José Luís
Corretjé
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Hablar de reforma agraria en nuestros días
es un anacronismo. Algo similar pasa con la lucha
de clases. Pero lo cierto es que ambos conceptos
no dejan de tener vigencia por mucho que se empeñen
los’ medios de incomunicación’.
La propiedad de la tierra sigue estando, y cada
vez con mayor impunidad, en manos de unos pocos
que, además, suelen vivir en zonas residenciales
de grandes urbes, a miles de kilómetros del
campo. Los grandes terratenientes del siglo XXI
son las multinacionales agroalimentarias y, muy
pronto (gracias a la efervescencia del fenómeno
de los biocombustibles) las corporaciones energéticas.
Sin lugar a dudas, en los últimos años
las protestas realizadas por miembros o simpatizantes
de Vía Campesina han tenido como objetivo
común las empresas que quieren convertir
medio mundo en un campo de laboratorio de sus cultivos
genéticamente modificados (transgénicos).
El pasado 7 de marzo, cerca de 300 manifestantes
destruyeron las instalaciones de la multinacional
Monsanto en el interior del estado brasileño
de Sao Paulo para protestar contra los cultivos
de genéticamente modificados. |
Fuentes del propio movimiento Vía Campesina
aseguraron que mujeres de la organización penetraron
en una unidad de investigaciones de la empresa en la
localidad de Santa Cruz de las Palmeiras, a unos 230
kilómetros de la capital estatal, Sao Paulo.
En lo que fue definido como "una acción
rápida, dinámica", que duró
unos 30 minutos, las mujeres destruyeron cultivos experimentales
de nuevas variedades de maíz, dijeron los portavoces.
Vía Campesina protestaba por medio de esta acción
contra la reciente liberación por parte del Gobierno
de Brasil de dos variedades de maíz transgénico
que serán comercializadas libremente.
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