serán inexorablemente castigados.
¿No será tal vez éste el destino
de nuestra civilización?
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