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Desde que la imagen de los manifestantes frente
a los carros de combate recorriera el mundo en 1989,
muchas cosas han cambiado en China. La economía
ha experimentado un crecimiento espectacular, el
país asiático se ha convertido en
un actor de primera magnitud en el panorama internacional,
los rascacielos han cambiado el perfil de las ciudades
que viven el boom económico, ha emergido
una floreciente clase media con capacidad de consumo…
pero el poder sigue en manos del partido único,
los sindicatos independientes están prohibidos,
se persigue a los defensores |
de los derechos humanos y la libertad de asociación
y de prensa brillan por su ausencia. Para millones de
campesinos y desplazados internos el despegue económico
es un espejismo, tan inalcanzable como los derechos laborales
para millones de trabajadores.
Las promesas iniciales de que los Juegos Olímpicos
dejarían un legado positivo para los derechos humanos
en el país, se han convertido justo en lo contrario.
A medida que se acerca el 8 de agosto, día de la
inauguración de los Juegos, las autoridades chinas,
preocupadas por ofrecer una imagen de calma y estabilidad,
han incrementado la represión de defensores de
derechos humanos, periodistas y abogados, que son acusados
de actividades subversivas. Sin embargo, los esfuerzos
por acallar las voces dentro del país, sólo
están sirviendo de altavoz para hacerlas oír
con más fuerza fuera de sus fronteras.
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