Santiago Riesco
 |
 |
Cuando se retiene un barco en puerto -bien por
incumplimiento de normas, bien por deudas acumuladas-
el armador se desentiende dejando a la tripulación
sin medios para subsistir y habitualmente con varios
meses de salarios impagados. La ausencia de una
normativa internacional efectiva no garantiza la
manutención de los marinos ni los gastos
de repatriación.
La Iglesia, presente en todos los ámbitos
de la vida, creó en 1920 el Apostolado del
Mar. Un servicio humanitario y religioso pensado
para acoger y acompañar a los hombres del
mar y a sus familias.
En el ámbito social se ocupan de paliar la
soledad y el aislamiento en el que viven los marinos,
trabajadores que soportan largas estancias fuera
del hogar y muy lejos de sus familias. También
promueven la convivencia de distintas culturas,
religiones y lenguas para superar la carencia de
comunicación que existe en los barcos. |
Desde un punto de vista cultural, el Apostolado del
Mar trata de solventar los escasos medios y recursos
que los marinos tienen para ocupar su tiempo de ocio.
Los medios de formación que tienen a su alcance
las gentes del mar son casi nulos y tampoco disponen
de servicios religiosos.
Otro aspecto en el que este apostolado está fuertemente
comprometido es el que concierne al terreno laboral.
Los marinos trabajan en una situación de riesgo
permanente, el servicio médico se limita a un
botiquín, las tripulaciones son cada vez más
reducidas y las estancias en puerto muy cortas. Apenas
tienen oportunidad para la promoción profesional,
sus salarios están muy condicionados por las
banderas de conveniencia y no es extraño que
las tripulaciones sean abandonadas en cualquier parte
del mundo por armadores sin escrúpulos.
En la diócesis de Tenerife la creación
del Apostolado del Mar es relativamente reciente. En
1998 el obispo Felipe Fernández nombró
una comisión constituida por marinos mercantes
para atender a las gentes del mar. Como si de los primeros
apóstoles se tratara, estos hombres han formado
una comunidad de referencia en el Puerto de Santa Cruz
y, poco a poco, han ido contagiando a otros voluntarios.
|