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 Junio 2008 nº 249 - OPINIÓN - CARTAS DE LOS LECTORES Y LAS LECTORAS

África se merece algo mejor

El mes de junio del pasado año fue inaugurada la casa de África. La preocupación de las personas que de una u otra manera, mantenemos vínculos de cooperación con ese continente, manifestamos el temor que ya en su momento también hicimos público; así como manifestó esa misma preocupación la asociación de estudios de la globalización, por la “orientación mercantilista” que puede atribuirse a la Casa de África.

Quiero destacar que, el presidente de Mali, Oumar Konare (figura relevante y respetada de la escena política africana) a su paso por España, y en una conferencia en la universidad de Alcalá de Henares, basó su alocución en la grave situación por la que atraviesa hoy el continente africano y las posibles salidas del pozo de la miseria en la que han caído sus poblaciones.

Oumar Konare reconoció, sin excusas ni paños calientes, la responsabilidad de los dirigentes africanos por los males que sufre el continente y que, en gran medida son consecuencia de su “mal gobierno”, déficit democrático y mala gestión.

Siendo cierto este problema, no es menos cierto que en África se está dando cada vez más, una participación de la sociedad civil, de la mujer y de la unidad al desarrollo conjunto de los africanos, que se muestran más decididos que nunca a recuperar el tiempo perdido y trabajar juntos por el bien común.

Otra África es posible y, su futuro, no tiene por qué ser un reflejo empeorado del dramático presente, que viven sus pueblos en estos momentos.
El continente africano se merece un poco de justicia y solidaridad por parte de las naciones ricas (no una “limosna)”, para liberarse de las lamentables condiciones de vida que soporta la mayoría de sus habitantes.

Es obvio que si, al continente africano se les pagaran las materias primas que alimentan las economías occidentales, África contaría con recursos suficientes para poner en marcha los programas de desarrollo que necesita para escapar de la pobreza.
En este momento crítico de su historia, el continente africano necesita y merece un esfuerzo de solidaridad por parte de la comunidad internacional, para impulsar el despegue económico y social. De lo contrario, las actuales avalanchas de cayucos y pateras a nuestras costas, tanto canarias como europeas, no cesarán de aumentar por muchas medidas diplomáticas y policiales que se tomen.

Si la situación de África sigue degradándose, ningún continente estará a salvo; menos aún, las islas y el resto del continente europeo. Ningún visado, ni muro, podrá detener a 1.500 millones de pobres, que no tienen un dólar al día para comer.

Sabemos que el mercado interior empieza a agotarse; en consecuencia, esta futura casa de África, corre el riesgo de convertirse en un mero centro de negocios con África Occidental, cuyas operaciones pueden ser subvencionadas con recursos dedicados a la cooperación internacional al desarrollo. África, se merece respeto y un mejor futuro…

Isabel Santana (Canarias)

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A quién pueda interesar

Al tener noticia de lo aparecido en Internet sobre la “Domus Galileae”, instalada en el Monte de las Bienaventuranzas en Israel y algunos escritos aparecidos de protesta, un doble sentimiento ha invadido mi espíritu: uno, no preocuparme y dejar pasar, y otro, levantarme en protesta y reproche.

A decir verdad ha podido en mí este último. Pero he querido encontrar alguna justificación a ese malestar que lleva días dominándome. Y la he encontrado en las palabras de San Pablo en la Segunda Carta a Timoteo, capítulo 4, versículos 1 y 2 que dice: “Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su Manifestación y por su Reino: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina.”

Estoy tan horrorizado y escandalizado que a Jesús de Nazaret pido me dé luz para decir lo que creo por mi parte es una obligación proclamar.

Es un verdadero escándalo y una profunda contradicción edificar semejante “Domus”, que es una proclamación de riqueza, poder y emporio en el sitio donde Jesús predicó y proclamó las Bienaventuranzas, y habló de los pobres, en los pobres, por los pobres y para los pobres siendo él como uno más de los habitantes marginados y despreciados de Nazaret.

Y aún más, se edifica o construye tal “Casa” sin tener en cuenta la situación de nuestros hermanos los palestinos. A propósito, ¿se ha invitado a éstos en la inauguración de tal Edificio? Muchos cardenales y obispos (dicen que aproximadamente 170 idos de Occidente) autoridades civiles, embajadores, todos aquellos que tienen que ver con el Imperio y muy poco con Jesús de Nazaret y con los pobres.

Me produce todo esto tal malestar interior que no he visto cosa igual en contra de lo que Jesús vivió, hizo y predicó. Lo hecho está, a mi humilde parecer, en contra del Evangelio. Y lo peor es que se han dedicado a pagar y a hacer semejante construcción los que también se llaman cristianos y hermanos de mi misma fe. Y, por si fuera poco, han manipulado y mal utilizado, injusta y antievangélicamente, la persona y el espíritu del Hermano Carlos de Foucauld. ¿Por qué en su nombre se quiere hacer esto?

