| Las personas empeñadas en la transformación
social de una realidad mundial, desigual e injusta,
manifiestamente mejorable, nos movemos entre la
incertidumbre y la esperanza. Marcan esa tensión
la imperiosa necesidad de tener nuestros pies asentados
no en las nubes de nuestras ilusiones sino en el
territorio de la realidad y, al par, la firme convicción
ética de que no debemos aceptar esa realidad
inhumana tal como nos viene dada, y la esperanza,
activa y bien fundada, de que es posible cambiarla. |
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En los últimos años asistimos a una verdadera
conmoción, económica, técnica y
cultural que nos ha desinstalado. Se habla de un cambio
de civilización. Se ha transformado radicalmente
nuestra manera de experimentar y sentir el espacio y
el tiempo, nuestras coordenadas vitales.
El planeta se ha globalizado y, aunque los más
ricos se empeñen en blindar fronteras cerradas,
el mundo no tiene alrededores. Lo que sucede nos atañe
a todos los seres humanos y nuestro hábitat es
ya cosmopolita. Son desafíos comunes la destrucción
del medio ambiente, el cambio climático, los
riesgos alimentarios, la propagación rápida
de epidemias, las tempestades financieras, el nuevo
terrorismo…
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