Bolivia es un país rico en minerales, gas y petróleo
pero con grandes y profundos problemas de pobreza, desigualdad
y segregación racial. Desde hace décadas
la lucha por la recuperación de los hidrocarburos
para la población ha sido un tema importante.
El presidente Evo Morales, al argumentar su política
de nacionalización en una reunión con
el presidente Zapatero le explicó que mientras
en su pueblo morían de frío –incluidos
dos de sus hermanos- por la carretera pasaban los camiones
llevando el gas para la exportación, que ellos
no podían pagar.
Desde mediados de los ochenta se inició en Bolivia
el proceso para que el gas y el petróleo pasaran
a manos privadas, primero vaciando la empresa estatal
de capital –año a año se transfería
la mayor parte de su beneficio al presupuesto del estado-
y luego aprobando en 1996 una ley que dejaba el sector
al completo en manos privadas, con un insólito
reparto de la renta del petróleo y el gas del
18% para el estado y el 82% para las compañías.
Si las industrias extractivas son a lo largo y ancho
del mundo un sector duro, difícil y controvertido,
en que no hay reglas preestablecidos para el reparto
de las ganancias, Bolivia se subió al escalón
del reparto más favorable al sector privado.
Las riquezas no renovables entonces aceleraron su salida
al mercado exterior dejando al país andino muy
bajos beneficios. Esos acuerdos entre el Gobierno y
las empresas fueron deliberadamente ocultados a la opinión
pública, y se evitó incluso el obligado
trámite de aprobación en el Congreso de
los contratos.
Estos hechos fueron descubiertos por investigadores
independientes y organizaciones sociales, denunciados
ante la opinión pública, objeto de una
amplia campaña de educación popular con
el lema “nuestro gas ya no es nuestro”.
La indignación popular por un nuevo contrato
de exportación de gas con ingentes beneficios
para la empresa y muy bajos para el país, desató
las iras de los sectores populares en la llamada guerra
del gas de 2004. El Gobierno ordenó una sangrienta
represión con el terrible coste de decenas de
muertos en las calles, pero también el cadáver
político de su presidente Sánchez de Lozada,
expulsado por el pueblo y hoy vergonzantemente fugado
del país.
Cambiaron las reglas: el pueblo boliviano votó
en referéndum en un 92% a favor de la recuperación
de los hidrocarburos, y primero se subieron los impuestos
–del 18% al 50%- y después, ya bajo el
Gobierno de Evo Morales, se inició el proceso
de “nacionalización sin expropiación”,
pasando las empresas de propietarias del gas y el petróleo
de los bolivianos, a prestadoras de servicios al estado,
aceptando todas ellas –incluidas REPSOL, TOTAL
o BP- tras una dura negociación, las nuevas condiciones.
Compañías y Gobiernos extranjeros reclamaron
airadamente por el perjuicio a sus intereses –confundido,
mezclado, lo privado y lo público- y apelaron
a la necesidad de seguridad jurídica para los
inversores, aludiendo al necesario mantenimiento de
aquellos contratos contrarios al ordenamiento jurídico
local y que les ofrecían elevadísimos
beneficios.
En su vecino país, Ecuador, el presidente de
la Asamblea Constituyente, Alberto Acosta se refirió
al tema con motivo de una discusión acerca de
una norma sobre minería, señalando que
“ahora habrá seguridad jurídica
para las compañías, pero también
para el estado, para la ciudadanía y para la
naturaleza, que será sujeto de derechos en nuestra
nueva Constitución”.
Esa seguridad jurídica pensada también
para el estado y su sostenimiento, la ciudadanía
en el ejercicio de legítimo control de sus recursos,
y la naturaleza, nunca más un mero objeto de
explotación, nos ofrece una nueva mirada a ese
manido concepto, que ojalá se profundice en los
años venideros.
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