El Hermano Carlos, apóstol de nuestro tiempo, pensó y actuó en y por Jesús de Nazaret, y en y por los pobres. Si tuviéramos oportunidad de preguntarle al Hermano Carlos nos diría tantas cosas que horrorizaría a los que ha manipulado su persona y su espíritu; tanto que, permítaseme un dislate, lo matarían como a Jesús, díscolo y pro pobres, lo mataron.

No sé si aún cabrá algún cambio en la intención de estos que habiendo conocido en su juventud al Hermano Carlos hoy están a años luz de su ejemplo y de su espíritu. Yo para adorar a Jesús en la Eucaristía no necesito de riquezas, ni de grandes mausoleos ni de grandes templos, hoy mal e indebidamente llamada “Domus Galileae”.

¡Oh Jesús!, ábreles la inteligencia para que comprendan y entiendan la acción de tu espíritu a los nuevos intérpretes del carisma del Hermano Carlos que tan bien les va con el dinero y tan mal con los pobres.

Hermano Carlos, al igual que Jesús de Nazaret, perdónales porque no saben lo que hacen. Y si lo saben, caiga sobre ellos el perdón del Padre. Perdónenme los que esto leyeren mi extensión en esta carta.

Yo me quedo y creo que también mucha gente que participa o puedan participar de mi preocupación, con:

- Jesús de Nazaret.
- Carlos de Foucauld,
- Los pobres.
- Y una fraternidad humilde, sencilla y que pasa desapercibida. Así. Como los pobres.

Las riquezas y los mausoleos como casa de oración y de albergue para la Eucaristía no van ni con Jesús ni con su Evangelio.

Un abrazo a todos
Pepe Escalona Idáñez, de la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld de Málaga

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Jesus, profeta laico

Los cristianos no somos seguidores de un líder religioso, sino que seguimos a un Profeta laico. Jesús fue un laico. Ni fue sacerdote, ni funcionario de la religión, ni nada parecido. Es más, Jesús vivió y habló de tal manera que pronto entró en conflicto con los dirigentes de la religión de su tiempo, los sacerdotes y los funcionarios del Templo, los representantes oficiales de “lo religioso” y “lo sagrado”. La gran revolución religiosa llevada a cabo por Jesús consiste en haber abierto a los seres humanos otra vía de acceso de Dios distinta a la de lo sagrado. Es decir, la vía profana de la relación con el prójimo que no pasa por la Ley. Y la relación ética vivida como servicio al prójimo y llevada hasta el sacrificio de uno mismo. Jesús abrió otra vía de acceso a Dios a través de su propia persona, aceptando pagar con su vida al combatir esa creencia de que el culto religioso de los sacerdotes tenía el monopolio de la salvación. La salvación venía de otra parte. Jesús denunció los abusos del poder religioso y del poder político.
“Jesús dejó sentado que el camino hacia Dios no pasa por el Poder, ni por el Templo, ni por el Sacerdocio, ni por la Ley. Pasa por los excluidos de la historia.” (González Faus.).

Una de las equivocaciones más peligrosas en que ha incurrido la Iglesia ha sido identificar la fe con la religión y con lo sagrado. De forma que, para obispos, clérigos y fieles incondicionales, tener fe es lo mismo que ser religioso, con una religiosidad que tiene su centro en lo sagrado, es decir, en lo separado de lo profano y lo laico. Además, “lo religioso” y “lo sagrado”, cuando se ve como lo único verdadero, es “lo privilegiado”. Es decir, lo que merece y debe tener derechos y privilegios que no están al alcance de los que practican otras religiones, los agnósticos y los ateos. Es lo que dicen ellos. Nosotros creemos que la comunidad de creyentes debe acabar con los privilegios de la Iglesia. Y esto, es importante por motivos jurídicos, sociales y políticos, pero lo es, además, por razones estrictamente teológicas. La Iglesia tiene su origen en Jesús. Y su primera preocupación ha de ser intentar vivir y hablar como vivió y habló Jesús.

Resulta significativo y extraño que siempre que los evangelios mencionan a los Sumos Sacerdotes es para presentarlos como agentes de sufrimiento y de muerte. Y en la parábola del buen samaritano, a Jesús no se le ocurrió otra cosa que presentar como modelo de humanidad solidaria a un hereje y un infiel (el samaritano), mientras que fueron precisamente los representantes oficiales de la religión los que pasan de largo ante el sufrimiento humano. El samaritano andaba mal de religión, pero tenía humanidad. Y eso es lo que destaca Jesús. En eso se centraba su gran preocupación. Para Jesús era más importante “lo humano” que “lo religioso” y “lo sagrado”. Lo humano es “lo laico”, lo común a todos. “Laico” viene del término griego “laos”, el “pueblo”. Y está claro que Jesús antepuso lo laico a lo religioso. Cuando Jesús, en la boda de Caná, convirtió el agua en vino, no utilizó un agua cualquiera, sino precisamente aquella que tenían en la casa “para las purificaciones rituales”. Es decir, Jesús convirtió el enorme y pesado ritual religioso (6 tinajas de piedra de unos 100 litros cada una) en el mejor vino, para que la fiesta, la alegría y el disfrute de la vida no se pudiera acabar. Esto es lo propio del Reino de Dios, la felicidad y la alegría para todos y todas. Jesús antepuso siempre lo humano y lo laico a lo religioso y lo sagrado.

