Estoy leyendo un precioso libro de Fernando Rivas: Terapia
de las enfermedades espirituales, y quizá por eso
me sale leer los relatos de apariciones pascuales en clave
de dolencias y sanaciones. Cuando el evangelio de Juan
nos dice por ejemplo que los discípulos estaban
encerrados en el cenáculo por miedo, está
haciendo un diagnóstico certero de lo que les pasaba
a aquel puñado de hombres y mujeres presos de sudores
y palpitaciones, enroscados en sí mismos y tan
cegatos como para creerse a salvo detrás de una
puerta que podría echar abajo sin problemas la
patada de un romano. Pero lo que les pasaba era algo mucho
peor y era que habían perdido el centro, como si
sus órganos vitales estuvieran desplazados y toda
su corporalidad retorcida y distorsionada.
Se ve todo más claro en el escaner que ofrece la
continuación del relato porque se les quitan todas
las penas en cuanto el Resucitado vuelve a ocupar el centro:
“Llegó Jesús estando las puertas cerradas,
se puso en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros.
Y se llenaron de alegría…” (Jn 20,19).
O sea que esta vez la terapia de Jesús no consistió
como otras veces en preguntar, tocar o pronunciar palabras
de sanación (¿qué quieres que te
haga?; queda limpio…; le tocó…; tu
fe te ha salvado; mujer quedas libre de tu enfermedad…;
recobra la vista...), sino que, sencillamente, les dijo
- ¡Hola! (shalom, para entendernos), recuperó
su sitio y todo lo que en los discípulos estaba
descentrado, descolocado y desquiciado encontró
de pronto su equilibro, su quicio y su centro de gravitación,
respiraron profundo y se llenaron de alegría.
Estupenda ocasión la de esta Pascua para reconocer
las posibles causas de que andemos también nosotros
algo des-centrados y para ponernos a tiro para que el
Señor recupere su lugar central en nuestra vida
llenándonos de alegría. En realidad hubiera
sido mejor hacer el diagnóstico en Cuaresma, pero
con este Médico siempre estamos a tiempo de pedir
cita a destiempo, dispuesto como está a recibirnos
sin necesidad de esperar en la cola de las urgencias.
Posiblemente no nos hagan falta muchas pruebas, radiografías,
análisis o endoscopias para darnos cuenta de por
dónde andan nuestra descentratitis y nuestra despistalgia:
quizá estemos concediendo excesiva centralidad
a disgustillos eclesiales que bien mirados, son en realidad
de poca monta y de “quítate tú, que
me pongo yo”; o los “asuntos propios”
han inflado nuestro yo como un globo sin dejar sitio para
nada más; o se nos ha instalado dentro un tiovivo
de verbena con caballitos ensimismados en historias del
tipo “que si subo, que si bajo”; o les hemos
cedido el mando y el control a la agenda, el reloj o las
prisas y nos tienen dominados como un sargento despótico
a quien respondemos: “¡Señor, sí,
señor!” con disciplina sumisa de marines
americanos.
Menos mal que el Resucitado sigue decidido a entrar en
nuestra vida, aunque tengamos las puertas cerradas, el
corazón invadido por okupas indeseables y los afectos,
ideas y costumbres en absoluto desorden.
Viene a saludarnos con su paz y a recuperar su sitio,
que no puede ser otro que el centro. Por supuesto. Claro
está. Desde luego. Evidentemente. Of course. Naturellement.
Faltaría más. Alleluya, alleluya.
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