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 Abril 2008 nº 247 - NORTE-SUR

Y la colonización continúa…
Armadores sin escrúpulos, marinos abandonados

Santiago Riesco

Cuando se retiene un barco en puerto -bien por incumplimiento de normas, bien por deudas acumuladas- el armador se desentiende dejando a la tripulación sin medios para subsistir y habitualmente con varios meses de salarios impagados. La ausencia de una normativa internacional efectiva no garantiza la manutención de los marinos ni los gastos de repatriación.

La Iglesia, presente en todos los ámbitos de la vida, creó en 1920 el Apostolado del Mar. Un servicio humanitario y religioso pensado para acoger y acompañar a los hombres del mar y a sus familias.

En el ámbito social se ocupan de paliar la soledad y el aislamiento en el que viven los marinos, trabajadores que soportan largas estancias fuera del hogar y muy lejos de sus familias. También promueven la convivencia de distintas culturas, religiones y lenguas para superar la carencia de comunicación que existe en los barcos.

Desde un punto de vista cultural, el Apostolado del Mar trata de solventar los escasos medios y recursos que los marinos tienen para ocupar su tiempo de ocio. Los medios de formación que tienen a su alcance las gentes del mar son casi nulos y tampoco disponen de servicios religiosos.

Otro aspecto en el que este apostolado está fuertemente comprometido es el que concierne al terreno laboral. Los marinos trabajan en una situación de riesgo permanente, el servicio médico se limita a un botiquín, las tripulaciones son cada vez más reducidas y las estancias en puerto muy cortas. Apenas tienen oportunidad para la promoción profesional, sus salarios están muy condicionados por las banderas de conveniencia y no es extraño que las tripulaciones sean abandonadas en cualquier parte del mundo por armadores sin escrúpulos.

En la diócesis de Tenerife la creación del Apostolado del Mar es relativamente reciente. En 1998 el obispo Felipe Fernández nombró una comisión constituida por marinos mercantes para atender a las gentes del mar. Como si de los primeros apóstoles se tratara, estos hombres han formado una comunidad de referencia en el Puerto de Santa Cruz y, poco a poco, han ido contagiando a otros voluntarios.


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