Llama la atención el carácter tan poco “religioso”, en términos de aquella época, que Jesús atribuye al Reino-Reinado de Dios. No gira en torno al templo, ni se prescriben sacrificios o actos de culto. Tampoco existen funciones sacerdotales ni personas que actúen como intermediarias. Sin duda que Dios está muy en el centro de este mensaje que lleva su nombre. Pero es un Dios desplazado de los lugares sagrados. Ahora se encuentra en plena vorágine de la vida, sobre todo de personas y colectivos marginados: los chiquillos, los enfermos, los recaudadores, las prostitutas, los pobres, lisiados, ciegos y cojos.... Y se identifica con las tareas corrientes que hace la gente en su vida diaria: el sembrador, el pastor, la pesca, la mujer que amasa la harina o que limpia su casa... Esa identificación con el ser humano, con su felicidad, con su sufrimiento y con su marginación, permite al Reinado de Dios superar los límites culturales y religiosos en que vivió el propio Jesús. Por eso, mantiene una universalidad, una modernidad y una “laicidad” actual.

José María García-Mauriño

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El Amor y en qué Dios creemos

Quizás la cuestión no sea tanto la creencia o no en Dios, sino en qué Dios creemos. Eso fue sobre lo que se habló, lo que se debatió en el VIII Foro Religioso celebrado en Vitoria hace algo más de un mes. En qué Dios creemos, decía; ¿un Dios madre-padre?, ¿un Dios amante-amor-amado que ama y libera, y que nos ayuda a madurar y a hacer de la religión una liberación?, ¿o un Dios temible que oprime y aliena, con quien tenemos una relación de niños-esclavos y cuya religión es un opio que encadena y empequeñece?, ¿o acaso el Dios de la alegría falsa, de la risa fácil, de las sensaciones virtuales similares a tomarse dos güisquis o fumarse tres petas, y qué sonrientes y qué estupendos somos?

Y todos los ponentes nos dieron pistas sobre su Dios, sobre su Dios de Jesús, sobre su Cristo. Nos gustó ver hombres y mujeres libres, y nos alegra creer que son, somos, algo así como los nuevos discípulos del de Galilea; discípulos a veces temerosos como cuando estaban reunidos y escondidos muertitos de miedo, a veces incrédulos como Tomás, a veces silbando y mirando para otro lado como Pedro, y a veces, también, aparentemente traidores como Judas; y muchas veces, leales y fieles como la Magdalena, y tan amorosos e incondicionales como ésta (la gran amiga) y María, la madre.

Y a menudo sin juzgar, sin entrar en el morbo que entran algunos y que puede provocar que dejemos de lado lo que seguramente es lo esencial (el amor/la resurrección/y el trabajo por la constucción del Reino aquí y ahora). Ya saben, a algunos les da por dedicarse a indagar sobre el sexo de los ángeles y otros se empeñan en que nuestra fe dependa de virginidad o no (ejem) de María o en si la de Magdala era o no mujer de la calle o si su amistad con Jesús fue un pelín más especial que la que éste tuvo con el resto de sus discípulas. ¡Como si eso fuera lo que más importa! Como diría uno de los cantantes de moda, te lo agradezco pero no, no vayas por ahí que esa no es la cuestión.

Volvamos al amor incondicional, que algunos consideramos como una de las grandes cuestiones. Te quiero sin condiciones y como te quiero deseo que seas feliz. Te amo y ese querer no es posesión ni propiedad (Libre te quiero cantó Amancio Prada versionando a Agustín García Calvo). Libres nos quiere Dios; y a quienes nosotros queramos lo mejor será que los queramos libres, y felices. Con o sin nosotros pero felices, ya saben, aquello de que como te amo lo que deseo es tu felicidad (qué bonito y qué difícil tantas veces), aunque tu felicidad la encuentres con otros o en otros sitios, aunque no entienda bien lo que haces o por qué lo haces; yo siempre te acompañaré y estaré contigo en ese camino, y tendré cuidado de ti. Y me alegraré con tus alegrías y con tus logros, y te abrazaré cuando te lluevan penas. Así nos quiere Dios-Diosa.
¿Y si nosotros también quisiéramos así?

Beatriz Tostado
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