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 Abril 2008 nº 247 - IGLESIA

Una misa en latín

Fernando Torres

A la salida de la misa, una monja mayor de edad y pequeña de tamaño, con mucho hábito y más toca, le pregunta a una señora: “¿Le ha gustado la misa en latín?” Y me quedo pensando que al final la cuestión está en si gusta o no gusta. Esto de la misa en latín es, pues, una cuestión de gustos. ¿O no?

Domingo 17 de febrero y segundo de Cuaresma, tercer monasterio de la Visitación en lo alto del paseo de San Francisco de Sales, Madrid. Son las 11 de la mañana y comienza una misa diferente.
La misa que está a punto de comenzar no sólo es en latín sino que además se celebra según el rito de san Pío V. Para entendernos, de espaldas a la gente, como antes del Concilio.

La Iglesia no es grande pero está llena. Unas 150 personas de todas las edades. Quiero decir que también hay jóvenes. Delante de mí hay dos mujeres mayores. Llevan velo y me recuerdan a mi abuela, que en gloria esté. Todo el mundo parece muy devoto y ensimismado. Nada que se parezca a una comunidad que se encuentra. La relación, y la mirada,, va directa hacia el altar. Comienza la misa. Digo yo que comienza, porque el sacerdote, de espaldas a nosotros y todavía a unos metros del altar se detiene y... no se oye nada. Porque, ahora me acuerdo, la mayor parte de la misa transcurre en silencio. Quiero decir que las oraciones que reza el sacerdote las reza para sí y no para el pueblo. Así que el folleto que nos han dejado en el banco con el rito completo de la misa y su traducción no sirve para mucho. Sencillamente no sé por donde vamos. Sólo al cabo de un rato, se vuelve a nosotros para decirnos un “Dominus vobiscum” al que la gente responde “Et cum spiritu tuo” y busco en el folleto dónde estamos.

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